“Las cosas que se dicen en cualquier parte”, de Edmundo de los Ríos

LAS COSAS QUE SE DICEN EN CUALQUIER PARTE

—Que no dije nada—, dije.

“Cómo que no dijo nada”, resopló y sus ojos, que no eran de loco, parecieron asombrarse de mis ojos, mientras yo no podía explicar y balbucí: “Pero qué dije… si yo…”. Y así comenzó.

A duras penas logré trepar al tranvía, y luego, codazo adelante, codazo atrás, llegué al lado del hombre rechoncho que impedía cualquier posibilidad de avanzar. Era muy poco lo que el tranvía adelantaba por el tráfico aglutinado; de pronto se zarandeaba todo el carro y de un tirón se deslizaba sobre los rieles cuatro o cinco metros. Yo esperaba que al terminar esta estrecha calle, el tranvía agarrara velocidad frente al Palacio de Justicia y luego por la avenida Brasil ya no habría nadie que lo parara hasta el Malecón de la Costanera. Mientras, era casi imposible respirar por el calor y la apretura. El hombre bajo y extremadamente gordo que me impidió a mitad del tranvía avanzar un poco más, suda tranquilamente, como complacido, y lee y relee el anuncio pegado encima de la ventanilla que recomienda un efectivísimo dentífrico, y mira disimuladamente las piernas de la que suda sentada a mi lado, con el maquillaje ya indefinido y agrietado por canales de sudor.

El verano, época de verano, cuando a la salida de la oficina algo se pega en el cuerpo, y el aire caliente y pesado atolondra un poco, y no se piensa en más que tomar un tranvía no muy lleno. Por la tarde no tendría trabajo, y ya no habría hasta el lunes las prisas de los ómnibus ni de los tranvías ni las llegadas tarde o llegadas justo a tiempo a la oficina. Fue exactamente cuando me pasaba el pañuelo por la frente. Entonces oigo: “Diga lo que dijo”. Es el hombre rechoncho y lúbrico que agita los labios mostrando dientes carcomidos. Lo miro, y sí, es él quién habla y repite: “Diga lo que dijo, no se haga, ¿qué dijo?”. No podía decirle a nadie más lo que estaba diciendo: era a mí a quien interrogaba y queriendo no extrañarme mucho le dije: “Qué quiere que le diga si no dije nada”; pero él seguía en sus trece, bien metida en su cabeza la terquedad de que yo dijera lo que dije sin entender que yo no dije nada. Para remate un señor de anteojos y de sonriente mirada, con aire de inmensa bondad, que interrumpió la lectura de su periódico, me dice: “No tema, amigo, diga lo que dijo para que así crean que no dijo lo que dijo”. Pronuncié “¡Qué!, ¿qué dije yo? si… yo…”. Me interrumpió el señor de sonriente mirada: “No, no, no tiene que negarse, diga lo que dijo”. Y el que primero dijo que dijera lo que dije (que no dije) le dice al que dijo que dijera lo que dije para que así no creyeran que dije lo que dije (que no dije), con voz que no permitirá ninguna actitud de clemencia: “Usted no se meta, mi querido metecuchara, que él no es mudo para no decir lo que dijo”. Pero el otro, sin desprenderse de su mirada sonriente, hace como que no escucha al que le ha nombrado por querido metecuchara, y me dice: “Ahora yo lo defiendo, limítese a decir lo que dijo y ambos responderemos”. Yo, entonces, le digo a mi voluntario defensor: “Pero escuche usted, yo no dije nada”. Y una vieja, y las viejas, según dicen, casi siempre tienen razón y hasta la última palabra, alzó su desportillada voz desde mi espalda para decir gritando: “Diga de una vez y no haga entuertos”. Volteo, suplicante: “Señora…”, pero la anciana con unas chinchillas descosidas en el cuello y recuperada del primer grito que vació sus pulmones, ataca, furibunda: “Nada, qué señora ni niño muerto; diga y se acabó”. Fue fulminante, y hasta los pellejos de las chinchillas se agitaron en su cuello transparente. “¡Que diga!, ¡que diga!, ¡que diga!”, gritan enardecidos y jubilosos todos los pasajeros que ocupan las dos terceras partes del tranvía, y muchos levantan los brazos y con índices me señalaban por encima de las cabezas.

