De Arequipa a Coroico

CoroicoCrónica de un viaje a la selva de Bolivia

De Arequipa a Coroico, en la selva boliviana, hay unas doce horas de viaje terrestre vía Puno-Desaguadero-La Paz. En tiempo histórico, hay varios siglos de distancia entre nuestra modernidad ansiosa y la paradisíaca belleza de este poblado de mil personas enclavado en la vertiente norte de las yungas paceñas.
Era momento de volver a Coroico. Lo demandaba el riesgo de cederle espacio al desánimo que produce la alocada competencia profesional y el paulatino desdibujarse de nuestro vínculo con la realidad más pura y llana. Animamos a mi hija a acompañarnos, hicimos mochilas y salimos los tres del Terminal Terrestre un viernes a medio día previendo el festín de paisaje que nos daríamos al subir por la puna, puro cielo, pura nube, hasta llegar a Puno.
La ciudad lacustre se preparaba para celebrar su aniversario el cuatro de noviembre, ya se oían las bandas a lo lejos bajar a la ciudad; pero nosotros preferimos descansar para partir al día siguiente temprano rumbo a Copacabana y cruzar por el estrecho de Tiquina.
He visto los ojos de mi hija maravillada de conocer el lago Titicaca, de atravesarlo en barca y de imaginarse un mar mediterráneo tan cercano a nuestra identidad. De aquí salimos, le digo.
En La Paz no es fácil hallar alojamiento. No tenemos amigos aquí, de modo que tomamos una pieza en el Hotel Berlina, el más próximo a nuestro presupuesto, y salimos a pasear por El Prado, como buenos turistas. Mi esposa, mi hija y yo competimos por imitar el cantito de los bolivianos, ché. Mezclados entre la muchedumbre nos confundimos con ellos, nuestros rostros y el color de nuestra piel son iguales. Esto era el Alto Perú, comento. Más tarde trataríamos de hallar las diferencias pero por ahora nos alienta parecernos tanto a este pueblo vecino, a esta raza de collas y aimaras.
Después de desayunar (y medio almorzar en el buffet del Hotel) subimos a Villa Fátima, al terminal de las camionetas que llevan a Coroico. Por treinta bolivianos cada uno nos ubicamos en una cómoda miniván acompañados por un par de brasileros. El camino, bien asfaltado aunque con algunos tramos en reparación sube hasta la parte más alta de los cerros de La Paz y de allí desciende serpenteando por el costado del profundo valle que lleva a las yungas. Debajo se ven las nubes que ascienden hasta nosotros presurosas a esa hora de la mañana. Cuando nos alcanzan, cae la lluvia; el conductor maneja cuidadoso intentando adivinar en los tramos más densos de niebla lo que viene adelante; todos estamos ansiosos pero tratamos de disimularlo mientras tomamos fotos de nuestra travesía entre las nubes.
El viaje dura dos horas, a ratos se abre la neblina y vemos a la selva madurar, crecer los árboles, asomarse las flores de los colores y formas más diversas al costado del camino; luego se dividen los senderos y una trocha empedrada nos baja hasta Coroico, sanos y salvos. Todavía llueve, hay poca gente en las calles, pero nosotros —mi esposa y yo— ya conocemos el camino y vamos directos al mejor hotel (y no el más caro), que curiosamente se llama “Cerro Verde” y que está suspendido junto a una ladera desde la cual se mira diminuto allá muy abajo correr un río.
“Qué mala suerte: ha estado lindo, pero esta mañana empezó la tormenta; además, nos han cortado la luz”, nos informa la propietaria. No nos arredra nada, quizás sea difícil para los lugareños imaginar de dónde venimos, por qué viajamos tanto para alejarnos de nuestro entorno urbano y posmoderno.
Buscamos dónde almorzar y en el camino vamos comparando precios: una cabeza de plátanos, unos cien de ellos, por cuatro soles; tres paltas por un sol. Mi hija dice que en Arequipa el precio de la palta fuerte ha subido tanto porque ya no hay agua en Omate; mi esposa añade “Y porque la están exportando: ahora pagamos precio de turista en nuestro propio país; eso dice mi profesor de Planificación”.
Ha escampado y el sol destella ahora en las gotas de agua que penden todavía de hojas y flores por todo Coroico. A por los postres, bajamos un kilómetro de trocha hasta llegar a “Villa Bonita”, un restaurante vegetariano metido en medio de la montaña atendido por una pareja, ella paceña y él suizo. Preparan los pasteles y helados caseros más deliciosos, que no se pueden conseguir por todo el dinero en los mejores lugares de los malls arequipeños. Pájaros de todas las especies le cantan a la tarde. Nosotros tratamos de quedarnos allí, arrellanados en nuestras sillas, todo lo que podamos, saboreando los dulces, el olor de la tierra mojada, la tibieza de la maravillosa selva, descubriendo decenas de variedades de plantas ornamentales que crecen silvestres a nuestro alrededor unas encima de otras.
Curiosos, conversamos un momento con la dueña; se llama Ninfa. Es su verdadero nombre. Se conoció con Jan mientras trabajaba de mesera en La Paz y luego él la invitó a Suiza, un año después se casaron y decidieron radicar en Coroico donde gracias a los préstamos de familiares lograron comprar este trozo de paraíso terrenal.
“¿Es un buen negocio?”, le pregunto. “Da para vivir. No vamos a hacernos ricos, pero criamos a los niños, abrimos a la hora que queremos, no tenemos que comprarnos ropa elegante ni de moda, y vivimos en paz, de nuestro trabajo y sin engañar a nadie”, me contesta. Cuenta que Coroico era la región de vacaciones de la burguesía urbana que ha empezado a vender sus casas de montaña para irse al extranjero; que ahora comenzaron a venir los turistas, especialmente los paceños y algunos pocos europeos; que la temporada alta es en agosto y septiembre, y en enero y febrero para los escolares, “el resto del tiempo esto es muy tranquilo”, dice.
La pareja tiene también para alquilar dos pequeñas cabañas rústicas, un poco más arriba del restaurante; queremos visitarlas por si volvemos. Están bien, son cómodas y limpias, hacemos planes para ahorrar y quedarnos una semana aquí, algún día.
En el camino de vuelta vamos recogiendo ramas de las flores más bellas y exóticas imaginables con la esperanza de sembrarlas en Arequipa. Nos prometemos cultivar nuestro jardín y forestar el trozo del cerro que poseemos detrás de la casa en Buena Vista, Sabandía. Lo que quisiéramos, en lo profundo de nuestras almas, es conservar un poco este momento en Coroico para siempre.

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