Reencuentro en Madrid

El asombro cotidiano

En 1996 Lila estaba estudiando el primer año de primaria en el colegio San Alfonso, un colegio concertado del barrio de Lavapiés. La habíamos llevado allí porque era la opción más cercana a casa y porque algún amigo nos había dado buenas referencias. No se equivocaba. Apenas comenzaron las clases notamos que cuidaban con esmero el nivel de estudios y las maneras entre los alumnos, lo que nos dio tranquilidad. Pronto Lila hizo dos o tres amigas con las que jugaba en el patio y a las que invitó el día de su cumpleaños. Con una de ellas compartía también el taller extra-escolar de ballet clásico. Se llamaba Shein, de padre coreano y madre vasca. Ambas llegaron a aprender algo significativo de ese arte y actuaron varias veces en el patio del colegio; inclusive, por gestión de la profesora, llegaron a bailar fuera de Madrid, en un auditorio de Móstoles rebosante de padres de familia.

Como era de esperar, la madre de Lila, Carmela, y la madre de Shein, María Luisa, también se hicieron amigas. Iban a esperar a sus respectivas hijas a la salida de clases, y mientras llegaba la hora se metían a un café de los alrededores a tomar algo y a conversar un poco. Se contaron una a la otra lo que podían compartir de sus respectivas vidas, intimaron. En una de esas conversaciones festejaron la coincidencia de que ambas estuvieran embarazadas, si bien el embarazo de Carmela iba cuatro meses por delante. Fue por eso, porque tantas confesiones alrededor de tantos cafés habían acercado sus vidas, que cuando faltaba poco para el día del parto Carmela se atrevió a pedir ayuda a su amiga. Quedó acordado que dejaría a Lila en su casa los días que hiciera falta, mientras ella se recuperaba en el hospital.

Y, efectivamente, así ocurrió. A Carmela le vinieron los dolores en la madrugada del 25 de abril de ese año. Lila estaba emocionadísima porque iba a quedarse “a vivir”, eso dijo, unos días en casa de su amiga, y también porque por fin iba a tener una hermana. Informamos por teléfono a María Luisa que el momento había llegado y fuimos en taxi. Dejamos a Lila con un bolso lleno de ropa y en otro taxi nos fuimos al hospital.

Laura nació a las diez de la mañana de ese día en el Hospital 12 de Octubre de Madrid.

El parto fue de lo más normal: contracciones, dolores, más contracciones, más dolores. No estuve presente en el momento culminante, pero sí en el siguiente. Recuerdo que una enfermera estaba terminando de limpiar con una toalla blanca la piel de la recién nacida, la cual tenía una tupida mata de pelos muy negros coronando su cabeza. Eso fue lo primero que vi al entrar. También eso fue lo primero que la recién nacida perdió: en agosto los cuarenta grados del verano madrileño nos obligó a llevarla a la peluquería, donde la pelaron. Cuando volvió a tener pelo, había cambiado de color: se había vuelto marrón.

Después de nuestro momento culminante, a María Luisa le tocó el suyo y nació la hermana de Shein. Alguien les hizo una foto a las cuatro: las dos de María Luisa y las dos nuestras. Están mirando a la cámara, las mayores extremadamente sonrientes, mostrando los pocos dientes que tenían, las menores simplemente alertas, como si alguien les estuviera haciendo fiestas detrás de cámara. Es una foto que parece presagiar familiaridad, y unión, y vida sin sobresaltos. Pero al poco tiempo, en junio de 1997, recibí una buena oferta de trabajo y tuvimos que dejar Madrid y volver a Perú. Las amigas Lila y Shein no volvieron a verse nunca más. No existían las redes sociales entonces, creo que ni siquiera internet, y perdieron el contacto.

Pero como nada está escrito de antemano y la vida puede dar las vueltas que le dé la gana, en julio del año 2006 volvimos a Madrid. Lila, con dieciséis años, pasó a estudiar bachillerato en el Instituto Cervantes, y Laura, con diez,  primaria en el Colegio Beata Ana de Jesús, a la vuelta de casa. Las reincorporábamos de ese modo a sus estudios en una ciudad en la que habían vivido nueve años antes. Poco más tarde Lila ingresaba a la Universidad Complutense a estudiar Restauración de Arte, y Laura, habiendo terminado secundaria, se pasó al Instituto Gran Capitán, frente al estadio Vicente Calderón, a estudiar bachillerato.

