Testimonio personal

 

Testimonio en Arequipa

 

Yo empecé a escribir a finales de las década del sesenta. No tenía ni veinte años cuando conocí de muy cerca a Arguedas y a Ribeyro. Tuve esa suerte.

 

En esta larga trayectoria como escritor, en una búsqueda que no logro procesar muy bien, incursioné por diversos géneros: fui escritor realista social, gané el primer Gaviota Roja con una novela de seiscientas páginas, muy anterior a “La violencia del tiempo”, con un jurado muy interesante que fue Alberto Escobar y Antonio Cornejo Polar. Cuando vine a Arequipa al Congreso de Escritores el año 93 vine como escritor realista.

Fui amigo cercano Oswaldo Reynoso, de Miguel Gutiérrez, Augusto Higa, pero había algo que me diferenciaba de ellos. Primero una experiencia biográfica diferente: mi padre era militar, un teniente acantonado en Puno, cuando yo nací. De modo que soy puneño. No lo soy desde el momento en que no vivo en Puno, ni escribo sobre Puno porque no conozco esa realidad. Sin embargo en esos atlas departamentales aparece mi nombre como escritor puneño.

A los dos años me trajeron a Arequipa, porque mi padre era arequipeño, camanejo, para hacer más dramática la cosa; mi madre era ayacuchana.

Mi padre estudió en el colegio de la Independencia, fue compañero de promoción de Vinatea Reynoso, alumno de Mario Polar. Pasé un año en Arequipa porque mi padre quería que respirase aire arequipeño, pero lo cambiaron a Piura, a Talara, donde tuve experiencias de adolescente muy importantes que use en la novela “El huevo de la iguana”, que ganó el premio.

El 91 publico una novela policial que me ha dado muchas satisfacciones, “La consciencia del límite último”, que el año pasado fue traducida al francés.

El 96 escribo “Historias de verdugos”, un libro con nueve relatos, siete de los cuales son totalmente fantásticos. Luego voy a publicar una serie de novelas realistas, “El hombre que mira el mar”, “El viaje que nunca termina”, “La conquista de la plenitud”, “La noche humana” y otras.

Por el 93 me hice amigo de un grupo de escritores muy jóvenes, Iván Thays, Ricardo Sumalavia y José Donayre, que pensaron que yo iba a seguir el camino de Arguedas y me iba a suicidar. Como había escrito “La conciencia del límite último” pesaron que después iba a pegarme un balazo. Entonces dijeron a este pata tenemos que salvarle la vida. Eran muy jóvenes, tenía un grupo que se llamaba “Centeno” y usaban una camiseta blanca en la que decía “Centeno forever boys”. De alguna manera hasta ahora son forever boys, y se hicieron escritores muy conocidos.

Un día estábamos en casa de Ricardo Sumalavia, y tocan la puerta. Era Pepe Donayre que entra y dice “¡Tenemos el tema!”.

Lo que pasa es que estábamos en una situación de ahogamiento, vivíamos en un clima aplastante. Para mí y para mi generación de los setenta, Vargas Llosa fue traumático. Salió “La ciudad y los perros” y dijimos qué es esto; era una maravilla de libro. Bueno, era la primera novela. Pero de repente boom, sale “La casa verde”: tres historias mezcladas dentro de un mismo párrafo y el lector no se pierde, ¡qué bárbaro! Vargas Llosa se convirtió en un escritor europeo. Nosotros aquí éramos artesanos a su lado.

Luego viene “Conversación en La Catedral”. Cada vez íbamos bajando más la cabeza. Después soltó como quien no quiere la cosa “Los cachorros”.

Vargas Losa nos dio varias lecciones: la primera es que un escritor podía escribir sobre cualquier cosa y convertirse en un escritor internacional; y segundo, que se podía acceder a la modernidad literaria, ser como Cortázar, García Márquez. Y después, la autonomía de lo literario con respecto a la realidad; pero eso es un poco más complicado.

Pero notamos que seguía siendo un escritor realista, como Arguedas, Alegría, Valdelomar. Aunque había una tradición soslayada, por debajo, medio vergonzante, que era la literatura fantástica fundada de alguna manera por Clemente Palma y sus “Cuentos malévolos”. Esta vena va a estar siempre presente en la literatura peruana, por ejemplo en los cuentos de Vallejo. Nos hablan de “Tungsteno” y de “Paco Yunque” pero no de todos los cuentos fantásticos de Vallejo.

Lo que pasó es que a partir Mariátegui a alguien se le ocurrió que teníamos que hacer la revolución con la literatura y que los escritores teníamos la obligación de participar en la construcción de la identidad nacional y que teníamos que ser escritores sociales o no serlo.

