El jardín de la Posmodernidad

“Flores”, de Mario Bellatín

 

“Flores”, la breve novela publicada por Mario Bellatín en 2001, es un buen ejemplo del espíritu de la posmodernidad volcado a la literatura. En ella temas como la relación entre la ciencia, el cuerpo y el capital, la intervención del Estado en la esfera privada, la nueva estructura de los grupos sociales, entre otros, se hallan atravesados por una estética propia de la sociedad posindustrial.

El capital y el cuerpo.

El principal eje semántico de la novela es la anormalidad física y mental en los seres humanos producida con la intervención del capitalismo tardío. El texto muestra en primer plano la manera en que la ciencia genera hoy la anormalidad: al crear un fármaco para evitar las náuseas durante el embarazo se produce una sustancia que causa malformaciones en los fetos, como la falta de extremidades. Esa anormalidad de los niños ocasiona la desintegración de algunas familias. En el caso del Escritor, su padre se va. Los gemelos Kun son abandonados y terminan en un orfanato, etc. La ciencia falla.

Pero no solo eso, la ciencia hoy es utilizada con fines destructivos. Brian, el enfermero, inyecta el virus del VIH a su propio hijo en el hospital en el que trabaja, no quería tener hijos, siente que el bebé le complica la vida, le impide dejar la sección de enfermos terminales de cáncer. En prisión, sabe que en algún momento será asesinado. La madre se vuelve a casar. El niño queda conectado a un respirador. Así, un lugar institucionalmente encargado de curar el cuerpo con ayuda de la ciencia es usado, por lo contrario, para producir la enfermedad. Otro de los personajes, el esposo de la crítica literaria decide cambiar de sexo y recurre a la ciencia para lograrlo. Luego de la operación, la crítica se divorcia de él.

Todos estos casos se parecen: los personajes tienen un deseo surgido de alguna insatisfacción con el cuerpo: las embarazadas no pueden soportar las náuseas; Brian no puede ver cómo el cuerpo es consumido por el cáncer; el esposo de la crítica siente hastío por su masculinidad y curiosidad por experimentar la feminidad. Todos recurren a la ciencia para solucionar su problema. Pero hay que señalar que este uso del conocimiento científico y la tecnología médica se realiza como una transacción comercial. Las madres compran pastillas y el esposo de la crítica paga por la operación de cambio de sexo.

Según Michel Foucault durante la modernidad el discurso científico tenía el poder y se encargaba de tomar decisiones. Quien lo poseía disponía el momento de la intervención. Por ejemplo, los médicos designaban cuándo uno estaba enfermo y cuándo sano y qué tipo de enfermedad sufría uno. La ciencia gozaba de tanto poder que se encuentran casos extremos en los que se diagnosticaba erróneamente enfermedades y se exponía al paciente a curas tortuosas; igual, la ciencia mandaba sobre el cuerpo.

Durante la posmodernidad, en cambio, la ciencia pierde ese poder. Cualquiera pueden emplearla a su antojo, basta una transacción económica. La ciencia se ha convertido en pura tecnología que se puede comprar, ya no tiene poder sobre el mal. Ahora es el mercado quien ha tomado esa función. El mercado nombra aquello que está enfermo o es disfuncional, aquello que sobra o aquello que falta. Las náuseas se convierten en un problema después que sale a la venta el medicamento que las suprime. El mercado nombra, clasifica y difunde la enfermedad, y el individuo debe reconocerla en su propio cuerpo; imagina que su cuerpo no anda bien, reconoce un deseo fantasmal y compra un servicio médico. El paciente es ahora un usuario más, un comprador que “siempre tiene la razón”.

Cambios de sexo, cirugías plásticas, inserción de prótesis estéticas, sustancias para aumentar el rendimiento físico y la energía sexual o para disminuir las molestias de procesos normales como los embarazos o la menopausia, o inseminaciones artificiales y vientres de alquiler son ejemplos del cambio en el estatuto del discurso científico. La necesidad de los capitales de apurar el consumo, en cualquiera de los ámbitos de la vida humana, incluso en la relación del individuo con su cuerpo, ha encontrado una fuente inacabable de compra y venta, el deseo imaginario de modificar e intervenir en el propio cuerpo.

