Sobre un poema de Antonio Cisneros

Por: Percy Prado

 La mayoría de críticos coincide en que una de las características de los poetas del sesenta canonizados es su “conciencia estructural del poema”. Libros como Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968), de Antonio Cisneros, y Contra natura (1971), de Rodolfo Hinostroza, lo prueban y son también muestra de una meditada organización global. No solo el poema es fruto de una cuidadosa elaboración, sino incluso todo el conjunto de textos reunidos bajo un título debe seguir cierta “narratividad”. Para ofrecer una visión global sobre la poesía peruana canónica de esa época, debe agregarse el hecho de que evidencia la superación de la dicotomía poesía pura/poesía social, que marcó a la generación anterior, y  la influencia decisiva de la poesía anglosajona. Se trata, pues, del surgimiento de un nuevo paradigma poético en las letras peruanas.

Es significativo que las dos obras representativas de esta generación lleven en su título la palabra contra. Los poetas del sesenta no formaron nunca un grupo y, como lo señala Hinostroza en la antología Los nuevos (1967), «más que estar de acuerdo en algo, est[aban] de acuerdo contra algo». Se pueden ensayar varias respuestas para precisar dicha oposición unificadora; sin embargo, aquí desarrollaremos brevemente solo una de las líneas que enlazan a los autores de esa década. Nos referimos a la desacralización del lenguaje artístico y del sujeto frente a su contexto socio-histórico. Para este fin analizaremos el poema «El arco iris» de Antonio Cisneros.

En el poemario Canto ceremonial contra un oso hormiguero vemos la lucha entre la voluntad de comunicar típica del conversacionalismo y el camuflaje hermético característico de la poesía moderna (en una línea menos profunda que en Contra Natura de Hinostroza, el autor del sesenta más decididamente renovador en este aspecto). Sin abandonar el hermetismo, pero a la vez salvándose de profundidades insondables gracias a sus amagues irónicos y paródicos, Cisneros ofrece en este libro una visión desmitificadora y crítica de la historia universal, nacional y personal en la que se deja adivinar una ideología antisistema, es decir, anticapitalista.

A diferencia de otros críticos, creemos que la referencia de este poema atraviesa lo «sumamente personal» gracias, sobre todo, a su apuesta por la ironía fina y furtiva. De modo tal que podemos entender al objeto poético, el arco iris («A I»), no como un simple símbolo de paz después del diluvio personal, sino como portador de significaciones y referencias más complejas que superan lo individual y se extienden a lo social. El desarrollo de la experiencia individual del yo poético deja su univocidad significativa y avanza hacia el campo de la historia social o más bien se enfrenta a una toma de posición ante la presencia sensible de la alianza representada por el A I. De allí que sea importante prestar atención a los versos en que el yo poético habla sobre la escritura. «¿Qué más he de escribir?», se pregunta al inicio del poema y más adelante parece resignarse a que «ya todo está escrito».

En primero lugar, gracias a esta pregunta se revela la condición del yo poético como hombre de letras, de escritor, pero también de lector e intérprete de signos visuográficos o, incluso, naturales como el arco iris. A pesar de que se muestra al «A I» como algo positivo («El A I conmueve, / el A I entusiasma, / el A I se parece a la amada de frente o de perfil, / el A I nos guarece de las lluvias»), no es el signo esperanzador que la tradición cultural ha construido, no es el símbolo sagrado de la alianza de Yavé con los hombres, no es la luz sobre el océano revuelto y negro «como el pellejo de un oso», pues –como veremos al final– sobre él se ha ejercido un proceso de desacralización o rebajamiento. No es casualidad que el sujeto del poema haga aparecer al «A I» justo cuando él está en el baño, es decir, surge el «A I» cuando el individuo escritor-lector está en un trance excretor. Además, resulta significativo que el hablante poético haya confesado que «puedo probarles mi amor por el A I» como si tuviera la necesidad de expresarlo en voz alta para que los demás le crean, a pesar de que sobre ese «amor» existan sospechas. Asimismo, la insistencia en la carga positiva del «A I» («el A I anuncia el Arca de la Alianza / el Armisticio en Viena / la Pipa de la Paz, / muchos vieron su vida en el A I, / el A I hace los días fastos y las noches propicias») genera la suspicacia de la carga irónica que recubre las frases.

