El Plan Lector

Comprensión lectora y Literatura

Pasaron algunas semanas de angustia por el fracaso en la prueba PISA. Ahora ya no es noticia. Posiblemente sea un buen momento para reflexionar con serenidad sobre el Plan Lector, sus logros y sus fracasos luego de más de una década de aplicación.

Es indispensable identificar y analizar la funcionalidad de una serie de ideas comunes que se repiten una tras otras en medios y redes sociales acerca del tema. La falta de lectura, la crítica sobre el hábito lector de los otros, la ignorancia, el exceso de televisión, etc., son de la clase de argumentos que generan una larga verborrea, y que en ocasiones se utilizan como estrategias violentas e inconscientes de diferenciación social. Criticar la ignorancia del otro es una manera eficaz de distinguirnos.

Intentaremos desligarnos de esta pesada tradición y ofrecer un conjunto de textos con apuntes que pueden servir para repensar el Plan Lector de la manera en que su mismo nombre lo indica, como un “plan” que pertenece a las esferas de la planificación social, de lo público y de lo estatal.

Weber definía lo estatal principalmente por la manera de lograr sus objetivos. Es decir, por su carácter coercitivo. El Estado luego de un amplio proceso impone una norma y se supone que tiene los medios suficientes para hacerla cumplir. El Plan Lector fue dado como una norma. Es decir, es obligatorio para los centros educativos. Según la disposición estudiantes y profesores leerán doce libros al año.

Ahora es necesario que revisemos cómo el Estado se preocupa de que la norma se cumpla y qué mecanismos ha creado para ello. Luego de una ardua revisión puedo sugerir que el Estado no ha producido los medios para verificar el buen cumplimiento de la norma. El problema es que los vacíos que ha dejado han generado el caos si no el fracaso.

Examinemos por ejemplo el criterio de elección para los doce libros. La norma dice que las instituciones educativas hacen un diagnóstico y luego de tal proceso eligen variados títulos que de manera “flexible” serán leídos por los estudiantes y profesores.

Respecto al diagnóstico recordemos que en cualquier proceso de planeación, por supuesto intervienen los directamente interesados o afectados, pero no solamente ellos. La lógica de la planificación requiere especialistas que puedan diagnosticar, generar líneas de base, matrices de monitoreo e incluso —aunque suene muy duro— metas cuantificables.

En el Plan Lector no procede así. Se deja la etapa del diagnóstico a los mismos afectados. Son los profesores los encargados de ver qué les gustaría leer a los estudiantes, con qué clase y cuántos libros cuenta la institución y otros aspectos. No hay intervención de especialistas en el tema. Profesores y directores se encargan de una tarea que no les compete del todo y para la cual no están capacitados.

Ello genera dos graves consecuencias.

La falta de especialistas provoca que no se sepa casi nada sobre las causas del déficit de comprensión lectora y de hábito lector y sobre las características del problema. El sentido común se limita a señalar que los niños no comprenden porque no leen y que no leen por la televisión y las computadoras y la falta de padres lectores. Pero me niego a pensar que las causas sean tan simples. Es necesario un diagnóstico serio.

Por ejemplo, Virginia Zavala en “Desencuentros con la escritura” realizó un estudio de campo en una comunidad altoandina. Sostiene que una de las causas de la lejanía hacía la cultura letrada es la falta de la idea de la funcionalidad. Es decir, los niños piensan que la lectura y escritura son un camino hacia la superación personal, idea que los adultos se encargan de repetir sin descanso. Cuando lo más adecuado es que ellos entiendan que la escritura y la lectura son herramientas. Que vean que estas herramientas se dominan y se usan para resolver problemas de la vida cotidiana y sobre todo que los adultos las usan como tales.

Pero, qué sucede en otros sitios, por qué no leen ni comprenden los niños de zonas urbanas, qué sucede con variables como la edad, el nivel socioeconómico, el grado de aprendizaje, la identidad, el idioma. O incluso, en cuál de los niveles de lectura se falla, en el literal, el inferencial o el crítico. Ni siquiera hay una escala de medición para estos niveles.

No existen diagnósticos transdisciplinarios sobre el tema promovidos por el Estado para saber qué sucede con la lectura. El resultado es que la elección de esos doce libros se hace con criterios totalmente ajenos al problema y que la mayoría de veces lo incrementan. Se eligen los libros no con criterio cognitivos o literarios, sino en relación a cuánto cuestan los libros, cuánto se gana por recomendarlos, o qué clase de valores morales imparten.

En el primer aspecto debemos reconocer que desde la implantación del Plan Lector editoriales grandes y pequeñas se han aprovechado. Para ellas, la promoción de lectura se ha visto como una oportunidad de negocio, una de las peores ópticas que se puede utilizar en este asunto. Profesores, directores y dueños de colegios eligen las lecturas de sus estudiantes no por un diagnóstico sino con el criterios de qué editorial les generará beneficios. Y estas empresas lo saben y alimentan el problema, han acostumbrado a profesores y colegios a recibir un porcentaje por cada libro comprado por un estudiante.

El asunto llega al extremo de que en los trillados discursos en favor de la lectura se confunde el éxito editorial con el éxito de la lectura. Se hablan de número de libros vendidos y no de número de libros leídos, o de la calidad de esos libros. Y la prueba de la falsedad de este argumento la da PISA.

El mercado editorial ha mejorado, han aumentado estas empresas, se hacen esfuerzos por organizar eventos para vender libros, pero no se ha mejorado en la evaluación de PISA. En qué consiste esta paradoja. Hace poco alguien colgó en el Facebook un ranking de los países que compraban más libros. Por supuesto el Perú no figuraba, y en los comentarios se criticaba el hecho; la falta de compra de libros parecía una razón del fracaso en la lectura.

Extrañamente nadie observó que tampoco figuraba Finlandia, uno de los países con la mejor educación del mundo y con los más altos niveles de comprensión lectora. Y donde las políticas para promover la lectura no se preocupan por el mercado editorial sino por la lectura misma y por lugares públicos y estatales para que las familias lean.

Si existiera un diagnóstico confiable y profesional también existiría un criterio para la elección de los libros, un criterio que seguramente estaría relacionado con lo literario, lo cognitivo, lo social y lo cultural.

Ello evitaría que se piense en este asunto como un negocio y que se dirija el escaso gasto público e incluso el privado de manera eficiente. Para comenzar no sería mala idea que municipalidades, gobiernos regionales, ministerios, asociaciones, empresas privadas comiencen a pensar que invertir en estudios técnicos sobre el problema sería más beneficioso.

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