Un cuento de Augusto Aguirre Morales

“El ganadero”

I

 

Un viento de tristeza y desolación pasaba sobre los campos y las ciudades dormidas al pie de la cordillera.

Los árboles no florecían, la mies había sido talada, y por doquiera se encontraban restos de vivacs acusando la marcha de las guerrillas en campaña: charcos de sangre marcando las últimas escaramuzas; y en los reducidos caseríos de aquella región, pálidos hombres de rostros cadavéricos y macilentos, los heridos y enfermos dejados allí por las bandas destructoras. Por todas partes los signos de la devastación producida por los pelotones revolucionarios. Algo así como un ambiente de duelo cubría la región por sobre la que parecía resonar aún el toque del clarín y el redoble triunfal de los tambores.

 

Una noche, mientras la aldea dormía, con el tranquilo y confiado reposo de los pueblos indígenas, las guerrillas revolucionarias cayeron sobre ella como un alud. La fuerza gobiernista trató de defenderse; pero fue arrollada, deshecha, exterminada por la superioridad numérica; y el pelotón vandálico, luego de tomado el pueblo, comenzó su obra de pillaje y carnicería, toda la rabia y desesperación de esa montonera perseguida constantemente y acorralada como una manada de lobos por las tropas gobiernistas, se desencadenaron incontenibles y fieras; y el desbordamiento de todas las pasiones hizo explosión en aquella noche memorable.

Era aquel un trágico espectáculo: el pequeño pueblo iluminado por el rojo resplandor de los incendios que alumbraban los cadáveres sembrados por las calles y los hombres que, rifle en mano, trataban de forzar las puertas, tras las cuales las familias indígenas medrosamente acurrucadas aguardaban el sacrificio.

 

La puerta de la choza del tío Tomás, el viejo ganadero, estaba herméticamente cerrada; y tras ella se había colocado el robusto viejo que, hacha en mano, esperaba con aparente tranquilidad a los revolucionarios, pronto a defender su hogar hasta el último trance. Sereno, altivo, el indígena se terció el poncho. Nada denotaba su impaciencia, apenas si su boca ligeramente entreabierta, dejaba escapar su ansiosa respiración.

A espaldas del viejo y en el fondo de la habitación, la esposa y la hija acurrucadas, formaban un grupo. Llenas de espanto, no gemían ya. Con los ojos terriblemente abiertos, escuchaban el grito salvaje y continuado de la horda que se acercaba…

El rumor fue haciéndose más próximo, mas distinto. Las teas comenzaron a iluminar las calles; más luego las pisadas y el ruido de los sables se sintieron; y por último el estruendo enorme de puertas desastilladas, de imprecaciones y de tiros inundó la vía.

Tras la puerta, inmóvil y rígido como una estatua, el anciano oía aproximarse la tempestad sin que un solo músculo de su cara se contrajese. De pronto se sintió un terrible culatazo sobre la puerta y tras éste, otro, después las débiles tablas saltaron por completo. El resplandor de las antorchas iluminó súbitamente la choza; entonces el viejo pudo contemplar a los asaltantes: eran diez o quince a lo sumo. Ellos vacilaron un momento al ver la actitud amenazadora del indígena; pero luego el más atrevido avanzó y lo siguieron todos. El viejo dio un paso hacia delante, cerrando con su cuerpo la entrada de la choza:

—¿Qué quieren ustedes aquí? —gritó con voz colérica, tratando de dominar ese concierto de aullidos y blasfemias.

—Contigo, nada —respondió el que parecía capitanear a los demás—. ¡A ver muchachos!, acaben ustedes con este cholo—, dijo, y se escurrió ligeramente hacia el grupo formado por las dos mujeres. El anciano quiso seguirle pero se vio súbitamente rodeado por una docena de hombres que le acosaban a culatazos. Entonces blandió el hacha con energía salvaje y poderosa; y mientras esas fierecillas esmirriadas trataban de acabar con él a golpes, él comenzó a hender cráneos con hercúlea fuerza. Parecía como que el instrumento estuviera animado, en sus manos, de una fuerza increíble, sobrehumana, salvaje, poderosa. Subía y bajaba vertiginosamente, describiendo molinetes inverosímiles, brillaba como serpiente de fuego, a la luz de las teas: caía, luego, sobre un cráneo, produciendo ruido seco de huesos triturados: se escurría de la herida sangrienta y volvía a levantarse para volver a caer con increíble rapidez, era una máquina devoradora de vidas; un monstruo en cólera, una fiera implacable y sangrienta, segando, exterminando, triturando, rompiendo…

Poco a poco el soberbio brazo fue cediendo, debilitándose. Las fuerzas le abandonaban; y el hacha, como una bestia en agonía, se revolvía aún tratando de herir a sus adversarios, pero se levantaba ya con lentitud, y caía débilmente.

