Nación Anti

Presentación del libro de Odi Gonzales, por Willard Díaz

En un libro que reunía conferencias dictadas por el poeta T.S. Eliot leí algo que me ha parecido pertinente recordar esta noche. El tema de la disertación era muy especializado y Eliot no se sentía apto, es más, el auditorio estaba lleno. De modo que empezó diciendo “Parece que se ha corrido la voz que me voy a lanzar del trampolín más alto a una piscina sin agua”.

Lo cierto es que no soy quechuahablante. Pertenezco a una generación de arequipeños prohibidos de aprender quechua; el quechua solo se usaba para hablar con las empleadas. Aun así, alcancé a memorizar algunas palabras y frases oídas en la voz de mi madre: “Punkuta wiskay”, “Ima sutiqui”, “Maimanta kanki”, “Munaiquicho kaita”, los números en quecha: Uk, iscay, quinsa, tawua, pisca, socta, kanchis, eskun, chunca, chunca ukniyok, iskainiyok, chunca kimsaniyok, etc. Como muchos me enseñaron en el colegio que el lema incaico “Ama sua, Ama llulla, Ama quella” era mejor que muchas normas hispánicas y que representaba la moral del Tawantinsuyo. Solo años más tarde, adulto ya, entendí la tremenda pérdida que me había significado no aprender la lengua quechua.

He seguido, no obstante, los derroteros de nuestro español arequipeño tan regionalista, en su maridaje inconfesado con el quechua. Como todos en Arequipa digo chuma y no soso, digo cancha y no campo, digo lloclla, digo coro. Y en su momento he comentado sobre la inmensa cantidad de quechuismos que contiene el Diccionario de Arequipeñismos del más arequipeño de los arequipeños, Juan Carpio Muñoz.

Son esa deuda y esa sospecha las que, sumadas a la amistad, el viejo cariño de varias décadas que tengo por Odi Gonzales, me impelen a tomar la palabra esta noche y aventurar algunas ideas sobre el voluminoso “Nación Anti”.

Anotaré como cuestión previa que el título está en español “Nación” y en quechua “Anti”. Lo que me resulta significativo.

El libro tiene 454 páginas distribuidas en cinco partes más una bibliografía de 260 entradas. Las partes son “Llave de boca”, “Extirpación lingüística. Traducción”, “Lenguaje y pensamiento”, “El acto motor” y “Lecturas y re-lecturas”. Van más o menos de lo simple a lo complejo, de las partes al todo. Pasan por la fonética y fonología del quechua, la morfología y la sintaxis, hasta la pragmática y la comparación. No van en línea recta, sino que avanzan y retroceden según conviene, para llevar acumulados los argumentos y concluir con una propuesta que abarca todos los aspectos hoy en día tan debatibles del estudio, el uso, la enseñanza del quechua y la cultura andina.

El libro es, como ven, voluminoso, pero además es denso. Cada página, cada párrafo es un ejercicio de documentación, de análisis, de argumentación, de propuestas que va a ser necesario, para los especialistas, claro, atender quizás por separado y con la dedicación constante que parece haberle dedicado el autor a lo largo de varias décadas.

Anotaré un par de aspectos que, a mí, no quechuahablante, me han instruido.

El primero, que aparece en el ensayo que abre el texto, titulado “Una lengua sin sinónimos: cero colesterol”, me parece la propuesta sobre la que se basa gran parte del andamiaje teórico metodológico del libro: el carácter oral original del quechua. El hecho muchas veces olvidado, que hasta antes de la llegada de los españoles al continente casi toda la comunicación estaba cifrada en las voces e iban a los hechos. Por ese simple motivo, y cito las primeras líneas: “El caudal léxico del runasimi no se prodiga en sinónimos; su naturaleza oral, su precisión, y el exiguo suministro de términos retóricos y conceptos, supone prescindible la sinonimia. Los sinónimos cunden con la práctica escritural”. Y para mi sorpresa de literato, añade: “la forma básica de los verbos quechuas no es el infinitivo (el verbo en su forma inerte, inoperante) sino el imperativo”. En vez de “trabajar” tenemos en quechua “trabaja”, “llankay”. Punto. De paso, el autor señala que los conceptos de “sinónimo” y de “infinitivo” no son andinos sino españoles.

Si en algunos diccionarios aparece un infinitivo quechua es por influjo posterior de español. Lo cual me resulta comprensible.