Sin fuerzas, la cabeza dándome miles de vueltas miro al de sonriente mirada y ofrecido defensor mío y que en un principio dijo que dijera lo que dije para que así creyeran que no dije lo que dije (que no dije), y le pregunto como si él pudiera tener una solución para todo esto: “¿Qué hago?”. Y él, que entre tanto parece haber perdido la sonrisa de la mirada, me contesta: “Diga lo que dijo, nada más”. Lo miro a través de sus anteojos empañados por el sudor y digo: “Pero si…”’, no continúo porque no sé cómo decir que no dije nada y porque una vocecilla que al final es un estruendo me increpa: “No venga con escapatorias y mentiritas que no estamos para domingo siete, diga lo que dijo, diga de una vez sin tanto retruécano”; sus últimas palabras han sido gritos con ráfagas de saliva y el esfuerzo ha dejado al pequeño hombrecillo que carga paquetes en los brazos con el rostro colorado y con la lengua como atorada en el cogote.

Miro al hombrecito de rostro congestionado y cada vez más rojo: “¿Qué dijo?”, le pregunto, pero él, a pesar de su rostro que comienza a amoratarse por la furia, grita nuevamente: “Que diga de una vez lo que dijo”. “¿Y qué dije?”, pregunto queriendo tranquilizarme y pensando que debo mostrar que no me altero. “Para tontos hay más de cuarenta mil y medio, y sin más tonterillas, usted tiene que decir lo que dijo, llana y simplemente”.

“Vaya, que ahora no quiere decir lo que dijo”, dice la mujer a quien el hombre rechoncho que me impidió el paso a mitad del tranvía le miraba las piernas y que tenía el maquillaje agrietado por canales de sudor y que en este momento es ya una masa informe y multicolor que chorrea por su cara pálida. “¿Qué pasa?”, preguntó a voz en cuello el conductor del tranvía y muchos escucharon su voz en tono de autoridad, dada su calidad de conductor. “Que uno no quiere decir lo que dijo”, contestaron tres a coro. Contra lo que pudo haberse esperado el conductor se golpeó la frente con la palma de la mano y a voz en cuello exclamó: “¡Qué tal vaina!”. Agregó: “Que diga lo que dijo porque si no, no sigo”. Yo quise gritar pero mi  voz apenas era audible y nadie quería escucharme. “Qué puedo decir si no dije nada, es la verdad”.

Para este momento la gente que iba por la calle se detuvo y por las ventanillas preguntaban primero “¿Qué ocurre, ah?”, y luego querían más detalles, y más minuciosos, sobre lo ocurrido. “Que uno no quiere decir lo que dijo”, contestaban solícitos los que iban sentados en el tranvía y cuya posición hacía fácil la comunicación con la gente de la calle. Los peatones respondían indistintamente, sabiendo que el problema estaba en buenas manos, y después de escuchar las palabras terminantes del conductor, exclamaban: “¡Qué barbaridad!”, o, como una señora que concluyó: “Si se ve cada cosa en este mundo… ¡Qué diga! No lo dejen con su capricho”.

Al parecer, al fondo del tranvía la cosa adquiría caracteres que bien pueden ser calificados como de color de hormiga. Y los gritos fueron continuos: “¡Que diga, que diga!”, pedían los del fondo y los de adelante también.

Yo traté de que ahora sí me escucharan: “Miren ustedes”, decía yo secando mi sudor y de paso el rostro perlado de una mujer negra que sudaba a chorros en el lugar donde antes había estado la vieja que gritó como endemoniada, y seguí diciendo: “Yo ni siquiera dije a”. “Cómo que ni siquiera dijo a”, gritó enérgicamente el conductor, “si yo mismo lo escuché con todititas sus letras”. La negra, fastidiada por mi supuesta terquedad, me había arrebatado el pañuelo y secaba entre sus senos voluminosos por donde el sudor agarró cauce. Afuera, rodeando el tranvía, la gente seguía amontonándose y los que recién llegaban preguntaban: “¿Qué ocurre?”, y los de más adelante y más cerca del tranvía y que todavía no se enteraban cabalmente, preguntaban a los que preguntaron por primera vez “qué ocurre” y que permanecían inamovibles inmediatamente frente a las ventanillas del tranvía, y ellos contestaban a los que todavía no se enteraban cabalmente: “Uno que no quiere decir lo que dijo”, y estos gritaban a los que recién llegaban y querían ponerse al tanto de la situación: “Uno que dijo mucho y que no quiere repetir lo que dijo”; y todos protestaban en coro, gritaban: “Que diga ese uno lo que dijo”.