Se supone que es durante el bachillerato que los estudiantes van aclarándose a sí mismos lo que desean hacer en el futuro. Para comenzar, los separan en dos áreas, ciencias y letras. Laura escogió ciencias. Y como dentro del área de ciencias existían varias opciones, escogió ciencias de la salud. Parecía, pues, que poco a poco se estaba aclarando. Pero realmente nunca tuvo claro qué quería estudiar en la universidad hasta pocos meses antes que terminara bachillerato. No la presionamos y ella eligió, sola. Que conste. Ahora estudia primer año de Psicología en la Complutense.

Aún no conocemos en persona a sus amigas. A veces menciona a Elena, a Alessandra, pero nunca las ha invitado a casa, aunque ella sí conoce la casa de Elena, una chica hispano-venezolana que vive en las afueras de Madrid. Una vez invitó a Laura a pasar la tarde allí. Es un chalet grande donde les sobró el espacio para hacer lo que tenían planeado. Entre otras cosas, se metieron a la cocina y Elena preparó unos dulces con chocolate y coco que le salieron buenísimos. Vieron una película y jugaron en el jardín con el perro. Laura estuvo especialmente contenta por eso, porque siempre habla de tener un perro, aunque hemos decidido que no. El piso donde vivimos no es muy grande; además, necesitaría atención y cuidados que ninguno de los miembros de esta casa está dispuesto a darle. Al perro.

Laura también conoce la casa de Alessandra. Por lo que cuenta deduzco que es un piso más o menos grande, en el centro de Madrid. Estoy hablando de los alrededores de la Gran Vía. La madre es italiana y por lo visto cocina de maravilla. Una noche Laura y otras dos compañeras fueron allí a preparar un trabajo en grupo y la madre las esperó con una gran variedad de platos, a cual más sabroso. Hasta ahora se asombra Laura de haber comido verduras que ella dice no le gustan y se niega a comer en casa.

Como es de suponer, además de Elena y Alessandra, Laura ha hecho más amigas en la universidad.

-¡Yo no conozco a ninguna! -se quejó un día Carmela-. ¿No tienes alguna foto?

Laura buscó en el ipod y le mostró una en la que aparece con cinco de ellas. Fue identificándolas una a una mientras Carmela se quedaba mirando con aprobación, como si ya las conociera. Pero cuando Laura dijo: “Y ésta es Min”, la mirada de Carmela se agudizó al máximo. Se puso las gafas. Lo que tenía delante era un rostro muy guapo, los ojos ligeramente rasgados y la piel algo pálida, aunque esto podía deberse a la iluminación usada por quien había hecho de fotógrafo.

-¿Min? -dijo Carmela-. La hermana de Shein se llamaba Min. ¿No será la misma?

Ambas se miraron. ¡Cómo va a ser la misma!, decían esas miradas. ¡Sería demasiada coincidencia!

-¿Cómo apellida tu amiga? -preguntó Carmela-. Porque Shein se apellidaba Lee.

Laura abrió la boca.

-Mi amiga se apellida Lee -dijo.

Entonces le tocó el turno de abrir la boca a Carmela.

-¿Lee Díaz? -preguntó.

Esta vez Laura se llevó las manos a la cara.

-¡Sí!

De todos modos, para confirmarlo, envió un whatssap a Min:

“¿Tienes una hermana que se llama Shein?”

Por lo visto Min estaba en casa, con la hermana al lado. Contestó inmediatamente con otro whatssap:

“¿Y tú tienes una hermana que se llama Lila?”, y adjuntó la famosa foto de las cuatro.

Laura y Min se habían hecho amigas a los dieciocho años de edad, ignorando que ya se habían conocido cuando ambas llevaban apenas un año en este mundo.

Ahora que vuelvo a mirar la foto me doy cuenta de lo sorprendente que puede ser la vida. No sé si tiene algún significado, solo sé que es maravillosamente sorprendente. En cualquier caso, es algo que a mí nunca me ha ocurrido. Ni de lejos.

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