MCPN: Pedro y el lobo

Música clásica para niños

 

Una de las composiciones más adecuadas para interesar a los niños con la música clásica es “Pedro y el lobo”, de Sergei Prokofiev, obra programática creada expresamente con ese fin.

 

Se llama música programática a la música clásica que describe imágenes o relatos mediante sonidos. Es un género esencialmente romántico, que tuvo durante la segunda mitad del siglo XIX su mejor momento con Berlioz, Mussorgsky, Saint-Saens, Dukas y otros.

Ni la ópera ni la zarzuela, y menos la música popular pueden ser consideradas música programática porque su naturaleza es distinta; usan la instrumentación como acompañamiento.

El cuento “Pedro y el lobo”.

Hay dos cuentos con el mismo nombre. Uno narra la historia de un pastorcito que un día asustó a sus vecinos avisando que venía un lobo, cuando los vecinos acudieron con ayuda el pastorcito burlón se río de ellos; hizo lo mismo varias veces; hasta que un día, cuando realmente apareció el lobo nadie vino para auxiliarlo. Esta es una de las fábulas de Esopo.

El otro cuento es de origen ruso. Es el que usó el compositor Sergei Prokofiev para musicalizar.

Tal como está narrado en la popular versión en español, es el siguiente:

 

“Una linda mañana, Pedro abrió la puerta del jardín de su casa y salió a la verde y ancha pradera. En la rama más alta de un frondoso árbol había un pajarillo amigo de Pedro.

“¡Buenos días Pedro! ¡Por aquí todo está tranquilo!” -le dijo gorjeando alegremente.

A poco llego un pato, contoneándose feliz porque Pedro había dejado abierta la puerta del jardín, y aprovechó la ocasión para darse un baño en una charca que había en medio del prado. Al ver al pato, el pajarillo bajó volando suavemente hasta posarse en la hierba, muy cerca de él.

“Pero, ¿qué clase de pájaro eres tú que no sabes volar?”- le dijo alzando sus alas-, y el pato riendo le respondió: “¿y qué clase de pájaro eres tú que no sabes nadar, ni bucear?” Y se zambulló en la charca.

Discutieron y discutieron, el pato nadando por la charca y el pajarillo revoloteando alrededor de él.

De pronto algo atrajo la atención de Pedro: era el gato, que se acercaba sigiloso y acechante. El gato dijo para sus adentros: “el pajarillo está muy distraído discutiendo, me lo voy a merendar”. Y moviendo muy despacio sus patas de terciopelo se fue acercando.

“¡Cuidado!”, gritó Pedro; y el pajarillo de un vuelo se subió a lo alto del árbol. Mientras el pato, enojado, graznaba desde el centro de la charca. El gato daba vueltas y vueltas alrededor del árbol y pensaba: “¿valdrá la pena subir tan alto?, cuando llegue el pajarillo ya habrá volado”.

De repente apareció el abuelo de Pedro, que estaba muy enfadado porque Pedro se había adentrado en el prado: “Este es un lugar peligroso, ¿que harías si saliera un lobo del bosque?”.

Pero Pedro no hizo caso de las palabras de su abuelo y le respondió que los niños mayores como él, “no le temen a los lobos, Abuelo…”

El abuelo agarró de la mano a Pedro, se lo llevó a la casa y cerró la puerta del jardín. En cuanto se fue Pedro, apareció desde la oscuridad del bosque un gran lobo gris, rojo, éste era rojo. Cuando el gato vio al lobo, de un salto subió en lo alto del árbol.

El pato salió graznando desesperado de la charca. Pero todos sus esfuerzos fueron inútiles porque el lobo corría más deprisa que él. Se le acercaba cada vez más, y más, y más. Ya casi lo tiene. Lo atrapa y se lo zampa de un bocado.

Bueno, veamos como estaban las cosas: el gato acurrucado en una rama del árbol, el pajarillo en otra, no muy cerca del gato, por supuesto. El lobo daba vueltas y vueltas alrededor del árbol mirando a los dos con ojos glotones.

Mientras tanto Pedro observaba todo lo que sucedía desde el jardín de su casa sin el más mínimo temor. Corrió a su casa, agarró una gruesa cuerda, y cruzó el prado rápidamente hasta llegar al árbol, donde el lobo daba vueltas y más vueltas.