A mi lado el que dijo que dijera lo que dije porque él iba a defenderme, me decía: “Sí, diga de una vez antes de que me caliente y no lo defienda como se debe”. Era el colmo; hubiera querido decirle que se fuera al diablo, pero solo atiné a decir:

“Usted está loco”, y dije además: “Yo me bajo”. “¿Qué dice?”, preguntaban los de la calle; “que se baja”, contestaban los del tranvía, y los de más atrás “¿qué dice?”, y los que anteriormente preguntaron “¿qué dice?” y que ya se enteraron aunque no cabalmente dicen a gritos: “Que se baja porque no quiere decir lo que dijo”. Yo repetía: “Yo no dije nada, me bajo”. Hubo una risa y el conductor comenzó a decir: “No, no, no, de ningún modo, mi amigo, si hasta me hace reír, mire”. Luego sin reír dijo “ja, ja, ja”, como si ja, ja, ja significara que se reía: “Usted qué se ha creído, que se dice y todo queda como si nada, no, no, no, mire, estoy riendo” y otra vez su voz simulando risa “ja, ja, ja”. El conductor estaba frente a mí y muy seguro de que no me bajaría aunque quisiera bajarme; entonces le dije: “Yo no dije nada, yo estoy solo, no dije nada porque no tenía a nadie a quien decirle algo, ¿no comprenden?, comprendan, por favor”. Era imposible. Dos o tres pasajeros me dijeron uno tras otro que era demasiado tarde y el conductor recalcó: “Lo que ocurre es que tarde viene el arrepentimiento y ahora quiere sacar el cuerpo. Tarde, muy tarde”. “¿Cómo que tarde?”, dije. “Sí, demasiado tarde”, dijo la negra sin devolverme el pañuelo que se lo había anudado alrededor del cuello. “Aquí hay unos periodistas”, gritaron desde afuera, y otros preguntaban con redoblada insistencia “¿ya dijo lo que dijo?”; “todavía no”, contestaron los del tranvía.

Finalmente un grito general y algunos aplausos y vivas que no alcanzaron resonancia dado el carácter inquisitorial del momento: “Llegó la policía”.

Escuché que ordenaban bajar al que no dice lo que dijo. Bajé del tranvía entre personas hostiles y agresivas y otras muchas que me observaban con lástima. “Ya es tiempo de saber lo que dijo”, profirió uno de los policías y probablemente jefe de la patrulla. Ante mí, los policías se limitaron a afirmar preguntando: “Así que se niega a decir lo que dijo ¿no?, ¿ah?”. Queriendo ser compasivo, agregó uno: “Eso será peor para usted”. Alguien gritó “subversión”, otro “atentado”, alguien más “vías de comunicación y lábaro patrio”. En tanto, los del tranvía que ya no se enteraban de lo que se hablaba en la calle, preguntaban: “¿ya dijo lo que dijo?”, y los de afuera contestaban: “Se niega, es terco como una cabra verde, pero ya lo tiene la policía”. Ahora cierta certeza me confirmaba que todo se aclararía. Me dirigí a quien parecía el jefe de la patrulla, dije: “Mire usted, oficial, yo no dije nada y aunque quisiera decir lo que no dije no sé qué decir”. Era un imbécil; sonrió con sorna, agradado porque mi vida estaba como estaba en sus manos, y dijo con tono que expresa estás frito: “De nada le vale terquear, ceda… pero allá usted”, y con la mano hizo un ademán. “A la jefatura”, dijo un policía interpretando el ademán de su jefe, y a empellones, seguros ya de mi culpabilidad, me metieron al patrullero. Los del tranvía, cada vez más relegados, preguntaban: “¿Qué pasa ahora?”, y los de la calle preguntaban a los policías y sin muchas ganas respondían: “Es culpable, no quiere decir lo que dijo, va preso”, y los de la calle avisaban a los del tranvía “ya confesó, pero todavía no repite lo que dijo y que es lo más grave que se puede decir”. El patrullero partió.

Y aquí me tienes. Por eso no pude llegar a tiempo para ir a la playa el domingo por la mañana, para casarnos el lunes como tú querías. Han sido diez años de cárcel pero te amo mucho más que aquel día.

