El taller literario

El boom de los talleres en Arequipa

 

Uno de los hechos culturales más importantes del año que termina ha sido la proliferación de Talleres de Literatura en nuestra ciudad.

En buena hora. Alegra ver que se aleja la idea romántica fomentada por algunos profesores de literatura del siglo pasado que espantaban a los entusiastas bajo la sentencia de que un escritor nace, no se hace. Un escritor o un poeta, decían, está marcado por el destino, su triste vida es algo superior, divino, ineluctable.

Románticos, solo eso, hacían más reverencia a las musas y a la inspiración que al conocimiento de las técnicas y las formas que conducen al éxito del relato. Pero aunque la manida frase “El arte es diez por ciento de inspiración y noventa por ciento de transpiración” ya se voceaba, nadie sabía a ciencia cierta en qué consistía la tal gimnasia. Hasta que llegaron de Norteamérica noticias de los famosos Talleres Literarios (o workshops, en inglés) en los que se estaban formando narradores como Raymond Carver, Tobias Wolff y Cormac McCarthy; o los más cercanos, en Méjico el que diera Juan Rulfo, en Colombia el de Gabriel García Márquez o en Argentina el de Ernesto Sábato.

A mediados de los ochenta, cuando Juan Manuel Guillén subió al rectorado de la Unsa tuvo la excelente idea de asociarse a un grupo de artistas locales para impulsar un ambicioso programa cultural que fue llamado “La república de los poetas”, al cual complementaba un sistema de Talleres no oficiales para poetas y narradores jóvenes. Esos talleres se dictaban los sábados por la mañana en una de las salas del moderno rectorado. El de cuento quedó en manos de Oswaldo Chanove, Dino Jurado y del que esto escribe, sin que ninguno de los tres supiera más de lo que su buen entender y sus ganas de ser escritores les dictaba.

Pasada esa experiencia ingenua procuré incluir en el Plan de Estudios de la Escuela de Literatura en la que enseñaba un taller ya oficial, aunque electivo. Para dictarlo, claro está, busque cuanta información había sobre los talleres en otras universidades, nacionales y extranjeras. Pedí por correo libros, revistas, sumillas, programas y todo el material impreso que pudieran enviarme; y a lo largo de una década fui depurando esa información, adaptándola a nuestro clima intelectual y a las ilusiones de nuestros estudiantes. Veinte años después publiqué una parte de ese fondo importado, traducido y prestado, en dos libros bajo el título de “Técnicas del cuento”. Luego escribí mi propio material usando la experiencia ganada en mis aulas y en talleres de dicté en Cusco, Tacna, Puno, Chiclayo, Ancash, y en Lima; espero publicar el 2014 ese libro que en buena medida ya he dado a los talleristas.

“Técnicas del cuento” me ha sorprendido cuando he visto que empezó a usarse en Lima, en los Talleres de la San Marcos y en el que dicta Carmen Ollé en el Instituto “Antonio Cornejo Polar”. Señal de que alguien lo necesitaba. El taller de la universidad, además, empezó a ser tomado con mayor interés.

Un taller, es necesario decirlo, no es para todos los escritores noveles. Algunos progresan solos, son dotados lectores y críticos autodidactas, o son tímidos, o prefieren compartir con sus amigos sus dudas y sus descubrimientos. Además, se aprende poco en un taller, en especial si es corto, un par de semanas, o un mes. El aprendizaje de técnicas requiere tiempo para madurar, hasta que logran interiorizarse y formar parte de los hábitos del narrador. Un año es un bien promedio.

Tanto el que dirige como los participantes deben empezar por reconocer las limitaciones. Es una ilusión pensar que de un taller sale uno convertido en escritor; apenas hay tiempo para adquirir algunos trucos fáciles. Y hay cosas que el taller no da.

Son varios los factores que confluyen a la formación de un artista. La mayoría de escritores y críticos señalan al menos cuatro: talento, oficio, experiencia y disciplina. Sin duda se requiere también de tiempo libre para escribir, un lugar apropiado, un estado de ánimo especial, apoyo, suerte, etc.; pero aquí nos concentraremos en los cuatro aspectos señalados.

El talento es una energía hasta hoy inexplicada; no sabemos cuánto tiene de hereditario, cuánto de aprendido, ni cómo se combinan ambas potencias para formar a esos seres dotados especialmente para la percepción original, creativa, que son los artistas. Sabemos, eso sí, que nada es determinante ni definitivo en cuanto al talento, que se puede modificar, incrementar, y que también se puede perder. Sabemos también que el talento no es homogéneo: hay quienes tienen disposición para un arte y no para otro, o para aspectos de un arte y no para otros (Hay músicos que son buenos para el ritmo y no lo son tanto para la melodía), casi del mismo modo en que los seres humanos podemos mostrar sensibilidad frente a los padres pero no frente a los hijos, por ejemplo. O frente a los iguales pero no frente a los subordinados.