El viejo sintió aproximarse el final de aquella lucha; y comprendió que pronto caería sobre los cuerpos de sus adversarios. Volvió la vista entonces. El que primero entró arrastraba a la muchacha que se defendía tenazmente; y entretanto, al otro extremo de la choza, la vieja, con los ojos terriblemente abiertos y la faz desencajada, no se movía, no temblaba siquiera; tenía la actitud de una momia con la boca entreabierta y los ojos vidriosos.

Toda la magnitud de la catástrofe pasó por la mente del viejo con la rapidez del relámpago; y haciendo un último supremo esfuerzo dio un paso vacilante hacia su hija, levantó el brazo; y el hacha, como si todas las últimas energías del viejo se hubieran concentrado en ella, bajó rápida y brillante, hendiéndose hasta el mango en el cráneo de la muchacha. En seguida el brazo se descolgó con pesadez y el anciano cayó, estruendosamente, sobre el pavimento, salpicando la sangre de la charca.

 

 

II

 

Era la sombra del crepúsculo.

Las sombras, próxima ya la noche, se extendían por sobre el pueblo acurrucado al pie de los Andes.

Reinaba una quietud de muerte: un silencio de tumba, por sobre la que vibraban los sones de la oración de la tarde, tocados por las campanas de la iglesia parroquial.

Las estrechas callejuelas estaban ya desiertas.

Al extremo de una de las más apartadas, como en otro tiempo, se levantaba la choza del tío Tomás, el viejo ganadero; una casucha pequeña con su techo de paja puna y su puerta pequeñita, a través de la cual habría que agacharse demasiado para pasar. En el interior de la casa reinaba oscuridad profunda y un calor insoportable, conservado por el techo, caldeado durante el día por el sol. Muy cerca de la puerta se cocinaba algo en un brasero hecho de sunchos y del que se desprendía un olor a quemado que llenaba el recinto.

—¡Eh! —refunfuñó de pronto la voz del viejo, desde el extremo de la choza—, ¿me has oído? Esta noche ha de ser, no de balde nos hemos pasado el tiempo aguardando este momento para perderlo luego. Crees acaso que el bandido permanecerá mucho tiempo aquí y bueno sería que después de tanto esperar, lo dejáramos irse como unos brutos, como si no nos acordáramos que él fue de los que mataron a nuestras mujeres e incendiaron chozas; ¿te acuerdas? Hace ya ocho meses y todavía me siento mal; ¡ah!, los bandidos me maltrataron alguna entraña; porque, a pesar de habérseme cerrado las heridas, comprendo que me marcho sin remedio; pero lo que es él, no se me escapa, no se me escapa; te lo juro; por el santo patrón, no se me escapa. ¿No te acuerdas que nos debe la vida de nuestra hija?

Y el anciano escupió con rabia.

Por toda respuesta se oyó la tos seca y cascada de la vieja en el ángulo próximo de la choza.

—¿Estamos? —volvió a gruñir el ganadero. —Dime, ¿qué melindres son esos? Has pasado el día, desde que te anuncié que la cosa sería esta noche, como si te disgustase vengar a nuestra pobre Mariacha—. Callóse un momento, más como oyera sollozar a la vieja, pateó el suelo con disgusto. —¡Cómo! —gritó, —¿llorar?… maldita vieja. No pareces de mi misma raza. Es que te queda conmiseración para el cholo que hizo matar a nuestra hija, para el que incendió nuestra choza y nuestra paja… ¡ah, puerca, cochina! —rugió poniéndose de pie.

La pobre vieja se arrastró hasta él y agarrándose de su brazo:

—Oye —le dijo, con voz seca y nasal que parecía salir del fondo de una caja, mientras de sus ojos arrugados se desprendían abundantes lágrimas—, oye Tomás, ¿sabes?… es él… del que te hablaba…él, mi hijo— y se dejó caer de rodillas.

—¿Él?, ¿tu hijo? —rugió el viejo pegando un puntapié a ese informe montón de huesos que se revolvía a sus pies—, ¿tu hijo?— continuó con la fiereza de la raza indígena—. Le matarás tú, maldita —dijo, y terciándose el poncho sobre la espalda salió de la choza.

 

Todo reposa en silencio en la aldea.

La noche es clara, iluminada por una luna espléndida.

En las afueras y pegada a la falda del cerro hay una chocita hecha de cantos y pajas. Las piedras de las paredes, superpuestas sin cohesión ninguna, dejan ver el interior, en el cual duerme tranquilamente un hombre, echado sobre un jergón, teniendo por almohada un haz de pajas. Su vestido es una extraña indumentaria amalgama de militar y de paisano. Lleva casaca de soldado y grandes botas de montar, todo en extremo estado de vejez; y a su lado descansa un sombrero huachano. Un retazo de vela de sebo pegada a la pared y que sin duda se olvidó de apagar antes de dormir, le ilumina muy débilmente el rostro: un tostado rostro de cholo con algunas cicatrices que le desfiguran y sobre el que caen los abundosos y crecidos cabellos.