—No digas nada. Bésame.

 

Edmundo de los Ríos

 

—Que no dije nada—, dije.

“Cómo que no dijo nada”, resopló y sus ojos, que no eran de loco, parecieron asombrarse de mis ojos, mientras yo no podía explicar y balbucí: “Pero qué dije… si yo…”. Y así comenzó.

A duras penas logré trepar al tranvía, y luego, codazo adelante, codazo atrás, llegué al lado del hombre rechoncho que impedía cualquier posibilidad de avanzar. Era muy poco lo que el tranvía adelantaba por el tráfico aglutinado; de pronto se zarandeaba todo el carro y de un tirón se deslizaba sobre los rieles cuatro o cinco metros. Yo esperaba que al terminar esta estrecha calle, el tranvía agarrara velocidad frente al Palacio de Justicia y luego por la avenida Brasil ya no habría nadie que lo parara hasta el Malecón de la Costanera. Mientras, era casi imposible respirar por el calor y la apretura. El hombre bajo y extremadamente gordo que me impidió a mitad del tranvía avanzar un poco más, suda tranquilamente, como complacido, y lee y relee el anuncio pegado encima de la ventanilla que recomienda un efectivísimo dentífrico, y mira disimuladamente las piernas de la que suda sentada a mi lado, con el maquillaje ya indefinido y agrietado por canales de sudor.

El verano, época de verano, cuando a la salida de la oficina algo se pega en el cuerpo, y el aire caliente y pesado atolondra un poco, y no se piensa en más que tomar un tranvía no muy lleno. Por la tarde no tendría trabajo, y ya no habría hasta el lunes las prisas de los ómnibus ni de los tranvías ni las llegadas tarde o llegadas justo a tiempo a la oficina. Fue exactamente cuando me pasaba el pañuelo por la frente. Entonces oigo: “Diga lo que dijo”. Es el hombre rechoncho y lúbrico que agita los labios mostrando dientes carcomidos. Lo miro, y sí, es él quién habla y repite: “Diga lo que dijo, no se haga, ¿qué dijo?”. No podía decirle a nadie más lo que estaba diciendo: era a mí a quien interrogaba y queriendo no extrañarme mucho le dije: “Qué quiere que le diga si no dije nada”; pero él seguía en sus trece, bien metida en su cabeza la terquedad de que yo dijera lo que dije sin entender que yo no dije nada. Para remate un señor de anteojos y de sonriente mirada, con aire de inmensa bondad, que interrumpió la lectura de su periódico, me dice: “No tema, amigo, diga lo que dijo para que así crean que no dijo lo que dijo”. Pronuncié “¡Qué!, ¿qué dije yo? si… yo…”. Me interrumpió el señor de sonriente mirada: “No, no, no tiene que negarse, diga lo que dijo”. Y el que primero dijo que dijera lo que dije (que no dije) le dice al que dijo que dijera lo que dije para que así no creyeran que dije lo que dije (que no dije), con voz que no permitirá ninguna actitud de clemencia: “Usted no se meta, mi querido metecuchara, que él no es mudo para no decir lo que dijo”. Pero el otro, sin desprenderse de su mirada sonriente, hace como que no escucha al que le ha nombrado por querido metecuchara, y me dice: “Ahora yo lo defiendo, limítese a decir lo que dijo y ambos responderemos”. Yo, entonces, le digo a mi voluntario defensor: “Pero escuche usted, yo no dije nada”. Y una vieja, y las viejas, según dicen, casi siempre tienen razón y hasta la última palabra, alzó su desportillada voz desde mi espalda para decir gritando: “Diga de una vez y no haga entuertos”. Volteo, suplicante: “Señora…”, pero la anciana con unas chinchillas descosidas en el cuello y recuperada del primer grito que vació sus pulmones, ataca, furibunda: “Nada, qué señora ni niño muerto; diga y se acabó”. Fue fulminante, y hasta los pellejos de las chinchillas se agitaron en su cuello transparente. “¡Que diga!, ¡que diga!, ¡que diga!”, gritan enardecidos y jubilosos todos los pasajeros que ocupan las dos terceras partes del tranvía, y muchos levantan los brazos y con índices me señalaban por encima de las cabezas.

