No encontramos las palabras

DUDA LA TORTUGA

Por: Raúl Romero

Estoy enamorado de las palabras. Aunque anteriormente no era consciente de ello, hoy, este interés genuino, esta curiosidad gratuita, me mantiene frecuentemente deslumbrado, como cuando era niño y vi por primera vez el fuego. La poesía es la gran responsable. Las metáforas detienen el tiempo, trastocan los cimientos de la realidad. Gracias a la poesía, al igual que el protagonista de “El cartero de Neruda”, soy capaz de saborear cada palabra, deleitarme con su sonoridad como si estuviese paladeando un crocante de chirimoya. Cuando encuentro un verso realmente bello, el universo se hace añicos.

Cada día hay una palabra esperándome, agazapada, mordaz. Por momentos, las palabras llegan a mí profusamente como gotas de lluvia. A ratos, se me escapan, las tengo que rodear, perseguir, darles caza. Me siento pésimo cuando no acaricio a las palabras y las utilizo con el desdén y con la ansiedad de un comprador compulsivo. Solo si logro estar en silencio brotan de mi interior, frescas, vivas, luminosas. Pero guardar silencio, detenerse, es tan difícil en la ciudad. Todos vivimos apresurados, muertos de miedo. No nos damos el tiempo suficiente para cultivar nuestras palabras, regarlas, exponerlas al sol. Y luego ocurre que no sabemos cómo decir lo que pensamos y lo que sentimos. No encontramos las palabras.

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