Jean de La Ville de Mirmont

Ese joven eterno

Jean de La Ville de Mirmont nació en Burdeos el 2 de diciembre de 1886. Su padre, Henri, fue un destacado profesor de Literatura en la universidad de esa ciudad, además de consejero municipal  y latinista -traductor de  Cicerón-.

Jean fue compañero de estudios de Francois Mauriac, quien lo describe como “aquel adolescente adorable, con los bolsillos deformados por los libros”, aunque su duradera amistad se consolidó después, con ambos  instalados en París, en 1909, tras un encuentro casual en el bulevar  Saint-Michel.

Jean vivía en la rue du Bac, en el clásico departamentito de techo bajo, donde estudiaba para postular a un trabajo como funcionario municipal en la Prefectura del Sena. Mauriac lo recuerda recitando versos con  su voz baja y nasal. Sin embargo, no frecuentaba ambientes bohemios, la Ciudad Luz no le parecía especialmente interesante y tenía la esperanza de viajar, definiendo su posición así: “Mi visera de chupatintas brilla como una aureola por encima de éste fastidioso trabajo, guiándome como una estrella de  Belén”.

Como ya habrá deducido el amable lector/a, Jean era un genuino letraherido cuya delicadeza le incapacitaba para buscar o lograr un sitiecito en la vitrina de exposición literaria pertinente. Podría decirse que por desgracia para él, su modestia no era falsa. De hecho, era bastante exigente consigo mismo y con sus textos, como revela una carta dirigida a un amigo suyo: “Estos días he construido bastantes versos, pero para destruirlos inmediatamente. Creo que para hacer las cosas bien, hay que ser  difícil, muy difícil consigo mismo…El único estudio, para el poeta, es el estudio de la vida”

Mauriac recuerda el verano en las Landas que pasó con su familia y Jean, a quien los niños de la familia Mauriac adoptaron como compañero de juegos. Convertido en burócrata municipal parisino, muy a su pesar, se instaló en la isla de Saint-Louis. Fue entonces cuando se publicó la edición reducida de su única novela, brillante y de desoladora atmósfera “Los domingos de Jean Dezert”.

Se trata de la breve, sencilla y autobiográfica historia de un joven funcionario municipal sumido en el tedio y la desgastadora rutina. Es un retrato nada bohemio y poco glamoroso  de un París sin artistas intensos, cocottes, mecenas y demás arquetipos relacionados con esa ciudad.

Los  hábitos dominicales de Jean Dezert -anodinos y solitarios paseos, comidas en una fonda, insulsas charlas con los comensales, etc.- se ven alterados por un casual encuentro con una pizpireta y excéntrica joven- no exenta de cierta ridiculez, a ojos de cualquier lectora actual. Dezert traba relación con ella y con su padre -una especie de pre-freaki- y es entonces cuando el lector tiene la sensación  de  que el universo “dezertiano” puede cambiar. Pero volvamos al autor.

En 1914, Jean, que había sido exonerado  del servicio militar por su excesiva miopía, insistió y por desgracia logró alistarse, obteniendo el grado de sargento del 57 Regimiento de Infantería. El 28 de noviembre del mismo año, junto a dos de  sus hombres, es aplastado por la tierra, por un obús junto al Chemin des Dames, en el frente de Verneuil. Con la columna vertebral rota por la nuca, fallece murmurando mamá, como devoto hijo que fue.

Ese joven eterno, como lo definió Mauriac, dejó, además de su novela, un par  de poemarios.

Deja un comentario