“El Contrabando”, de Isaac Torres Oliva

Aquella mañana el sol amaneció con su ropaje dominguero. Iluminó las casuchas porteñas y se desperezó sobre la anchura tremenda del mar. Así de temprano, las viejucas, con sus pasos menuditos como confeti de carnaval, iban a misa, llevando entre sus manos descarnadas el breviario hinchado de estampitas de todos los santos del cielo. Las cholas, gruesas y tostadas por la sal marina, equilibrando sobre sus caderas redondas la canasta del recado, volvían de hacer su agosto con los cholos badulaques de la recova. Algunos estibadores y lancheros sentados en los bancos del Malecón, incansables de ver el mar, su tierra, incrustaban sus miradas de ave marina en el horizonte. ¿Horizonte? ¿Tiene acaso la gente del puerto horizonte? ¿Tiene lontananza? Ellos no tienen noción de la distancia. Tampoco la tienen del tiempo. Tiempo y distancia son una misma cosa para el filósofo y el marino. Y, como ellos saben que a tantas millas marinas y a tantas fracciones del día o de la noche aquella línea que cautiva la imaginación se esfuma y desaparece y va más allá, así también saben que la distancia y el tiempo van más allá de lo que sabemos y, por ello, son indefinidos e inexistentes.

Por los pasillos de la Aduana, todavía embufandado, el Capitán del Resguardo, Alejo Tapia, y algunos rondines, se calentaban al primer sol, reflejando en sus rostros tanto la pesadez de la mala noche como el dulce placer de haber terminado la jornada para ir a descansar. Sobre todo estaban bien contentos pues nada había ocurrido aquella noche tan terrible. Las lanchas patrulleras habían cumplido su misión. Se había rebuscado minuciosamente todas las caletas de sur a norte y no hubo ni siquiera indicios de contrabando. Sobre todo, el Sonso Tomás durante varias semanas no se hacía a la mar, magnífico pretexto que usaba para ponerse en contacto con los grandes contrabandistas del sur, elegir la mercadería y la caleta más adecuada en la que habrían de abracar los faluchos, irremediablemente, días después.

El Sonso Tomás y el Capitán Tapia, pese a haber sido amigos desde el colegio se tenían un odio mortal: cuestión de faldas. En el Mercado vendía fruta la Elena, una chiquilla de diecisiete años tan dulce y jugosa como las golosinas que ofrecía. Era verdaderamente rica. Tenía unos ojazos prietos y dormidos como una media noche marina; la narizuca levantada y los labios frescos como los amaneceres a la orilla del océano; cuerpo grácil como el contorno de los faluchos juguetones, y dos senitos cual dos polluelos temblorosos de amor. Sobre ellos, como dos negras víboras, se columpiaban a cada vuelta sus largas trenzas azabaches. Todos los muchachos de aquella hornada comprábamos fruta para nuestras casas. Éramos la mejor juventud de treinta años atrás. Pero todos se daban cuenta de que la Elena había sabido cautivarnos y que la grandeza de nuestra educación consistía solo en agradarle a ella, en adquirir sus frutas sabrosas, en darle nuestras últimas monedas, en tocar sus manos morenas y olorosas, en verle los ojos dormidos y tristucos.

Todos los días, quienes salíamos del colegio y los que ya trabajaban nos sentábamos en alguno de los bancos de la plazoleta a tomar los débiles rayos del sol invernizo. Media hora después nos retirábamos a nuestros hogares haciendo escala forzosa en el Mercado. Allí le decíamos nuestras galanterías y ella sonreía, como una diosa marina en medio del oro de sus frutas. Nos hacía bolsitas con plátanos de Guayaquil, duraznos arequipeños, uvas de Majes, pedazos de coco chileno, etc., o nos poníamos al hombro una sandía o un atado de cañas del rico y cercano valle de Tambo.

Poco a poco fuimos olvidando esa querencia. La Elena iba abriendo surcos en su corazón para aquellos de su pelaje. Nosotros éramos niños bien. Usábamos corbata y nuestros padres nos obligaban a sentarnos en la platea, por más que nuestra vida palomillosa estuviera cerca de las cazuelas. Solo quedaron dos prendados de la fruterita: Alejo Tapia y el Sonso Tomás, para quienes reservó un rinconcito en su corazón indeciso y con quienes jugaba, como la princesa Eulalia, hasta que el destino la ató al primero por medio de un retoño, fuerte y carantón como su padre, y rico y moreno como ella.

