Unamuno

¿Qué relación hay entre Verdad y Vida?

La imagen de Miguel de Unamuno (1864-1936), escritor y filósofo español, es semejante a la del persistente y soñador jovenzuelo del nuevo videoclip de Bob Dylan, Duquesne Whistle: pese a ser rechazado con un aerosol paralizante por la hermosa joven que corteja, insiste, entusiasta, en su loco amor, hasta el punto que unos vándalos le rompen las rodillas. Así, don Miguel, con el mismo fervor, ya sea en contra del franquismo o de la iglesia, poniendo en riesgo su vida, defendió sus ideas, laboriosamente pergeñadas y estudiadas.
Aunque en nuestros días su influencia, en apariencia, haya desparecido y sus lectores se hayan reducido a un grupo de colegiales apremiados, el más erudito representante de la Generación del 98, continúa cuestionándonos, deslumbrándonos e ilustrándonos con aquel estilo vehemente y directo, desde sus novelas (nivolas, en su caso), ensayos y artículos. Revisemos, en este caso particular, el ensayo titulado “Verdad y Vida”, escrito en febrero de 1908.
La fórmula que propone el español consiste en que “debe buscarse la verdad en la vida y la vida en la verdad”. La primera parte de esta fórmula, “la verdad en la vida”, se obtiene gracias al ejercicio de lo que Andrés Calamaro llama honestidad brutal, es decir, la sinceridad absoluta, pero no en forma pasiva, sino activa: no basta evitar decir mentiras, todo lo contrario, hay que blandir aquellas verdades incómodas y dificultosas que la gente teme escuchar. Solo de esta forma “veríamos las negruras del que tenemos por santo, pero también las blancuras de aquel a quien estimamos un malvado”.
Por otro lado, sobre la segunda parte de la fórmula, la vida en la verdad, el autor de “Niebla” sostiene que las verdades no pueden ser limitadas a un campo puramente teórico, como si fuesen cuerpos desprovistos de espíritu. Más bien se les debe inyectar vida, sentido y utilidad en el mundo. Pero aunque inicialmente esta afirmación nos lleva a considerar las verdades como objetos puramente pragmáticos y funcionales, Unamuno nos pone sobre aviso de un fenómeno que se repite, quizá con mayor ímpetu, en nuestro siglo XXI que en la época cuando estaba vivo.
La educación, desde la escuela hasta las universidades, tiende encarnizadamente, hasta el punto de convertirse a veces en su única finalidad, a formar individuos que produzcan, que obtengan o adquieran, en el menor tiempo posible, la mayor cantidad de dinero, frutos, rentas, ropa, celulares, cámaras digitales, departamentos y camionetas. De tal forma que el ciudadano más encumbrado en nuestros días es el empresario o el gerente (por supuesto, sin restar méritos a esas labores). Atrás, olvidados y vituperados, han quedado los aburridos filósofos y escritores.
Las verdades que profesan estos últimos son consideradas abstractas, imprácticas e inservibles, ajenas a la realidad. Don Miguel, desde el panteón, objeta esta certeza generalizada arguyendo que el amor y el respeto a la verdad “puede ejercerse investigando las verdades que nos parezcan menos pragmáticas”. Así, afirma que tipos como Kant o Hegel contribuyeron decisivamente en los triunfos militares e industriales de la Alemania de su época, y el vulgo, pendiente únicamente de los efectos materiales, ensalzó como sabio al inventor del teléfono, Thomas Edison, pero ignoró a quien, con sus ideas, estuvo detrás: el físico James Maxwell, forjador de la teoría electromagnética.
Que en su momento se haya discutido apasionadamente sobre el sexo de los ángeles o, como dice Unamuno, se haya discutido durante un siglo entero sobre si el Espíritu Santo proviene sólo del Padre o, en todo caso, del Padre y del Hijo, no es una actividad vana, tiene un sentido profundo en las creencias y concepciones religiosas que, a su vez, tiene una influencia palpable en el mundo real. Pensar que los temas abstractos nos amodorran y atrasan y pasar a ocuparnos exclusivamente de lo inmediato y funcional, sin reflexionar o analizar, nos conduciría  al abismo. De tal forma que, como dice el autor, “lo más opuesto a buscar la vida en la verdad es proscribir el examen y declarar que hay principios intangibles”.
Ha pasado más de un siglo desde que don Miguel meditara sobre este tema y sin embargo se puede utilizar sus ideas en el presente, en nuestra realidad que, lamentablemente, se asemeja a aquella que más temía el escritor: una realidad plagada de “embusteros y exhibicionistas, donde lo que importa no es ser, sino parecer ser”.

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