Aquiles y la tortuga
Estudios Culturales sobre América Latina
Es común escuchar que los países «no desarrollados» —entre ellos Latinoamérica— son en realidad países en «vías de desarrollo». Michael Hardt y Antonio Negri, en su libro “Imperio” aclaran por qué este eufemismo termina por ser una verdad:
“[…] se consideran países «en vías de desarrollo», pues prevalece la idea de que si continúan transitando la senda que anteriormente recorrieron los países dominantes y repiten sus políticas y estrategias económicas, eventualmente gozarán de una posición o un nivel análogo. Sin embargo, esta división “desarrollista” no reconoce que las economías de los llamados países desarrollados —esto no solo en el plano económico— se definen no solamente en virtud de ciertos factores cuantitativos o de sus estructuras internas, sino que además lo hacen principalmente en virtud de la posición dominante que ocupan en el sistema global”. En consecuencia, «[l]as regiones dominantes continuarán desarrollándose y las regiones subordinadas continuarán siendo subdesarrolladas como polos que se sostienen mutuamente en la estructura de poder mundial». Entonces América Latina podría ser vista como la encarnación de Sísifo para quien la meta siempre va a retroceder cuando se llega a ella (Ẑiẑek).
A partir de esta idea será más preciso entender a Latinoamérica como Aquiles, mientras que Europa cumple el rol de la tortuga en la famosa paradoja de Zenón: si una tortuga parte con cierta ventaja en una carrera contra Aquiles, a este le sería imposible alcanzarla ya que Aquiles tendría que haber recorrido un número infinito de espacios: la mitad del recorrido de la tortuga, luego la cuarta parte, después la octava y así hasta el infinito (Nietzsche).
El recorrido que acabamos de describir implica necesariamente una jerarquía, la cual se percibe en la relación entre América Latina y Europa donde se observa una dialéctica hegeliana en la que resalta el papel de Europa como el amo, mientras que Latinoamérica aparece como el esclavo. Debido a esta relación se genera un fetichismo entre las culturas representado por un falso reconocimiento. Ẑiẑek lo definirá de la siguiente manera:
«Ser rey» es un efecto de la red de relaciones sociales entre un «rey» y sus «súbditos»; pero —y aquí está el falso reconocimiento fetichista— a los participantes de este vínculo social, la relación se les presenta necesariamente en forma invertida: ellos creen que son súbditos cuando dan al rey tratamiento real porque el rey es ya en sí, fuera de la relación con sus súbditos, un rey; como si la determinación de «ser un rey» fuera una propiedad «natural» de la persona de un rey”.
Este falso reconocimiento fetichista ha sido característico en la relación de ambas culturas desde 1492 fecha en que «colisionaron”. Al llegar los españoles a estas tierras no fijaron sus pies sobre las playas con cetros en las manos ni coronas sobre sus cabezas, por el contrario, se desplazaban con cierta inseguridad y algún miedo a lo desconocido. Entonces apareció aquel falso reconocimiento pues la actitud de los nativos fue de sumisión, la cual se intensificó al ver a los españoles montados sobre grandes caballos, imagen que provocó un miedo justificado si tomamos en cuenta que aquella visión fue entendida como la aparición de terribles monstruos al estilo de la mitología griega.
Todo ello no quedó en un miedo inocente hacia algo desconocido. Muchos siglos después, en 1900, se publica “Ariel”. En esta breve novela es notable la permanencia de la misma dialéctica: los tres personajes —Ariel, Calibán y Próspero— representarían tres grandes culturas en donde Calibán simboliza al «igualitarismo, sin equilibrio y sin alma» norteamericano. Por otro lado, Próspero es la encarnación de Europa retratado como una figura «paternal, elevado por la especulación y la alquimia a regiones de superior tolerancia» (Antuña) . Finalmente vemos a Ariel como la representación de Latinoamérica siendo «el emblema del espíritu». Pero esto no es todo: Rodó establece estas analogías en forma de triángulo en el que, obviamente, encontraremos a la próspera Europa en el ángulo superior.
Otra forma de sumisión que envuelve a Latinoamérica se encuentra ligada a la filosofía o, en este caso, a la ausencia de esta. ¿Por qué se percibe cierto recelo al referirse a una filosofía latinoamericana? Se dice que el pensamiento de Latinoamérica está plasmado en su literatura, que es ahí donde realmente vive la filosofía y es algo que no se puede negar, un claro ejemplo es el Ariel que acabamos de citar. Pero ¿cómo retratan los mismos escritores a los filósofos de este continente? Ariel está repleto de referencias a muchos grandes filósofos europeos, sin embargo no se encuentra referencia alguna a escritores de estas tierras. En cambio podemos identificar algunos retratos en la ficción de Alberto Blest Gana, por un lado, y de Rubén Darío por el otro. Aquel nos muestra a un charlatán llamado Felipe Solama, una parodia de filósofo cartesiano que se jacta de sus grandes conocimientos, los cuales saca a relucir incluso en los momentos más desatinados; este, por otro lado, en el relato «El sátiro sordo» se vale de un asno para encarnar a este inexistente intelectual. Entonces podemos decir junto a José Martí que «España [en este caso Europa] no tiene más poder que el que le dan» (Martí: 129).
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