Cuando después de muchos años regresé al puerto volvimos a hacer la cuerda de amigos. No perdí la fisonomía de ninguno, pese a que los diez años de ausencia aventados por todos los caminos del mundo nos habían desdibujado algunos rostros porteños y algunos hechos y anécdotas de nuestra infancia y juventud.

—¿Y qué es del Sonso Tomás Cueva?— pregunté.

—Te va a dar mucha pena si lo ves —me contestó uno de la cuerda.

—¿Por qué?

—Se ha dedicado a la mala vida.

—¿Mala vida? ¿Qué hace?

—Se ha metido con una serie de contrabandistas y a cada rato lo cogen, lo encarcela, lo procesan.

—Y se ha vuelto un desalmado terrible —terció otro de los del grupo—. El otro día botó un marinero a la poza, porque le impidió ir a bordo.

—Sí— dije recodando. Era fuerte como un toro. ¿Y Tapia? ¿Cómo se llamaba Tapia?

—Alejo— me contestó Pedro Ríos.

Y por mi mente pasó la tremenda paliza que me diera cierto día en la quebrada por no sé qué broma que le hice. Y esto que yo era mayor y más grande que él.

Parece que todos recordaron lo mismo, pero nadie dijo una sola palabra, aunque sus miradas, quieras o no, se treparon a mi cara. En ese momento, instintivamente, me toqué la cicatriz que me dejó en el pómulo.

—Era guapazo— le dije.

—Actualmente no hay quien le pegue.

—¿Y el Sonso?— pregunté, aprovechando la afirmación y como buscándole coteja que pudiera vengar mi horrible chirlo.

—No— me replicaron a un tiempo—. El Sonso es sucio. Al tiro saca navaja. En cambio el Alejo es limpio.

Y el charlerío continuó, recordando, recordando.

Pocos días después el Sonso de hacía a la mar en su bote pescador. Dentro de la panza recia iba el bracero todavía apagado, para calentar el fiambre y poner el té; la botella de alcohol o cañazo para preparar el chíngaro tonificante; la red, minuciosamente acondicionada; la lata mohosa para achicar el agua; y en un rinconcito, escondida, el arma espuria del pescador: la dinamita.

Al colocar los remos a los costados del bote, el Sonso prendió un cigarrillo y, con su temible sonrisa de Neptuno criollo, se despidió de la gente levantando su brazo izquierdo. De cada remada el bote avanzaba hasta veinte metros, cortando en dos grandes moles de encrespadas olas que penetraban retumbando en la poza del muelle. Aun de lejos se notaban sus brazos atléticos y su tórax hermoso de remador olímpico, batiendo a compás los remos impulsores. Lo vimos perderse en la distancia, diluirse como las aves marinas en el vaho mortecino del atardecer. Nos gustaba el hombre: si era de nuestra tierra; mejor dicho, de nuestro mar. Por eso todos anhelábamos volverlo a ver. El único, tal vez que no lo quisiera, era el Alejo Tapia, el Capitán del Resguardo, su compañero de aulas, separado de él, como los remos, por el corazón femenino de la Elena.

Cada vez que el Sonso se hacía a la mar regresaba con su bote plateado de corvinas, bonitos, gavinzas, cabrillas, qué se yo; y él en medio de tanto pescado, como un ídolo que emergiera de pleno mar. Mas, con su arribo llegaba también el contrabando. No se sabía cómo, pero esa misma noche o días después entraban al puerto, por algunos de los recovecos, casimires, relojes, perfumería, cigarrillos y miles de cosas que llenaban las tiendas de los turcos apañadores. Por más que la policía marina se ponía en movimiento, por más que toda la noche vigilaban las caletas aledañas, por más que las lanchas patrulleras recorrían el mar en todas direcciones, el mar se hacía cada vez más ancho, sumamente grande, y el bote contrabandista cada vez más pequeño, minúsculo. Todos sabían que él era el autor, pero nadie lograba cogerlo con las manos en la masa. Mientras el contrabando se repartía en el puerto a las gentes que habían dado el dinero, o se acondicionaba en camiones para llevarlo a Arequipa, el Sonso, a la vista de todos, repartía su pescado o fumaba su cigarrillo americano estirado en alguno de los bancos del malecón que mira al mar, contemplando, poéticamente, cómo se ahogaba el sol en la infinita vastedad, entre un capricho de nubes de colores y un lento cortejo de aves tristonas.

