La historia secreta de la “Lagartija”

Una entrevista al cofundador de la “Lagartija”, Willard Díaz

Algo cansado de responder a los curiosos sin duda, y de oír las falsas noticias comunes del que fuera en vida el suplemento cultural más leído e influyente de fines de siglo, Willard Díaz deslizó la posibilidad de hacer declaraciones públicas sobre su experiencia en la casi mítica publicación, “Lagartija”, aparecida en febrero del 91. Lo entrevistamos.

 

 

P.- Diga, ¿qué pasó a comienzos de 1991?

R.- Un fenómeno inusual. Coincidieron en el espacio las gravedades de cuatro planetas y una voluntad.

Omar Zevallos era a fines de 1990 el diagramador del “Correo”; había sacado algunas páginas culturales de corta duración en las que colaboré: “Suceso”, “Minotauro”, “Viva la vida”. Éramos muy amigos y yo escribía también ese año como editorialista en el diario de la calle Bolívar. Un día Omar me habló de un nuevo proyecto, un suplemento de ocho páginas dedicado todo a cultura que los dos dirigiríamos. Me entusiasmó y empezamos a buscar nombres y diseños. Propuse dos nombres, “Alacrán” y “Lagartija”, andaba interesado en las alimañas por esos días. Hicimos una pequeña encuesta entre los colegas y ganó el más simpático, solo hubo una pequeña discusión sobre si era “La lagartija” o sin el artículo. Me pareció que la aliteración era inmodesta y cortamos por lo sano. Una chica que practicaba en el diario diseñó el logo, Omar hizo la maqueta.

Otra casualidad: en esa misma época el Correo estaba cambiando de maquinaria, dejó la vieja imprenta de plomos y adquirió una offset, lo cual mejoró muchísimo la calidad de la impresión y nos permitió una presentación gráfica nunca vista, con fotos de gran calidad, y esas caricaturas tan sugestivas que ya entonces hacía Omar.

El tercer factor fue José Antonio Puyó Perry, gerente por entonces del diario, un hombre emprendedor e inteligente que le vio el potencial a nuestro divertimento y creyó en él contra todas las advertencias.

Finalmente, yo andaba un poco libre de tiempo y con ganas de hacer algo de periodismo cultural imaginativo. No me duró mucho, dos años, pero fue una época bastante feliz.

P.- ¿Quién creó las secciones? ¿El Almacén, la Sección Torreja?

Algunas fueron mías: Almacén, lleno de pequeñas citas culturosas y micro comentarios al paso. La Sección Torreja, porque en esos tiempos me parecía expresiva la figura de unas torrejas aceitosas intragables de pensión de mala muerte. En la Sección Torreja salieron los lentes oscuros de Cornejo Cuervo, las chalinas de Luzgardo Medina, la bragueta con botones, la Polonesa de Chopin, los condones Sultán y otras linduras de ironía que a algunos molestaban pero a la mayoría divertían. Me dicen que había gente que se frustró por no merecer una mención en la Sección Torreja.

“A vuelo de pájaro” fue nombre de Omar, pero las citas eróticas extraídas de grandes novelas salieron de mi biblioteca personal, mientras pude. Luego estaban las entrevistas, en las que nos alternábamos; y las magníficas crónicas urbanas de Elard Serruto, un joven escritor puneño que vino a colaborar cuando estaba en su mejor momento creativo. Elard fue la pieza clave de la calidad literaria del suplemento.

P.- Se cuenta en el diario que la hora de la escritura era un espectáculo aparte…

R.- Creo que eso fue lo mejor de todo, la manera cómo nos reíamos hasta revolcarnos escribiendo esas páginas. Trabajábamos en un altillo de la Redacción que se estremecía todo con nuestras risotadas. Los redactores paraban sus máquinas para venir a vernos y de vez en cuando le echaban un poquito de sal o de ají a la olla. Estaban Abraham Sugimoto y Boris del Carpio que eran periodistas del diario. Después empezaron a colaborar José Gabriel Valdivia, Juan Carlos Valdivia, Fernando Rivera, Carlos Vargas, Hugo Yuén y otros.

P.- En los créditos figura Martín Rodríguez Salazar como Director…

R.- Una cosa eran los créditos y otra la realidad. Martín, a pesar de ser camanejo y abogado, no tenía la chispa necesaria, era el director del diario y por eso debía salir como director de “Lagartija”, pero no cumplía papel alguno. Yo no podía aparecer como coautor porque no era empleado del diario. José Antonio Puyó tuvo un papel esencial como nuestro gonfalonero, y nunca figuró. Pero eso no importaba, el asunto era escribir algo que participara del proceso artístico y cultural de la ciudad en un momento de cambios radicales. Para eso había que cogerle el pulso, imaginar cada semana en qué pensaba Arequipa, qué deseaba y qué la podría hacer reír con ganas. Era un desafío de empatía muy agradable pero también agotador. Tener toda la ciudad en tu cabeza.