Pero aquí lo que importa es la conclusión. “El desabastecimiento de sinónimos en el caudal léxico del quechua no es, desde luego, indigencia lexical; obedece a su índole oral que no transige con la pura verbalización sino con las acciones concretas y la precisión”. Una implicación fácil es la que señala Odi: las sinonimias que abundan en el español son las que permiten las múltiples y antojadizas interpretaciones que se hacen de nuestras leyes. O de las noticias, o de los expedientes judiciales.

Algo que encontré en estas primeras páginas me llamó la atención: el término “tinkuy”, que yo lo hallé como nombre de un encuentro de poetas, apunta según veo más a una confrontación, a un duelo y no a una mera confluencia. Quizá, me dije, se referían al post evento.

El segundo ensayo lleva por título “Money for nothing: la revolución no monetaria de los Andes”. Antes de comentar su contenido quisiera hacer notar algo que, si uno lo piensa bien, tiene que ver con la personalidad del autor: Odi Gonzales aborda su trabajo con el ánimo bien puesto, con la imaginación del poeta y el buen humor del jovenzuelo que era en los años ochenta en Arequipa y que aún conserva. “Money for nothing”, título de una conocida canción de Dire Straits le sirve para introducirnos en un asunto espinoso, el carácter de la economía prehispánica. El autor señala en la introducción del ensayo su tesis: “El advenimiento del dinero, las nociones de riqueza y propiedad privada en los Andes, suscitó un franco descoyuntamiento de la estructura social cultural inca, y la paulatina fractura de la perspectiva y consciencia de los andinos. Alcanzando al lenguaje mismo, al que le infligió severas modificaciones de orden gramatical, morfológico-sintáctico y semántico”.

Y continúa: “Antes de la llegada de los europeos, en los Andes regía una sociedad colectivista, no individual; los andinos desarrollaron una economía prescindiendo del dinero, de los verbos vender, comprar; ajenos al concepto de usura, de propietario, de dueño, acometieron la producción, distribución y consumo respetando los recursos naturales, desdeñando la especulación, la noción de mercado y riqueza material; todo ello basado en el factor del trabajo comunal-colectivo: una verdadera revolución No industrial, más humana, simple y eficaz”.

Es que Odi, al menos aquí, nos deja ver que trabaja con “sensatez” y también con “sentimiento”. Esta visión del incario, que a mí me la contaron en el colegio, parece expresar un idilio más que una realidad histórica. Creo que todavía está en debate la naturaleza de la economía y la sociedad prehispánica; o por lo menos no puedo olvidar las palabras de Marx quien aventuró en sus últimos años que la sociedad inca era una especie de feudalismo del tipo asiático.

No contradigo al autor, sus pruebas lingüísticas me parecen buenas. Como estudioso del quechua aporta análisis de los verbos “tener” y “ser”, que en quechua, nos explica, son uno solo. De modo que en el runasimi no se dice “tengo esposa” sino “yo soy con esposa”: “ñoqa kani warmiyoq”. Y lo precisa —aquí suelta un dulce para las feministas— “no soy dueño de mi esposa, mi esposa no es mi pertenencia ni mi propiedad; entre mi esposa y yo hay una conjunción, una correlación, un vínculo, y eso es lo que denota “yo soy con mi esposa” (no soy solo yo)”.

Y así prosigue analizando varios derivados y compuestos, hasta demostrarnos de modo contundente que en quechua no existían ni la noción ni el término posesivo.

Supongo que tiene razón, solo la generalización que de ello deriva hacia la economía y mentalidad andina me parece entusiasta. O al menos digna de más apoyo y referencias bibliográficas de los economistas y los nuevos historiadores.

Hay, no obstante, mucho que aprender de este libro. Sobre la idea del libre albedrío derivada del sufijo –ku; sobre el nombre de Virú, sobre la palabra “tawantinsuyo”, sobre los principios ordenadores de la mal llamada “filosofía andina” que se expresan en los usos concretos, orales, del runasimi y que cuestionan con su concreción el principio de la semiótica del signo verbal propuesta por Saussure; y sobre el verdadero significado de Arequepay, que no es “Sí, quedaos” sino “Detrás del volcán”.

