Una prosa para Emily

Poesía norteamericana

¡Yo no soy nadie! ¿Quién eres tú?

¿No eres –Nadie- tampoco tú?

¡Entonces somos un par!

¡No lo digas! ¡Nos desterrarían – ya sabes!…

(Emily Dickinson)

 

No hay duda que la expresión inerte en su rostro, aquella faz tan sencilla y unánime que se ve reflejada en las fotos no hace justicia a la mujer que realmente era Emily Dickinson, una fuente inagotable de escritura difícil y exigente donde se narran las pequeñas tragedias.

Solterona, vestida siempre de blanco, solitaria en su casa de Amherst (Massachusetts) con su hermana Lavinia (solterona también) apasionada por la cocina, las flores, los pájaros y los niños. Captó la atención luego de su fallecimiento tras escribir 1.775 poemas, sólo publico siete durante su vida. Su poesía sufre, demuestra, sanciona, crea en cada alma un pensamiento propio con frases que solamente ella puede decir con letras “Amor, eres alto y yo no puedo alcanzarte”. La búsqueda intensa en pequeños poemas, tan parecidos a monólogos que ocasionalmente dan la sensación de falta de amor o según los rumores ocasionales señalan fue un amor prohibido la que la invito a escribir con tal vehemencia. La mentada homosexualidad de Dickinson me recordó la pésima consideración que a su padre le merecían las mujeres escritoras. Y a la afirmación de la teoría que Virginia Woolf quien sostuvo, no con respecto a la poetisa, sino con respecto al acceso de las mujeres a la propia expresión de sí mismas.

Emily Dickinson se refugia en el acto creativo y el silencio, como una avecilla enjaulada. El amor es la pasión que refleja la poesía de Dickinson, fueran quienes fueran aquellos a los que dedicaba sus poemas puesto que no tenían un sexo reconocible, eran inmortales, a veces religiosos, y la muerte siempre estaba presente de forma sencilla e impresionante.

Causó admiración en autores como Jorge Luis Borges, quien dijo de Dickinson “No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y más solitaria que la de esta mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo. En su recluida aldea de Amherst buscó la reclusión de su casa y, en su casa, la reclusión del color blanco y la de no dejarse ver por los pocos amigos que recibía”. O como el filósofo y poeta arequipeño Edgar Guzmán, que le dedicó algunos de sus mejores versos.

Emily Dickinson no publicó un solo libro en vida. Muere soltera, el 15 de mayo de 1886, en Amherst, a los 56 años, pero sus poemas aun reflejan el destello de vida de una increíble mujer con poemas tan complejos como una tela de araña, pero tan perfectos como los encajes de sus trajes. Una autora fascinante. Hoy está considerada como una de las más importantes poetas estadounidenses.

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