P.- ¿Cómo definiría usted el estilo que logró la “Lagartija”?

R.- Primero, fue una combinación de dos tipos de humor, diferentes pero complementarios. Solo puedo definirlos así: Omar me acusaba de ser muy literario y yo a él de ser muy popular. Pero entre los dos conseguíamos algo.

Luego, nos tomábamos a la risa las cosas más serias del arte local, de las instituciones culturales, de los personajes un poco graves pero provincianos que todavía éramos. Recuerdo un titular que puede ilustrar nuestro estilo. Entrevistamos a Juan Manuel Guillén que ya era el prestigioso rector de la Universidad de San Agustín en aquellos años. Le pusimos de título a la entrevista el estribillo de una canción de moda: ¿Qué será lo que quiere El Negro?

P.- ¿No se molestó?

R.- Creo que sí, un poco. Nos escondimos de él por un tiempo.

Pero hubo algo más importante, quizá lo más difícil de logar: una intuición de cómo estaba surgiendo el nuevo rostro de la ciudad, los inicios de eso que es ahora la posmodernidad y que entonces eran más bien inocentes. Nunca antes nadie se tomó a la broma al arzobispo, a los directores de los centros educativos superiores, a los poetas y pintores. Hoy ese humor se ha vuelto cinismo; y la crítica, veleidosa. La “Lagartija” sería ahora un fracaso.

P.- Se agarraron ustedes de algunos personajes públicos, hemos escuchado algunas quejas por ahí…

R.- Omar las tenía con la Directora del INC de aquellos días, Isabel Chirinos Soto. Años después trabajé con ella en un Instituto y descubrí que era muy buena persona. Yo me ocupé de un poeta diplomático y después me hicieron notar mis excesos. Pero en general, confirmé en ese trabajo lo mal que los arequipeños tomamos la crítica; en especial, los artistas.

A pesar de ello, nuestra lectoría crecía semana a semana y llegó el momento en que la gente compraba los sábados la “Lagartija” y le daban de bono el diario.

P.- ¿Cómo surgió el Concurso de Cuento?

R.- Ya venía de antes, durante cuatro años lo hicimos en diversos formatos, “Lagartija” heredó ese proyecto. Allí aparecieron Fernando Rivera, Goyo Torres, Juan Pablo Heredia.

P.- ¿Por qué dejó usted de colaborar?

R.- Como dijo una vez Lucho Palao, bajas la bandera y se te suben los piratas. En un afán democrático invitaron nuevos colaboradores y empezaron a cambiarle poquito a poco la cara a la “Lagartija”. A mí se me pasó el entusiasmo, empecé a trabajar en otros proyectos. Algunos temas se agotaron, otros se resistieron a nuestro empeño. Cambió el director del diario. La ciudad cambió.

Pero la “Lagartija” todavía duró dos años más.

P.- ¿Qué le ha dejado esa experiencia?

R.- Una extraordinaria colección de caricaturas originales con las que Omar Zevallos ilustraba los artículos que redacté sobre escritores famosos. Una amical complicidad con Omar. Gran admiración por Elard Serruto joven. Un par de resentidos. La seguridad de que se puede escribir sobre cultura y arte con imaginación, buen humor, y conseguir muchos lectores.

Siempre se ha dicho que a la gente le gusta la basura. En mi experiencia de treinta años en radio, televisión y prensa he visto que es al contrario. Lo que falta es ingenio para crear cultura adecuada a nuestros intereses regionales. Audacia para innovar, espíritu de competencia, proyectos de identidad, alegría de vivir. La basura siempre viene enlatada.

P.- Una última pregunta, ¿qué o quienes irían hoy a la Sección Torreja?

R.- (Piensa) Creo que los baños de Tottus en Porongoche, los fans (varones) de Arjona, el Palacio Metropolitano de las Bellas Artes por supuesto, el servicio técnico de Telefónica, el bigote del alcalde Zegarra, los Promotores Culturales en general, la gente que dice “Nada” para empezar a responder a cualquier cosa, y la que dice dos veces la frase “el tema” en una conversación. Los selfies. Los chicos hipsters. Los maletines Renzo Costa para catedrático.

Vaya, se ha llenado la lista en veinte años (Risas).

 

 

 

 

 

Deja un comentario