Una mañana, cuando aún no había salido el sol, el Sonso, remando su bote bicolor entraba al muelle, en alto su mano izquierda, como un pendón. Desde lejos lo vimos, alta la vela, arremetiendo al puerto. La fuerza del viento, tocándolo de barlovento, lo impulsaba como una exhalación. Después empezó a llenar el producto de su pesca en sacos que eran izados por gruesos hombres desde el embarcadero, y de allí, llevados en hombros al varadero. Acá, mujeres especializadas, con finos cuchillos, cogían los animales, les abrían el vientre, separaban las hueveras y arrojaban a los gallinazos gorreros el saldo de las vísceras inservibles. Muchos de estos volaban sobre las cabezas humanas, cogían su ración a picotazo limpio y se la engullían en los islotes vecinos. Después volvían por más, insaciables, glotones. Todo el mundo se pleiteaba la corvina recién llegadita; al cálculo, se vendían las piezas a diez o doce soles. Su precio se elevaba sobre el del mercado, pero el gusto era llevarla a casa del mismo varadero, fresca y cristalina.

Esa misma noche ya se sentía el run run del contrabando: se oían frases incoherentes, se veía inquietas a las autoridades y policías marítimas; la gente de mar se guiñaba el ojo, se olía a pescado o a sangre.

Alejo Tapia, como Capitán del Resguardo, salió a dirigir personalmente la búsqueda: unos a pie deberían vigilar las caletas tramposas del norte y la carretera que entraba al puerto; otros, revólver en mano, en sitios estratégicos esperarían el atraque de los faluchos contrabandistas, y él, como un campeón, con sus mejores hombres vendrían, en forma de abanico, en las lanchas patrulleras, cerrando la fuga por mar al más diestro de los marineros. Ni un pez escaparía a ese círculo tramado por el cumplimiento del deber, y de la venganza.

Sería la una de la madrugada cuando la noticia, como una ola, llegó al puerto: en La Sorda, una caleta intrincada, habían cogido a los contrabandistas. Corrimos hacia allá, presas de la curiosidad. Efectivamente, por medio camino los policías del Resguardo traían a varios hombres esposados. Reconocimos a algunos: Marfil, Jaiba, Aracanto, etcétera., pero el Sonso no estaba entre ellos. Habría costado mucho trabajo reducirlos, así lo mostraban los rostros sanguinolentos y las ropas deshechas de vencedores y vencidos.

—Rodearemos la casa del Sonso— ordenó Tapia—. Le haré otro círculo sin escapatoria —Dispuso a su gente en las esquinas y techos vecinos—. Yo mismo entraré con García. Ven, hermanón.

Todos los curiosos pudimos ver en los ojos de Tapia cómo brillaba la fruición del triunfo.

Empujó suavemente la puerta del conventillo. En uno de los cuartos vivía solo el Sonso Tomás. Atravesó, con la oreja y la mirada atentas, el callejón, y de un salto se puso al otro lado de la puerta. Pararon el oído, y con un movimiento de la mano indicaron que la presa estaba allí. De los techos de las casas vecinas se levantaron unos hombres y cautelosamente fueron formando un anillo alrededor de la habitación señalada.

—¡Sonso, date por vencido! —le gritó Tapia, esperando temerosamente la respuesta. Todavía le tenía respeto. Nadie contestó.

—Estás pedido. Hemos rodeado la casa y la manzana.

El silencio era lo único que se oía en aquel instante.

—¡Sal, mierda!— gritó desesperado, pensando quizá que hasta en el momento del triunfo el Sonso se burlaba de él—. ¡Sí, está ahí! —le gritó a su gente—, rompamos la puerta.

Dio un empellón feroz, capaz de voltear a un buque, pero aquella frágil portezuela apenas se meció hacia adentro lanzando un débil chirriar de sus bisagras mohosas.

—¡La echaremos abajo!— volvió a gritar, hecho un energúmeno, dando mil patadas, como si esa hoja fuera el mismo cuerpo que odiaba tanto—. ¡Traigan ese tronco —ordenó enseguida, viendo que todo era imposible—. ¡La echaremos abajo!

Iban a lanzar el primer empellón, cuando se le ocurrió una idea mejor. Hizo acercar a uno de los detenidos y le ordenó que lo convenciera.