Sin fuerzas, la cabeza dándome miles de vueltas miro al de sonriente mirada y ofrecido defensor mío y que en un principio dijo que dijera lo que dije para que así creyeran que no dije lo que dije (que no dije), y le pregunto como si él pudiera tener una solución para todo esto: “¿Qué hago?”. Y él, que entre tanto parece haber perdido la sonrisa de la mirada, me contesta: “Diga lo que dijo, nada más”. Lo miro a través de sus anteojos empañados por el sudor y digo: “Pero si…”’, no continúo porque no sé cómo decir que no dije nada y porque una vocecilla que al final es un estruendo me increpa: “No venga con escapatorias y mentiritas que no estamos para domingo siete, diga lo que dijo, diga de una vez sin tanto retruécano”; sus últimas palabras han sido gritos con ráfagas de saliva y el esfuerzo ha dejado al pequeño hombrecillo que carga paquetes en los brazos con el rostro colorado y con la lengua como atorada en el cogote.

Miro al hombrecito de rostro congestionado y cada vez más rojo: “¿Qué dijo?”, le pregunto, pero él, a pesar de su rostro que comienza a amoratarse por la furia, grita nuevamente: “Que diga de una vez lo que dijo”. “¿Y qué dije?”, pregunto queriendo tranquilizarme y pensando que debo mostrar que no me altero. “Para tontos hay más de cuarenta mil y medio, y sin más tonterillas, usted tiene que decir lo que dijo, llana y simplemente”.

“Vaya, que ahora no quiere decir lo que dijo”, dice la mujer a quien el hombre rechoncho que me impidió el paso a mitad del tranvía le miraba las piernas y que tenía el maquillaje agrietado por canales de sudor y que en este momento es ya una masa informe y multicolor que chorrea por su cara pálida. “¿Qué pasa?”, preguntó a voz en cuello el conductor del tranvía y muchos escucharon su voz en tono de autoridad, dada su calidad de conductor. “Que uno no quiere decir lo que dijo”, contestaron tres a coro. Contra lo que pudo haberse esperado el conductor se golpeó la frente con la palma de la mano y a voz en cuello exclamó: “¡Qué tal vaina!”. Agregó: “Que diga lo que dijo porque si no, no sigo”. Yo quise gritar pero mi  voz apenas era audible y nadie quería escucharme. “Qué puedo decir si no dije nada, es la verdad”.

Para este momento la gente que iba por la calle se detuvo y por las ventanillas preguntaban primero “¿Qué ocurre, ah?”, y luego querían más detalles, y más minuciosos, sobre lo ocurrido. “Que uno no quiere decir lo que dijo”, contestaban solícitos los que iban sentados en el tranvía y cuya posición hacía fácil la comunicación con la gente de la calle. Los peatones respondían indistintamente, sabiendo que el problema estaba en buenas manos, y después de escuchar las palabras terminantes del conductor, exclamaban: “¡Qué barbaridad!”, o, como una señora que concluyó: “Si se ve cada cosa en este mundo… ¡Qué diga! No lo dejen con su capricho”.

Al parecer, al fondo del tranvía la cosa adquiría caracteres que bien pueden ser calificados como de color de hormiga. Y los gritos fueron continuos: “¡Que diga, que diga!”, pedían los del fondo y los de adelante también.

Yo traté de que ahora sí me escucharan: “Miren ustedes”, decía yo secando mi sudor y de paso el rostro perlado de una mujer negra que sudaba a chorros en el lugar donde antes había estado la vieja que gritó como endemoniada, y seguí diciendo: “Yo ni siquiera dije a”. “Cómo que ni siquiera dijo a”, gritó enérgicamente el conductor, “si yo mismo lo escuché con todititas sus letras”. La negra, fastidiada por mi supuesta terquedad, me había arrebatado el pañuelo y secaba entre sus senos voluminosos por donde el sudor agarró cauce. Afuera, rodeando el tranvía, la gente seguía amontonándose y los que recién llegaban preguntaban: “¿Qué ocurre?”, y los de más adelante y más cerca del tranvía y que todavía no se enteraban cabalmente, preguntaban a los que preguntaron por primera vez “qué ocurre” y que permanecían inamovibles inmediatamente frente a las ventanillas del tranvía, y ellos contestaban a los que todavía no se enteraban cabalmente: “Uno que no quiere decir lo que dijo”, y estos gritaban a los que recién llegaban y querían ponerse al tanto de la situación: “Uno que dijo mucho y que no quiere repetir lo que dijo”; y todos protestaban en coro, gritaban: “Que diga ese uno lo que dijo”.