Uno de los ensayos que más me entusiasmó, porque apuntala algunas de mis sospechas de iletrado quechua, es el dedicado a la viejísima y visceral polémica sobre si hay tres o cinco vocales en el runasimi. Con suma lógica Odi Gonzales contradice a ambas partes y a ambas les da la razón en lo que les corresponde, ser monolingüe o bilingüe es el punto de quiebre. Quechua oral o quechua escrito, y con qué letras. Contra el “purismo”, tan cristiano, de una lengua inmancillada por el paso del tiempo, Odi hace su propuesta: “No admitir las dos dicciones del runasimi es, no solo, intolerancia; prefija una mengua descomunal; acallaría por ejemplo la minuciosidad, los matices de dicción y los alcances semánticos, la prolijidad de su léxico. Y sería lesivo optar o por la dicción trivocálica o la pentavocálica: lo sensato es acatar ambas. De otro modo, esta pugna no se resolverá con decretos de gobierno ni dictámenes de académicos; hay que oír a los hablantes”. De allí el risueño título que lleva este ensayo: “Vocales y jueces supremos”.

Y ¿Qué va a pasar ahora que se ha oficializado la obligación de cantar el Himno Nacional parte en español y parte en quechua, en toda ceremonia?, ¿qué versión cantaremos?, me pregunto.

Regreso ahora a las líneas finales del Prólogo, titulado por Odi “Impulso y momento” con resonancias físicas; nos dice allí: “Entretejer argumentos que transigen con respuestas a interrogantes es el cometido de todo libro de investigación; esperamos que este volumen albergue siquiera unas cuantas respuestas a las múltiples incógnitas sobre lenguaje y pensamiento andino”. En efecto, hay una gran riqueza de explicaciones, de pruebas, de argumentos, de análisis morfológicos, sintácticos, semánticos y sobre todo pragmáticos que nos van a ilustrar sobre el poderoso quechua. Pero hay muchas más dudas y preguntas suscitadas por este libro que van a provocar sin duda las respuestas de los implicados: qué dirán el lingüista Cerrón-Palomino, la Academia Mayor de la Lengua Quechua de Cusco, el Ministerio de Educación, los trivocalistas y los pentavocalistas, y muchos otros a los que Odi Gonzales valiente y luminosamente contradice en “Nación Anti”.

Antes de despedirme quisiera añadir algo.

Aunque es un libro largamente esperado, por la calidad de la investigación y por su pertinencia, solo Odi Gonzales lo hubiera podido escribir y lo ha escrito. Nacido en Calca, criado en la lengua materna, el quechua, Odi vino a Arequipa a hacer sus estudios superiores y luego se fue a Estados Unidos a explorar, a estudiar lingüística antropológica, a enseñar quechua, a escribir ensayos universitarios con el rigor de los anglosajones.

En la larga polémica de lo etic y lo emic sugerida por Kenneth Pike en los años 50 del siglo pasado y desarrollada en los 80 por Marvin Harris y el antropólogo Cliffort Geertz, Odi Gonzales adopta el sabio término medio que le ha puesto al alcance su azaroso viaje por tres mundos. Como se sabe, cada lengua cuenta con un punto de vista “emic” relacionado con una forma de vida cultural determinada, mientras que el punto de vista otro, lejano, distante, es llamado “etic”, por su exterioridad cultural. De igual modo se pueden estudiar los fenómenos culturales: desde dentro y/o desde fuera.

Mientras vive inmerso en la cultura andina y su lenguaje Odi Gonzales es propio, habla y conoce lo suyo en el uso cotidiano, pero al irse a los Estados Unidos adopta por razones de trabajo un punto de vista distante, mira su pasado y su cultura nativa con los ojos del antropólogo lingüista. Eso explica tal vez la elección del título, mitad en español y mitad en quechua. Mestizo, diríamos, si no es ofensa.

¿Quién otro disfruta de esta doble experiencia? ¿Quién otro podría adoptar con solvencia el punto de vista mayormente equilibrado de estos ensayos? Si a esta ventaja comparativa, si a esa vena de explorador que anima a nuestro autor se suma su pasión por el lenguaje poético, por la palabra clara, llevada con buen humor y con valentía, se apreciará mejor, creo yo, el pleno valor de “Nación Anti”.

Espero que en nuestras lecturas estemos todos al nivel de su minucioso trabajo, de su ilustración, de su entusiasmo, y que aprovechemos de este libro, que además de riguroso es fácil de leer y también divertido.

Gracias.

 

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