El uso de la ciencia produce una demanda insatisfecha, genera un circuito en el cual nuevamente serán requeridos los servicios de la ciencia. Es ejemplar el fracaso del medicamento en “Flores”. Para solucionar el problema se vuelve a contratar al mismo científico que creó el fármaco maligno con el propósito de que identifique ahora quiénes sufrieron su efecto. La intervención de la ciencia en el cuerpo genera la necesidad de nuevas intervenciones. Los servicios médicos que un individuo puede adquirir parecen infinitos por imaginarios, cada modificación provoca el deseo de una nueva, porque, al igual que sucede con los personajes de la novela, la satisfacción nunca está a la mano.

Nuevo rol del Estado.

Así como la ciencia ha perdido su poder en manos del mercado, el Estado también lo ha hecho. Luego de la caída del Estado de bienestar social de los años 50, el Estado del capitalismo tardío en nuestros tiempos asume la función de favorecer y proteger los intereses privados. En “Flores”, una vez que se comprueba que el fármaco tiene efectos dañinos interviene el Estado: los laboratorios Grünewald solamente deben pagar una indemnización a las víctimas. Ni siquiera se debate sobre la responsabilidad del doctor Penser, quien creó el fármaco; como dijimos, incluso se lo vuelve a contratar.

Fijado el pago, el Estado interviene a favor de la empresa. Crea una oficina que evitará que cualquiera se haga pasar por mutante o mutilado para recibir la indemnización. Contrata a Olaf y a Penser para que determinen quién miente. El poder político defiende los intereses de la empresa y no los del público.

Nuevos grupos sociales.

Instalada la anormalidad, se destruyen algunos grupos y se forman otros. La desintegración de la familia es la que más llama la atención. En la novela de Bellatín el nacimiento de niños anormales hace que los padres los abandonen. La ruptura de la familia significa además la destrucción de otros vínculos. La familia nuclear de la modernidad se originó en la necesidad de formar una pareja y en el reconocimiento del vínculo sanguíneo y la heredad, los padres reconocen a los hijos. En “Flores” observamos la inoperancia de dichos vínculos. Los personajes no pueden formar pareja, lo más parecido es la unión entre Brian y la peluquera, que, como vimos, acaba con el desconocimiento trágico de la paternidad. Estos casos se repiten: los padres niegan la paternidad y se deshacen del vínculo, el Escritor es abandonado por su progenitor, los gemelos Kun son dejados en el orfanato, el esposo de la crítica literaria se aleja de su familia.  El personaje de Alva la Poeta es representativo de la desmembración de la familia. Ella va al orfanato porque desea experimentar la maternidad. Es decir, al contrario de la mayoría de personajes masculinos ella desea asumir el vínculo. En el orfanato se le asigna el cuidado de hijos adoptivos; pero ella siente que son los niños quienes no la reconocen como madre, primero la niña que le encargan cuidar y luego los gemelos Kun. Finalmente la mujer abandona su propósito.

Cuando la familia se rompe se generan otros grupos sociales. Por ejemplo, el de los “altares”, que son espacios hechos para el goce del espectáculo anormal: el público tiene la oportunidad de observar y protagonizar alguna exhibición perversa, participan el Escritor, el Amante Otoñal, los gemelos Kun. Estos nuevos grupos tienen el común denominador de la anomalía. Los personajes sufren diferentes males, son seres únicos; sin embargo hay un nexo genérico entre ellos, la anormalidad, esto es, la exclusión del mundo normal.

Los “altares” no tienen características modernas: un grupo de personas que se reconocen entre si y son reconocidas como parte de este; grupo cuya identidad se basa en algunos rasgos compartidos: la historia, el territorio, la cultura, la religión, el idioma, las normas, etc. Tales vínculos surgen de y permiten la generación de objetivos comunes. Incluso se hace necesaria la organización política para asegurarlos.

En cambio en los “altares” la reunión de individuos tiene como vínculo negativo la no pertenencia al mundo normal. Los individuos se congregan para satisfacer su deseo, luego de observar el espectáculo se dispersan nuevamente; no tienen objetivos comunes ni organización política, la única posibilidad de que se junten es el goce único e individual.

Una clara metáfora de la sociedad posmoderna.

 

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