SÁBADO  POR LA TARDE

Cuento de Rosa Núñez

Caminaron todo San Francisco sin decir palabra alguna. Al llegar a la Plaza de Armas él se detuvo a comprar unos cigarrillos. “¿Quieres uno?”, le preguntó a su mujer. Melania movió afirmativamente la cabeza, dejando que un flequillo de su cabellera cubriera parte de la frente. Luego siguieron caminando hasta entrar en un café. A menudo lo hacían, sobre todo cuando descubrieron que los sábados por la tarde resultaban terriblemente tediosos. Al menos, los domingos ella iba a visitar a su madre, y de lunes a viernes cada quien hacía lo suyo.

Escogieron la mesa más cercana a los portales, desde donde se podía ver la plaza. El vuelo conjunto de las palomas de la catedral hacia la fuente central y el grito de los niños que intentaban atraparlas arrebataban la tranquilidad del lugar. Ella recordaba muy bien cuando era niña, y su padre, después de misa, la dejaba correr tras las aves. Algunas veces había logrado cogerlas, les acariciaba su plumaje gris o les daba el triguillo directamente a sus picos; otras tenía que contentarse con verlas desde el auto, sin poderlas tocar.

 

“Iremos donde Joaquina, ¿no?”, preguntó ella sin dejar de ver a los niños. Álvaro fingió no escuchar y se dejó llevar por la suave melodía que sonaba en los parlantes. Melania no insistió. Tomó el café y continuó viendo la plaza. Había partes en que parecía alfombrada por esos cuerpecillos grises. “Si quieres, ve tú”, dijo Álvaro después de un larguísimo rato, cuando ya Melania se había olvidado de la invitación. “Preguntarán por ti. Después de todo es nuestra ahijada”, contestó ella. Álvaro pensó en sus compadres, siempre tan solícitos y atentos, mostrándole, cada vez que podían las fotografía de Joaquina: su nacimiento, los primeros dientes, los primeros pasos, el primer año y entonces el bautizo. Melania y  él aparecían en varias fotos con la bebé en brazos. Ella lucía feliz, radiante; él siempre con la misma expresión ausente. Álvaro se turbó al recordar lo inquieta que  era la pequeña. Aquello confirmaba su idea de no tener hijos. “Ya inventarás algo”, agregó él con un aire de desenfado. Esa respuesta seca ya no provocaba en ella ningún resentimiento como antes. Se había acostumbrado a lo largo de esos años a la parquedad de su marido que se acentuaba más durante los fines de semana.

Continuaron en silencio un buen rato. En la pared del fondo el reloj marcaba las cinco y media. Ella, cogió su bolso y extrajo un pequeño espejo: ya no tenía el rostro lozano. “Iré a comprarle un regalo, ¿me acompañas?, le preguntó mientras se contemplaba. “¿Otro más?, inquirió Álvaro. “Recuerda que es su cumpleaños, y a mí me encanta la carita que pone cuando abre los regalos”, agregó ella. “Bueno, pero tendrás que regresarte en taxi, yo voy a ver el partido”, respondió Álvaro mientras llamaba con un ademán al mozo para pagar la cuenta. Luego ambos salieron del café, cruzaron la plaza. Las palomas estaban cobijadas en la catedral. Se despidieron en una esquina y ella subió tres cuadras más por la calle Mercaderes. Tenía el tiempo suficiente para buscar algo que realmente la contentara, después iría directamente donde sus compadres.

 

Entró en una tienda, en cuyas vitrinas se exhibían juguetes. No era época navideña, sin embargo, había muchos niños que entraban y salían con sus padres y con paquetes de distintos tamaños. Al ingresar vio que una turba bulliciosa rodeó a un simpático arlequín. Le llamó la atención aquel cuerpo delgado cubierto de malla roja que se contorsionaba graciosamente sobre el piso, haciendo reír a la gente. El hombrecillo después repartió dulces y se fue a otro sector. Los pequeños se dispersaron inmediatamente, excepto una niña que corriendo fue donde Melania y le tomó la mano: “¡Vamos, mamá!”. Ella se quedó perpleja, pero se dejó llevar por esa mano suavecita y tibia que la conducía por los pasillos de los peluches. Sólo después de un momento una jovencita se acercó donde la niña y le preguntó: “¿Dónde andas, te estaba buscando?”. La pequeña no quiso soltarse de Melania, pero al final se fue con su mamá.

Melania salió de la juguetería sin comprar nada y de pronto se vio caminando entre las palomas. Pensó en Álvaro. El tiempo había pasado entre tantas peleas, pero, al fin y al cabo, la negativa persistía, más aún después que el médico le había advertido de ciertos riesgos de un posible embarazo.  Un hijo quizá hubiera llenado el vacío que sentía.

 

Cuando Álvaro sintió que un  auto estacionó frente a su casa, se levantó y vio a través de la cortina: era Melania, que bajaba de un taxi. Le abrió la puerta. “Llegas temprano, ni siquiera ha empezado el partido”. Ella dijo que estaba cansada y que mejor se iría dormir. En su cama se ovilló lo más que pudo. Cerró los ojos y no quiso pensar en nada. Aquella noche soñó con las palomas.

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