La calma y el silencio reinan en el exterior y la luna alumbra el paisaje, llenándolo de beatitud.

De pronto, tras un recodo del cerro surgen dos sombras, como a cincuenta pasos de la choza. La una, más alta, parece como si sostuviera a la otra: andan con lentitud. Acercándose más se les reconoce: son el viejo ganadero y su mujer. La pobre vieja seca y apergaminada como un cartón, no anda, se arrastra llevada por su marido. Cubierta por un poncho de vicuña, lleva a la cabeza al aire; y a los rayos de la luna se observan sus flotantes cabellos. La mandíbula le tiembla convulsivamente y marcha con los ojos casi cerrados; parece que salmodiara una oración. Sus gruesas ojotas producen, al arrastrarse sobre las breñas, un sonido hueco y desagradable.

—Con que ¿tu hijo? —murmuraba maquinalmente el viejo, como si no tuviera consciencia de lo que decía—, pues serás tú, tú…—, y seguía arrastrando a su pareja.

Al llegar junto a la choza, paseó el viejo una mirada a su alrededor y desprendiese de los brazos de su mujer, la que cayó de rodillas sobre el suelo; se acercó a la puerta de la choza que estaba entreabierta y observó el interior: el hombre continuaba durmiendo tranquilamente. Un relámpago de alegría fulguró en sus ojos y de puntillas para no hacer ruido, se acercó al lugar donde la infeliz había caído.

Y tomándola de los sobacos la hizo recorrer el camino que la separaba de la puerta de la choza. Sacó luego un cuchillo de montero, lo depositó en la mano de la pobre vieja que temblaba de espanto; y dándole un leve empujón la obligó a penetrar en la choza. Cerró la puerta por fuera y miró por un agujero de la pared.

La anciana, impotente para sostenerse de pie, había caído a pocos pasos del dormidor; y le miraba con ansiedad infinita. Se oía el castañeteo de sus dientes y en su mano brillaba el cuchillo que temblaba precipitadamente. A los pocos momentos volvió la vista y miró, con espanto el ojo amenazador de su marido que por tras la pared le miraba imperiosamente y la sugestión de aquella mirada brillante y ordenadora la hizo avanzar hacia su hijo. Levantó el cuchillo, que luego dejó caer con desaliento; entonces una  lucha horrible se entabló en su alma. El ojo sugestivo, autoritario, el terrible ojo no dejaba de seguir sus movimientos; y dominada por él, avanzaba a veces sobre su hijo, para retirarse inmediatamente temblando de espanto, bajo la subyugación del cariño a aquel retazo de sus entrañas.

De pronto una idea salvadora cruzó por la mente de la vieja; y sus ojillos antes muertos brillaron ahora siniestramente; y como si ese pensamiento le hubiera devuelto las fuerzas, se levantó, penosamente, acercándose a la puerta, la cerró por dentro; y después de apagar la luz despertó con un leve empujón a su hijo:

—¡Huye! —le dijo—, te persiguen.

El hombre, acostumbrado a esa vida de sobresaltos, no preguntó de dónde venía el aviso y tomando su sombrero se precipitó hacia la puerta.

—¡No! —gritó la anciana deteniéndolo—, por ahí no. Toma —añadió, entregándole el cuchillo—. Salta por ahí—, y señalaba el techo por el lado del cerro.

Entretanto el ganadero, sin luz para ver lo que pasaba en el interior de la choza, había sentido el cuchicheo; y desorientado, se acercó a la puerta que empujó con fuerza; pero la puerta resistió, iba ya a echar abajo las paredes, cuando, a la luz de la luna, divisó un hombre que ágilmente huía entre las breñas del cerro.

Un grito salvaje y poderoso se escapó de la garganta del viejo que, impotente ya para alcanzar su presa, quedose mudo, alelado, temblando de rabia y con los ojos fijos en su enemigo que se perdía tras los picos. Luego, volvió la vista y contemplando la choza rugió entre dientes desesperado, lanzose al cerro, hacia el lado por donde su enemigo había escapado, cogió la paja del techo y la desmenuzó entre sus manos febriles y la hundió dentro de la choza, junto con las vigas que la sostenían, la hundió con precipitación salvaje, y cuando no quedaba ya ni un madero que echar adentro, sacó una caja de fósforos, le prendió fuego y se alejó…

A los pocos momentos se elevó una gran llama rojiza y a su siniestro resplandor se destacó la poderosa silueta del ganadero que descendía lentamente, por la ruta de la aldea.

 

(1907)

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