—Tomás, sal nomá. No hemos podido defenderte. Estamos heridos.

—¡Que la trampa se los cargue, maricones! —maldijo el hombre desde dentro—. ¡Primero muerto me sacarán de aquí!

No sabían qué hacer. De un empujón saltó la puerta. Adentro era una boca de lobo. Mejor para ambos. Alejo Tapia, arrimado a una de las paredes, con la bala presta, sigiloso como un arponero tenía los cinco sentidos puestos en todo. Desde afuera iluminaban la habitación con una linterna. Él corría la mirada recelosa pero firme junto a la luz. No había nadie.

De pronto, como un rayo, saltó hacia el ropero y abriéndolo ordenó:

—¡Sal!

La luz solo le mostró unas ropas inanimadas, meciéndose como monigotes. De pura ira disparó contra una casaca, a la altura del corazón. Así debería ser el tiro que había ensayado tanto. Su pulso estaba bien. Eso lo hizo tomar confianza. De otro salto se tiró bajo la cama, disparando, pero nada. Entonces fue sintiendo el desesperante vacío de la habitación, la proximidad de su derrota.

Todos comenzamos a dudar. Tal vez lo fatigoso de la jornada nos había alucinado. Pero, ¿no hubo ruidos dentro de ese antro? ¡¿Y no habían escuchado todos la misma maldición?! Se miraron unos a otros estupefactos. Volvieron a examinarlo todo. Sobre la mesa de noche un papel escrito los invitó a leer. Tapia lo cogió y leyó para sí: “Alejo, sobre el ropero está el contrabando que buscas. Guárdalo y no lo entregues a nadie. Es tuyo. Tomás”.

Alejo Tapia tomó de encima del ropero una cajita de metal, la abrió, y varias fotografías y esquelas le hicieron abrir los ojos desmesuradamente. Un sudor frío le cubrió la frente y un rictus cadavérico se dibujó en sus facciones de hombre engañado. Cerró la caja, la apretó fuertemente contra su pecho, miró a todos y luego bajó los ojos, descorazonado. Luego, al ver su revólver inútil, ocioso, disparó contra la primera sombra que vio. El plomo irresponsable abrió un hueco en la pared, por donde entró la luz de la calle. Peor aún, parecía uno de los ojos burlones de Cueva.

—Perdón —dijo—, no sé lo que hago.

Lentamente enderezó el arma contra su sien, pero no pudo. El brazo flácido, como una vela sin aire, se le cayó. Miró extrañamente a sus hombres y les dijo:

—Esto es mío, me lo llevo.

Y abriéndose paso entre el gentío, bamboleante, apretando la caja contra su pecho, corrió calle arriba, hacia el lado del mar.

—¿Qué es esto, hombre? ¿A dónde va?— lo detuvo el Administrador de Aduanas.

—Esto es mío, señor— contestó suplicante.

—¿Cómo suyo? ¿Un hombre como usted apropiándose…?

—No señor, no. Esto es mío, propio. Me pertenece.

—¡Traiga acá eso!— le ordenó.

—No, señor —imploró Alejo Tapia. Entregando la caja cayó al suelo, presa de intento dolor.

El administrador abrió la caja, examinó su contenido y se la devolvió.

—Efectivamente —dijo—, es de Tapia. Son joyas que le han robado. Llévenselo.

El capitán, como un borracho, tomó el camino de los acantilados en cuyos filos se rompe en mil chispas la furia del mar.

Por acá el espectáculo es maravilloso: las olas trepan las alturas queriendo ganar las lomadas, y en la hermosa caída de las tardes el sol se hace añicos en los colores del iris, y el agua lanza un eterno desafío a la terca agresividad del granito, o, en los días calmos, susurra una oración que sube por las quebradas hacia las nieves eternas de las cordilleras, para hacer allí el connubio en donde ha de nacer el mar.

Al día siguiente hallaron el cadáver de Alejo Tapia, varado en la caleta en donde habían cogido el contrabando.

Solamente cuando se abrió el proceso para investigar las causas de la muerte del capitán Tapia se hizo público, pudimos saber todos, que el Sonso había huido por un forado que tenía bajo su cama, y que en aquella caja de metal había un retrato de Elena y una esquela rosada que decía: “Querido Tomás. Te espero a las 10. Mi marido estará de ronda toda la noche, buscándote. Siempre tuya, Elena”.

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