Yo había escrito una novela, “La colina de los árboles”, ambientada en Viena; y mis editores, Mirko Lauer y Oquendo le encargaron a Fernando Vidal, que era un crítico de San Marcos, que escribiera un artículo para “Hueso Húmero”. Vidal escribió un artículo brillante, analizó la estructura, la escritura y todas esas cosas, pero terminó con una frase lapidaria. Decía más o menos “De este escritor podemos esperar mucho siempre y cuando no escriba libros como este que es un libro decadente”.

Esa era la palabra que le chantaban a uno cuando no era realista: “Decadente”. Pero no solo uno era decadente sino un contrarrevolucionario, un reaccionario, un burgués. Entonces había una espada de Damocles sobre la cabeza que impedía que la literatura fantástica se desarrollara. Así fue como nos sentimos ahogados, este grupo de escritores que no se identificaba con el realismo, y de repente llega un día Donayre diciendo “Tenemos el tema: una vampira en el Perú: Sarah Ellen. Ya no necesitamos pensar en el Drácula europeo porque tenemos una vampira nacional.

Entonces nos pusimos de acuerdo para escribir una novela de cuatro partes, al alimón, cincuenta páginas cada uno. Yo iba a escribir sobre el viaje de Sarah Ellen a Pisco. Sumalavia escribiría sobre el escándalo que se arma cuando resucita en Pisco Sarah Ellen, el 23 de septiembre del 83, veinte años después de su muerte. Iván Thays tenía una idea muy simpática: que Sarah Ellen reencarna en una poetisa que muerde a todos los poetas jóvenes. Su intención era contar desde atrás cómo era el mundo de los poetas jóvenes de Lima, que es realmente un mundo de vampiros.

Llegó el día en que teníamos que entregar cada uno su parte y el único que entregó fui yo. ¿Por qué? Primero, porque yo tenía oficio ya, era un escritor mayor, los demás eran muy jóvenes. Y segundo, porque nadie quería debutar con una novela sobre vampiros. Nadie escribía sobre vampiros en esa época.

Pero quedé un poco triste. Entonces Sumalavia que tenía una editorial muy chica, me dijo yo te saco una edición, pequeña aunque sea, y me sacó cien ejemplares.

De esa manera escribí la primera novela sobre vampiros del Perú. “El viaje que nunca termina”. Hasta que el 2007 sucede algo inesperado, un gran terremoto en Pisco. Se caen las casas, la iglesia, y un tipo comienza a correr y se mete al cementerio. Todo cae, se abren las tumbas, los huesos salen de los cajones, se cae todo el cementerio menos la pared donde ese hombre estaba parado. Voltea, y era la tumba de Sarah Ellen. Entonces se produce una revitalización del mito de Sarah Ellen.

En ese momento el editor de Altazor me dice, por qué no reeditamos “El viaje que nunca termina”. Ya había entrado la onda vampiresca. Le dije sí, pero no el que publiqué el 93 sino me gustaría corregirla un poco, ampliarla. Tuvo un éxito fabuloso, tanto que sacaron tres ediciones y volvió millonario al editor. Y se hizo necesaria la segunda parte, como en este tipo de novelas. Salió “La novia de Corinto” en la que Sarah Ellen reencarna en el fantasma de una feminista asesinada por Sendero. Es algo que siempre me preocupó, por qué Sendero mataba a los mismos senderistas.

La tercera parte es “La ventana del Diablo”, donde pensé que terminaba la historia, pero faltaba desarrollar un personaje, el marido de Sarah Ellen, que entierra a su esposa y después no se sabe nada de él: John Pierrot se llama. Y así empiezo a escribir “El doctor Sangre” que es la que he venido a presentar en la FIL. Pero como pasa en las novelas uno empieza a escribir una cosa y le sale otra. El personaje principal pasó a ser un perro que asiste a todas las incidencias de la historia, y que iba a llamarse Sebo. Por hacerle un homenaje a “Los perros hambrientos”, que me parece la mejor novela de Alegría.

En una reunión con el jurado del Premio Altazor, que gana una arequipeña, Rosario Cardeña, uno de los jurados, Jorge Díaz Herrera, me pregunta: “Me dicen que vas a publicar la cuarta parte de la historia de Sarah Ellen, ¿qué nombre le pusiste?”. Le digo “Sebo”. “¡Ah, no! Una novela que se llame Sebo no la compro ni muerto. No te pases, cómo vas a vender Sebo. ¿No hay otro personaje?”. Hay uno que se llama el doctor Sangre, le dije. “¡Ese es el título!”, me dijo. Y así quedó.

(Transcripción del testimonio oral que el autor realizó ante los estudiantes de la Escuela de Literatura de la UNSA con ocasión de la Feria del Libro 2014)

 

 

 

 

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