En una entrevista, Antonio Cisneros rememora que «en Canto ceremonial contra un oso hormiguero hay una construcción, en un poema que se llama “El ahí”, el arcoíris, me acuerdo que dice algo así: “buena cosa el ahí”, etc., que claro es castellano, pero no es realmente tradición castellana, es “a good thing” lo que estamos diciendo». Esta cita, que aparentemente solo confirma la influencia anglosajona sobre la poesía peruana del sesenta, arroja varias otras luces para nuestra lectura. Primero, el «A I» del poema se convierte en el registro escrito del autor de la entrevista en «El ahí», lo cual nos descubre una metonimia fónica, es decir, la igualdad «A I» = «ahí» revela un sentido oculto en la preferencia del autor de escribir «A I» en lugar de «arcoíris». En tal sentido, el «A I» es ahora metonimia de «lugar», o sea, si encadenamos significantes del lugar al que se dirige el sujeto poético, obtenemos: Inglaterra, Europa, occidente. Finalmente, no es del «arcoíris» de lo que nos está hablando exclusivamente. También se confirma en la citada respuesta del autor la profunda ironía del poema. Esa «buena cosa» de la que habla al final no es realmente la good thing que se espera y Buncken –como Marx en el poema inicial del libro– no es el aguafiestas que mira en el «A I» la bajada de «los fieros arcángeles del Juicio», Buncken es en realidad algo más que un predecesor del sujeto que se cuestiona como escritor, como productor de signos, y que duda frente a la luz que irradia desde el Atlántico del Norte (o desde Europa), el lugar que el hablante poético escritor-lector (metonimia del intelectual tercermundista) declara «amar»,  el ahí que «entusiasma», que anuncia la Paz, porque «Después de todo, Buncken Hant sólo era un holandés casi ignorado» y quién hace caso a los viejos locos que no ven en el ahí, en ese lugar, en occidente, el lugar que asegura la paz, que nos guarece de las lluvias que «hace los días fastos y las noches propicias».

La confirmación de la despiadada ironía nos revela entonces un discurso que partiendo de una experiencia personal, un viaje en barco por el Atlántico Norte, se proyecta sobre la condición del individuo ante la realidad social e histórica y nos devela una postura crítica ante el encanto de la consoladora luz del Norte, ante los valores occidentales y ante la idea misma de individuo, pues si seguimos las marcas fónicas de las figuras, descubrimos que «buena cosa el A I» = «a good thing the I».

 

 

EL ARCO IRIS

 

«Y cuelga en el Atlántico del Norte, alto y brillante sobre el revuelto mar».

Alianza concertada a no más de 100 millas, viejo diluvio que nuestra nave ignora.

Delfines y peces voladores y pájaros de algún pelado islote en las oscuras aguas».

¿Qué más he de escribir?

Son las 5 y 40, puedo probarles mi amor por el A I:

Cuando estaba en el baño vi los 7 colores –más o menos– desde un ojo de buey,

Y a pesar del gran frío corrí hasta la baranda.

«Alto y hermoso A I, sólido como estas aguas –más negras y revueltas que el pellejo de un oso».

Y después, en el puente del timonel, miré su largo cuerpo durante media hora.

El frío me pesaba en las orejas.

Qué oferta tan amable:

Un mar de lodo hirviendo, la historia de una alianza entre Yavé y los hombres,

y un Arco de primera calidad.

Mas ya todo está escrito.

El A I conmueve,

el A I entusiasma,

el A I se parece a la amada de frente o de perfil,

el A I nos guarece de las lluvias,

el A I anuncia el Arca de la Alianza

el Armisticio en Viena

la Pipa de la Paz,

muchos vieron su vida en el A I,

el A I hace los días fastos y las noches propicias.

Solo Buncken

–un holandés del siglo XVII– vio bajar del A I

a los fieros arcángeles del Juicio.

Nada puede turbarme.

«Dulce curva el A I entre

el oscuro techo y este mar de petróleo».

Luz en el Atlántico del Norte a las 5 y 40.

Buena cosa el A I. Después de todo, Buncken Hant sólo era un holandés casi ignorado.

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