Las nieves del tiempo

Uno de los cinco mejores Premio Booker de todos los tiempos.

El paso del tiempo juega a veces a favor o en contra de ciertos autores. Algunos se redescubren. Otros, acaban sepultados en el olvido, literal y redundantemente: un entierro es suficiente.
Es el caso de J.G. Farrell, nacido en Liverpool en 1935, autor de una premiada y mal denominada “Trilogía del imperio”, que en realidad son tres novelas independientes. La más valorada fue “Disturbios”, sobre los conflictos irlandeses de 1919. El protagonista es el comandante Archer, quien, tras el final de la I Guerra Mundial, acude a Irlanda en busca de su prometida, hija del sui generis Eduard Spencer, propietario del hotel Majestic, un enorme edificio en el que reina el caos, además de una extensa colonia felina, y en el que los ancianos huéspedes parecen haber asimilado la deriva que sobre ellos se cierne. Un par de gemelas que fungen de lolitas, un anciano mayordomo enloquecido, una plantilla difusa de cocineras-mucamas y la distante prometida del comandante (quien, durante su estancia se permite la siguiente reflexión: ”es difícil sentirse intimidado por personas de las que se conoce, por ejemplo, la condición y el número de las piezas dentales de sus mandíbulas superior e inferior”) completan esta extensa, a veces graciosa y otras solo realmaravillosa novela.
La menos valorada en su tiempo, y luego felizmente redescubierta es “El sitio de Krishnapur”, editada en 1973. Reúne dispares características: suspense, ironía, romanticismo, tan disímiles como la galería de personajes made in Farrell: hay un recaudador progresista, además de Fleury, un gordinflón vate encandilado -¡cómo no!- por la estólida beldad local, Louise. Otro personaje relevante es el magistrado, agnóstico, feroz crítico de los versos perpetrados por las damas de la zoociedad local, a cuyas veladas acude para discursear sobre su gran obsesión: la frenología; además de Lucy, una joven deshonrada, suicida frustrada, en busca del sentido de la vida. La acción transcurre a mediados del siglo XIX, en la sitiada colonia británica, asolada por toda clase de males (incluida la ausencia de té, que obliga a nuestros personajes a tomar agua caliente, emulando el ritual): plagas de insectos, manadas de chacales, epidemias de escorbuto, erisipela y cólera (que origina una extensa discusión entre los dos enemistados médicos locales: ¿inyectar carbonato o fosfato de sodio o no?).
Los personajes, con flema inglesa, eluden perder los papeles, inmersos en semejante marea de adversidades.
Farrell se documentó a fondo para narrar esta personal recreación de la rebelión de los cipayos, recopilando sucesos, memorias, cartas y diarios.
La cultura es ficción. Es un cosmético pintado sobre la vida por los ricos, para ocultar su fealdad -declara el recaudador, quien “había llegado a creer que un pueblo, una nación, no se crean por sí mismos, según sus mejores ideas, sino que son modelados por otras fuerzas, respecto de las cuales tienen muy pocos conocimientos”.
En 1978 se editó “La defensa de Singapur”.
De Farrell se sabe que durante su primer año de estudiante en Oxford enfermó de poliomielitis, que le dejó secuelas en un brazo. Con aire a Marcel Duchamp, tuvo gran éxito entre el sector femenino, pese a ser esquivo, reservado y enigmático. Por desgracia, era aficionado a pescar. En la primavera de 1979 se compró una casa de campo, donde se instaló. Cuatro meses después, en pleno verano, mientras pescaba en plena tormenta, una ola lo arrastró y se ahogó, a los 44 años. Ese fue el ocaso, hasta que en 2008, en la votación al mejor premio Booker de todos los tiempos, “El sitio de Krishnapur” fue elegida entre las cinco mejores novelas.
 
 
 

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