A mi lado el que dijo que dijera lo que dije porque él iba a defenderme, me decía: “Sí, diga de una vez antes de que me caliente y no lo defienda como se debe”. Era el colmo; hubiera querido decirle que se fuera al diablo, pero solo atiné a decir:

“Usted está loco”, y dije además: “Yo me bajo”. “¿Qué dice?”, preguntaban los de la calle; “que se baja”, contestaban los del tranvía, y los de más atrás “¿qué dice?”, y los que anteriormente preguntaron “¿qué dice?” y que ya se enteraron aunque no cabalmente dicen a gritos: “Que se baja porque no quiere decir lo que dijo”. Yo repetía: “Yo no dije nada, me bajo”. Hubo una risa y el conductor comenzó a decir: “No, no, no, de ningún modo, mi amigo, si hasta me hace reír, mire”. Luego sin reír dijo “ja, ja, ja”, como si ja, ja, ja significara que se reía: “Usted qué se ha creído, que se dice y todo queda como si nada, no, no, no, mire, estoy riendo” y otra vez su voz simulando risa “ja, ja, ja”. El conductor estaba frente a mí y muy seguro de que no me bajaría aunque quisiera bajarme; entonces le dije: “Yo no dije nada, yo estoy solo, no dije nada porque no tenía a nadie a quien decirle algo, ¿no comprenden?, comprendan, por favor”. Era imposible. Dos o tres pasajeros me dijeron uno tras otro que era demasiado tarde y el conductor recalcó: “Lo que ocurre es que tarde viene el arrepentimiento y ahora quiere sacar el cuerpo. Tarde, muy tarde”. “¿Cómo que tarde?”, dije. “Sí, demasiado tarde”, dijo la negra sin devolverme el pañuelo que se lo había anudado alrededor del cuello. “Aquí hay unos periodistas”, gritaron desde afuera, y otros preguntaban con redoblada insistencia “¿ya dijo lo que dijo?”; “todavía no”, contestaron los del tranvía.

Finalmente un grito general y algunos aplausos y vivas que no alcanzaron resonancia dado el carácter inquisitorial del momento: “Llegó la policía”.

Escuché que ordenaban bajar al que no dice lo que dijo. Bajé del tranvía entre personas hostiles y agresivas y otras muchas que me observaban con lástima. “Ya es tiempo de saber lo que dijo”, profirió uno de los policías y probablemente jefe de la patrulla. Ante mí, los policías se limitaron a afirmar preguntando: “Así que se niega a decir lo que dijo ¿no?, ¿ah?”. Queriendo ser compasivo, agregó uno: “Eso será peor para usted”. Alguien gritó “subversión”, otro “atentado”, alguien más “vías de comunicación y lábaro patrio”. En tanto, los del tranvía que ya no se enteraban de lo que se hablaba en la calle, preguntaban: “¿ya dijo lo que dijo?”, y los de afuera contestaban: “Se niega, es terco como una cabra verde, pero ya lo tiene la policía”. Ahora cierta certeza me confirmaba que todo se aclararía. Me dirigí a quien parecía el jefe de la patrulla, dije: “Mire usted, oficial, yo no dije nada y aunque quisiera decir lo que no dije no sé qué decir”. Era un imbécil; sonrió con sorna, agradado porque mi vida estaba como estaba en sus manos, y dijo con tono que expresa estás frito: “De nada le vale terquear, ceda… pero allá usted”, y con la mano hizo un ademán. “A la jefatura”, dijo un policía interpretando el ademán de su jefe, y a empellones, seguros ya de mi culpabilidad, me metieron al patrullero. Los del tranvía, cada vez más relegados, preguntaban: “¿Qué pasa ahora?”, y los de la calle preguntaban a los policías y sin muchas ganas respondían: “Es culpable, no quiere decir lo que dijo, va preso”, y los de la calle avisaban a los del tranvía “ya confesó, pero todavía no repite lo que dijo y que es lo más grave que se puede decir”. El patrullero partió.

Y aquí me tienes. Por eso no pude llegar a tiempo para ir a la playa el domingo por la mañana, para casarnos el lunes como tú querías. Han sido diez años de cárcel pero te amo mucho más que aquel día.

—No digas nada. Bésame.

 

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