De un salto se agarró a una rama y balanceándose suavemente se subió a él. Entonces le dijo al pajarillo: “¡revolotea alrededor de la cabeza del lobo, pero ten cuidado, no vaya a atraparte!”.

Con sus alas el pajarillo casi rozaba el hocico del lobo, que daba grandes saltos para intentar devorarlo. ¡Cómo se burlaba el pajarillo del lobo, y cómo se desesperaba éste por intentar atraparlo! Pero el pajarillo volaba con tanta agilidad que los esfuerzos del lobo eran completamente inútiles.

Muy listo Pedro hizo un lazo corredizo con la cuerda, y lo deslizó suavemente hacia abajo. Agarró al lobo por la cola y tiró con todas sus fuerzas.

El lobo, al sentirse atrapado, empezó a dar grandes saltos para intentar liberarse. Pero hábilmente Pedro ató un extremo de la cuerda al árbol, y los tirones que daba el lobo ajustaban cada vez más el lazo a su cola.

Creo que fue entonces cuando aparecieron los cazadores, seguían las huellas del lobo y disparaban sus armas.

“¡No disparéis!, dijo Pedro, el pajarillo y yo ya atrapamos al lobo, ayudadnos a llevarlo al zoológico”.

Y ahora prestad mucha atención: ¡comienza la marcha triunfal!

Delante iba Pedro. Le seguían los cazadores llevando al lobo. El gato fue a buscar al abuelo para cerrar la marcha. El abuelo decía: Sí, sí, sí, muy bien, pero ¿qué hubiese pasado si Pedro no atrapa al lobo?

Y por encima de ellos iba volando el pajarillo que decía: “¡mirad que valientes somos Pedro y yo, hemos atrapado al lobo!”

Y ahora si prestáis mucha atención, oiréis al pato graznando dentro de la barriga del lobo, ya que éste se lo había tragado entero y estaba vivo”.

La música

Cuando Serge Prokofiev volvió a Rusia, su país, en 1936, después de viajar y estudiar por Estados Unidos y por toda Europa, formó una familia en Moscú. Le gustaba llevar a sus hijos a las funciones del “Teatro Infantil Central de Moscú”, hasta que un día Natalia Satz, la directora, se quejó con él de que los compositores no hacían música dedicada a niños. Prokofiev aceptó el reto y compuso una pequeña obra para narrador y varios instrumentos: flauta, oboe, clarinete, fagot, tres trompas, timbal y cuerdas para representar a los personajes principales, y acompañamiento de trompeta, trombón, triángulo, pandereta, platillos, castañuelas, tambor de caja, y bombo en la orquestación.

La virtud de la creación de Prokofiev es que cada personaje está vinculado a un instrumento o conjunto de instrumentos (Pedro a instrumentos de cuerda, el abuelo al fagot, el pajarito a la flauta, el pato al oboe, el gato al clarinete, el lobo a las trompas y los cazadores a los timbales y el bombo), y al mismo tiempo tiene una melodía peculiar o leitmotif para reconocerlo mejor.

De esta manera, asociando literatura y música es posible inculcar a niños de tres, cuatro o cinco años el aprecio por la orquestación sinfónica, sus diversos instrumentos y sus posibilidades expresivas.

Se puede encontrar en internet varias versiones gratuitas de “Pedro y el lobo” narradas en español e incluso con video (sin embargo es recomendable utilizar la versión sonora y no la audiovisual, para que el niño asocie mejor sonido e imagen eidética).

Lo aconsejable sería llevar luego a nuestros hijos a escuchar y ver una orquesta en vivo, y pedirles que reconozcan los sonidos que aprendieron en casa. El descubrimiento de los instrumentos reales y sus sonidos típicos suele ser muy placentero para los niños.

Por lo común, pocos distinguen el timbre musical, esto es, el color y la textura propia de cada instrumento de la orquesta. ¿Cuál es la voz de la viola, la del cello?, ¿cómo distinguir entre el clarinete, el oboe y el fagot? Lo poco que diferenciamos hoy en día son el bombo y los platillos (el tún-chiss de los equipos en los carros último modelo): eso empobrece la audición y contribuye a empobrecer el espíritu.

“Pedro y el lobo” sirve para que los niños guiados por una historia maravillosa afinen el oído y aprecien las diferencias de los instrumentos y sus posibilidades expresivas e imaginativas.

 

Deja un comentario