Los cuadernos de Nereida Apaza

Inédita exposición en el patio de la Escuela de Literatura de la UNSA

 

Lo primero que uno advierte en presencia de Nereida Apaza es su sinceridad. Como si la transparencia fuera uno de los objetivos de su vida. Pero, lo mismo pasa cuando uno mira su obra. Es como si la autora hubiera logrado lo más difícil: trasladar su actitud ética al campo estético.

Pequeña, de rasgos aimara, habla rápido, con energía e inteligencia. La semana pasada Nereida Apaza llevó su trabajo reciente al patio de la Escuela de Literatura de la Unsa y se pasó allí la tarde bordando y conversando con los y las estudiantes, y con algunos profesores, entre ellos el que suscribe.

 

P.- En una ciudad conservadora, inclinada hacia el arte clásico, con una escuela de paisajistas asentada y unos centros de formación convencionales, ¿qué te llevó a la experimentación?

R.- En Arequipa no hay muchos artistas visuales, en realidad. No sé aquí en la UNSA, pero de la Baca Flor salen al año unos quince. Y de ellos pocos continúan trabajando, uno, a veces ninguno. La mayoría encuentra un mercado tradicional de pintura decorativa y se dedica a eso. Los concursos hacen lo mismo, estimulan lo convencional. Aunque ahora ya no hay concursos; y me parece muy bien. Al menos no hay ese derrotero que marcaban con sus premios.

De modo que, como siempre, hay una alternativa: o me dedico a la venta o trato de expresar lo que siento. En mi caso, tuve la suerte, cuando salí de la Escuela, el 2007, de participar en un concurso y ganar allí un dinero que me dio tiempo, facilidades para volcarme a mi propuesta. Me permitió alquilar un espacio y ponerme a trabajar en lo que yo quería hacer. Fue una suerte.

Ahora para mí sería imposible volver atrás, ir al mercado del turismo. En lugar de eso, tenemos con mi compañero (Raúl Chuquimia) un espacio de venta de arte utilitario. Cosas que la gente puede usar. Y las hacemos a precios de mercado. Eso me permite expresar esto que ustedes ven.

P. ¿Y qué es, disculpa la pobreza, esto que nos muestras?

R. Pienso que es lo que como generación nos ha tocado vivir. Creo que el Perú no ha cambiado mucho, a pesar de las apariencias. Seguimos afrontando los mismos problemas sin solución. El trauma de la migración, por ejemplo. Mis padres son migrantes puneños, y yo trato, en algunos de mis trabajos, de mostrar ese conflicto que subsiste.

En estos cuadernos que expongo en la Escuela de Literatura, por ejemplo, expreso algunos temas de mi niñez.

P. La niñez. La hallo en esta exposición, pero la veo también como una constante de tu obra. Un grafismo, una imaginación, unos medios en los que la niñez perdura, como un Paraíso Perdido. Y estoy hablando de una visión infantil, no de una pedestre.

R. Porque es una época en que recibimos los conocimientos básicos de las conductas que debemos asumir, los roles que nos están destinados. Trato de asumir eso en mi trabajo.

P. Pero con cariño, ¿no?

R. Mi infancia fue hermosa, pero tuve experiencias muy fuertes. Yo pertenecía a un grupo de teatro que aunque era integrado solo por niños, aspiraba a cambiar al mundo. Pero éramos dirigidos por dos personas que en realidad explotaban a los niños, a mí incluida. Cuando me di cuenta de que todo el discurso aparente era mentira, que nos usaban y que había cosas más oscuras incluso, quedé totalmente decepcionada, triste, a los trece años caí en depresión, que me duró hasta cuando empecé a estudiar Arte. El estudio, el Arte me ayudó, y me ayuda hasta ahora.

La infancia no es para mí un recuerdo muy dulce.

P. No obstante, insisto, hay un aire de infancia en tus dibujos, tus juguetes, tus cuadernos, tu imaginario. Algo que atrae más que el dolor sufrido.

R. Claro, no todo fue penoso. Tenía buenos amigos y era feliz. De niño uno siempre es feliz, se las arregla como puede. Pero, por ejemplo, yo cuestiono el proceso mediante el cual nos enseñan a escribir, a pensar incluso. Cuando niño uno está débil, y es el momento en que nos aleccionan sobre qué hacer y cómo. Yo cuestiono todo eso en este trabajo que ustedes ven aquí.

Es una serie de cuadernos Patria, de esos que repartía el Estado, y en ellos escribo ya no según las consignas que me daban sobre qué debía escribir, sino lo que a mí me hubiera gustado en ese momento.

Yo les digo a los alumnos de Literatura cuánto me hubiera gustado que de niña me pidan escribir un cuento, un poema, como un juego. Nunca me lo pidieron. Por eso ahora los escribo, con azul y con rojo, como me enseñaron, pero escribo lo que me gusta.

Es una serie, ya llevo dos cuadernos hechos, y espero cerrar la serie con un cuaderno de Historia del Perú, como en el colegio. Mi padre fue profesor de Historia (Vuelvo a la infancia, ¿no?).

P. ¿Eres arequipeña?

R. Sí, de padres puneños.

P. ¿Pintas óleo, acuarela?

R. La acuarela me gusta mucho, pero mezclada con otras técnicas, con otras texturas. Ya no pinto al óleo, prefiero bordar, usar materiales menos convencionales. Mi madre era costurera. Dejé el óleo porque era caro, no tenía el dinero. Pero tenía muchos hilos y muchos retazos de tela en mi casa, y empecé a trabajar con eso. No solo resolví el problema de dinero sino que descubrí que se puede hacer arte con todo tipo de materiales, que la falta de pinceles no es una limitación sino todo lo contrario.

P. ¿Qué podemos hacer con tus cuadernos? ¿Son una “obra”?, ¿los vendes?

R. Son una creación que entrego a la gente, sin temor a que la toquen, sin decirles “es una obra de arte, no debe ser dañada”. Me gusta mucho que las personas tengan en sus manos mis obras, incluso que ellas pasen por un proceso de degradación. Me alejo de la idea de “obra de arte”, algo colgado en una galería.

Si quiero una galería, en principio me la van a dar de acá a dos años; por eso busco otros espacios, otras actitudes; hay que acercarnos entre artistas: los pintores no vamos a presentaciones de libros y los escritores no entran en las galerías. Por eso vengo acá.

Estos poemas los presenté en Puno. Junto al estadio Torres Belón hay los fines de semana un mercadillo, y yo tomé un espacio y puse mi obra en un manto como si fuera mercadería a la venta. La gente se acercaba mucho y leía los poemas y me empezaba a hablar. Me decían “Señorita, qué le pasa a usted”, porque hay algunos poemas que tiene cierta nostalgia. Y con mucho cariño me consolaban. Cosa que nunca va a pasar en una galería, allí la gente mira, toma sus bebidas y se va. Hay mucha lejanía y frialdad en una galería.

 

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