Vocaciones superpuestas

“Indigno de ser humano”

Osamu Dazai -cuyo verdadero nombre era Tsushima Shuji- nació en la localidad japonesa de Kanagi, en 1909. Fue el menor de una decena de hijos de una familia del norte del país. Su padre era parlamentario, hecho que originó en el futuro malogrado escritor —“el más abyecto, el más reptil de todos los jóvenes del Japón”, según propia definición— un pertinaz complejo de culpa por pertenecer a una clase privilegiada (cosa harto habitual entre letraheridos de toda laya, por otro lado).

Matriculado en la universidad de Tokio para estudiar literatura francesa, no se graduó, pues aseguraba haber ido a clase sólo dos semanas: “En lugar de eso, ayudaba con cierta indiferencia a ese sombrío movimiento que tanto atemorizaba al mundo”. Se refería así a su liderazgo en el movimiento estudiantil marxista en el distrito central de Tokyo. Pese a vivir en semiclandestinidad, cambiando de identidad y domicilio con frecuencia, fue detenido, torturado y encarcelado, lo que marcó su percepción del mundo.

En su libro de relatos “Ocho escenas de Tokyo”, Dazai se refiere a sí mismo como un cobarde pesimista, convencido de que “los hijos de los hombres adinerados estaban destinados a un terrible y complejo infierno acorde con su status. Yo era un niño con mal karma y moriría de acuerdo a ello”. Aludía así a su doble suicidio, pactado con Tsunek, una camarera, quien moriría, siendo Dazai procesado y absuelto. En 1935 intentó ahorcarse, sin éxito. Un mes después, tras ser operado in extremis de peritonitis, se familiarizó con la morfina. En lo que definió como “una época de desvergüenza e imbecilidad militante”, fue desheredado por su padre, y con el seudónimo de Shimindo, escribió haikus, frecuentó antros, instituciones siquiátricas, casas de empeño, balnearios de aguas medicinales -tema de su relato “Delicada belleza”, dedicado “para los que sufren” -además de fundar y editar la revista “La flor azul”.

Pese a sí mismo y a su impopularidad entre la fauna literaria nipona, fue candidato al Premio Akutagawa en 1935 y 1936. Alcanzó celebridad con “Indigno de ser humano”, novela autobiográfica escrita en tercera persona. Su alter ego es Yozo, estudiante de vida disipada -resultado de una infancia solitaria, una sique hipersensible y obsesión por agradar- logrando exactamente lo contrario-. Yozo traba relación con el tarambana buenoparanada Masao Horiki, con quien forma un tándem guatemala-guatepeor y establece buenas relaciones con el alcohol y con una joven separada. Dibuja historietas con títulos como “El atolondrado”, “El monje optimista” o “Las aventuras de Kinta y Ota”, sin hallar sosiego interior, ni siquiera en el fondo de la botella. Además, una farmacéutica viuda le prescribe morfina para que deje el alcohol.

Su otra novela, “El ocaso” (Shayo) de 1947, es considerada, con razón, su obra maestra. Dazai creó una ¿heroína? ¿antiheroína? Kazuko, que asiste, en toda la acepción del vocablo, a la inevitable cuesta abajo de su aristocrática familia. Kazuko es una joven inteligente, sensible, separada, que atiende a su madre anciana, la otra gran heroína de la obra, por su dimensión humana, nobleza y delicadeza de espíritu. Tras la ruina económica –“Ah,qué espantoso y miserable es quedarse sin dinero…Entonces me di cuenta de que estaba sintiendo la solemnidad de la vida humana”- Kazuko se dedica a rudas labores agrícolas, aunque no sólo cultiva la tierra, sino su intelecto: de la lectura de Rosa Luxemburgo dice: “Una ciencia que dice que el ser humano es avaro y va a continuar así para siempre, no va a ninguna parte ni despierta el menor interés a alguien que no es así y que no se preocupa por los problemas de distribución y otros asuntos de ésa índole”.

Su universo doméstico se vuelve más precario aún con la enfermedad de su madre y el anunciado regreso del frente bélico del Sur del Pacífico de Imo Naogi, su opiómano hermano. El señor Uehara, escritor amigo de este y personaje sin ninguna cualidad especial, desempeña un rol en ésta novela sui generis que enaltece al género femenino y que retrata una relación de amor filial madre-hija basada en el mutuo respeto y delicadeza. Dazai escribió varios libros de relatos, entre ellos, “Colegiala”, cuyas protagonistas, mujeres y adolescentes, superan como pueden tribulaciones.

Su gran amigo y benefactor, Masuji Ibuse, le presentó, con fines matrimoniales, a Michiko Ishihara, profesora de secundaria con quien Dazai se casó en 1939. Tuvieron tres hijos y cierto sosiego, al menos en apariencia, teniendo en cuenta que el autor opinaba que la desdicha también forma parte del destino.

Tras un tercer intento, el suicida vocacional logró, al cuarto, abandonar este valle de lágrimas, finalmente. En 1948, junto con una joven viuda de guerra, se lanzó a un canal del río Tama, en un suburbio de Tokyo. Los cadáveres, atados con un cordel rojo, fueron hallados seis días después, justo el día que Dazai habría cumplido 39 años. En “Indigno de ser humano” puede leerse: “La mía puede llamarse una muerte natural. Las personas no mueren sólo por sus principios”.

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