Lo cierto es que no todos pueden ser escritores, no todos tienen esa especial sensibilidad, tanto para la vida como para el lenguaje, que demanda la literatura. Se precisa una buena dosis de talento para ser escritor, para ser artista o científico.

El talento del escritor campea en el inconsciente que dispara la necesidad de contar algo, imperiosamente, de verbalizar una historia acuciante cuyo origen es inexplicable. La primera etapa del proceso de la escritura es puramente inconsciente, ilógica, irracional, impremeditada. No hay técnicas ni recomendaciones para ella, cada quien procesa en lo más profundo de su ser, a su modo, sus deseos de un modo primario, pulsional. El Taller nada tiene que ver con este factor psicológico.

Cosa diferente es el oficio; sabemos a ciencia cierta que el oficio se adquiere, se enseña. Se perfecciona. Uno puede carecer de talento pero tener oficio: será un buen escritor aunque no sea uno genial; al contrario, se puede afirmar que no hay escritor destacado sin oficio. Da pena leer cuentos publicados en los que las comas están fuera de lugar o los tiempos verbales son solo dos. A menudo la redundancia, la cacofonía, la falta de vocabulario o de ritmo en las oraciones desacreditan a nuestros escritores regionales.

Hablamos ahora de técnicas en cuanto formas, y no de fórmulas. La diferencia está en la cuantía de originalidad que cada uno aporta, la manera creativa de utilizar el lenguaje, idear la historia, concebir la estructura narrativa. La buena literatura no acepta fórmulas, siempre es innovadora. Contra lo que cree, la técnica no es una prescripción de lo que es bueno y de cómo se debe escribir; al fin y al cabo, ningún director de taller ni ningún crítico decidirán el futuro de un libro o el de un escritor, solo el público y el tiempo tienen ese poder.

El propósito del Taller es ayudar a adquirir oficio, destreza en el manejo de las herramientas; como se hace en cualquier otro taller, uno de carpintería, por ejemplo. Lo que el estudiante haga con las técnicas es asunto suyo.

 

Experiencia y disciplina

El tercer factor necesario para tentar una carrera literaria es la experiencia. Se requiere una rica experiencia vital, conocimiento de los aspectos pequeños y extraños de la vida, curiosidad y valor para internarse en las profundidades de la existencia, sea esta exterior o interior, sea de acción o reflexión, o ambas. Los seres rutinarios, las personas que aman la quietud o la repetición, el dogma o el lugar común, no aman a la literatura.

Pero también incluimos aquí otro tipo de experiencia: la experiencia lectora. Muchas horas de lectura son absolutamente necesarias para un escritor en ciernes. Hemingway ideó un cuestionario en el que le preguntaban qué debía leer un escritor joven, su respuesta fue: “Todo”. El entrevistador imaginario replicó que nadie puede leerlo todo, a lo cual añadió Hemingway: “No digo lo que puede, digo lo que debe”, y luego ofreció una larga lista de lecturas obligadas. Como ha pasado más de medio siglo desde entonces, seguramente hoy su lista tendría más títulos.

Está claro entonces que literatura es verbo, es lenguaje; pero no es cualquier lenguaje, no basta ser buen conversador para ser escritor, por ejemplo. El lenguaje literario es un lenguaje segundo, como gustan decir los teóricos: un lenguaje basado en el lenguaje común, un lenguaje de un nivel más alto de abstracción y de perfección. Se necesita saber sobre qué temas y personajes se ha escrito ya; se necesita desarrollar un estilo propio, enriquecer el vocabulario, aprender dónde y cómo hallar la originalidad, colocarse en la punta del progreso de la literatura contemporánea. Por eso es tan importante la lectura; la lectura forma al escritor, de un modo sutil pero lento; sus efectos tardan en aparecer en la superficie, en producir sin parecer plagio la naturalidad con que descubrimos las mejores frases.

Por último hemos listado la disciplina. Sólo un trabajo constante, una vocación sostenida con responsabilidad puede asegurar una carrera literaria ascendente. Hemos visto muchos casos de adolescentes con promisorio talento, dotados, que buscaron en la autodestrucción (léase el alcohol y las drogas) un triste consuelo para sus frustraciones. Hemos visto estudiantes con vocaciones poco consistentes, que tras unos pasos por la escuela de Literatura se desanimaron y optaron por el derecho o la empresa. Sostener la vocación, trabajar seria y permanentemente, para mejorar, requiere energía y disciplina. “Si un escritor puede ser desanimado, debe ser desanimado”, decía Hemingway.

La escritura literaria es la escritura más compleja que existe en esta tierra, la más rica y significativa; ningún otro tipo de escritura se le asemeja y su creación es la más laboriosa y delicada; es un arte. Por eso el análisis de este tipo de texto es sumamente difícil.

Si alguien va a dedicar parte de su vida y sus fuerzas a escribir ficción, debe aceptar esta complejidad y disponerse a enfrentarla con verdadera disciplina.

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