El Libertador Liberado

El primer colegio de mujeres del Perú

Estudié en un colegio nacional de mujeres, en Cusco. Era conocido como  “Educandas”. Con ese nombre Simón Bolívar (1783 – 1830) ordenó la fundación del primer colegio de mujeres del Perú y de toda América Latina un 08 de julio de 1825 (Hoy “Colegio Nacional de Educandas”). Bolívar era entonces una especie de presidente a quien el Congreso peruano había dado poderes absolutos. Y que tras el fracaso de su propósito de unir a América Latina se dirigía a fundar Bolivia en el Alto Perú, hecho que los historiadores peruanos no le perdonarían pues el nuevo país se desprendió del territorio nacional.

Camino al La Paz el libertador pasó por Arequipa y luego por Cusco, donde ordenó se fundara Educandas. Ahora es posible creer que el acto de Bolívar fue uno más entre la actividad burocrática presidencial, sin embargo hemos de contextualizar.

Según la historia de los derechos de la mujer en el Perú, ellas no tenían la posibilidad de ingresar a un centro de educación básica. “La educación primaria se hizo obligatoria en 1866 y debían tener acceso las niñas así como los varones; la educación secundaria, sin embargo, fue dirigida exclusivamente a los varones”, han escrito Villanueva y Herrera. Crear un colegio femenino en Cusco era debilitar la estructura de poder de géneros.

La fundación fue la punta de la madeja. De Educandas salieron dos iniciadoras del pensamiento y la lucha femenina. La primera, Clorinda Matto (1852 – 1909), escritora perseguida y excomulgada por la Iglesia. Sus biógrafos aseguran que en su paso por Arequipa, cuando trabajó en la imprenta del diario “La Bolsa” Clorinda se encargaba de emplear solo a mujeres. Había comprendido la necesidad de brindarles oportunidades de igualdad, de la misma manera que el libertador. Su obra más conocida, “Aves sin nido”, fue tildada de anticlerical e indigenista pues en ella las mujeres se presentaban de una nueva forma. Francesca Denegri dice que “aborda la historia de las mujeres de un pueblo que resisten el mal”.

Otra cusqueña salida de Educandas, más emblemática aun en este asunto de la educación femenina, fue Trinidad Enríquez (1846–1890), la primera mujer en graduarse en una universidad del Perú. El Gobierno tuvo que dar un decreto para que pudiera hacerlo. Es probable que las ansias por recibirse surgieran en las aulas de Educandas. El mito urbano dice que en la adolescencia la osada abogada en ciernes se disfrazaba de varón y lograba recibir clases en el también bolivariano colegio cusqueño de Ciencias.

Es cierto que en el caso de las mujeres no podríamos llamar a Bolívar “El Libertador”. En la dinámica entre poderoso y el dominado no hay cabida para los libertadores, como bien dijo Paulo Freire: “nadie libera a nadie, y nadie se libera solo”. La comunidad es fundamental.

Pero el asunto es más crítico si pensamos en las mujeres.

¿Cómo es posible que las mujeres formen una comunidad? Bien dijo la francesa Simone de Beauvoir que la tarea es titánica. En “El Segundo sexo” explica que a las mujeres les es difícil adquirir conciencia de clase porque están separadas en distintos grupos. Es poco probable la unión de una burguesa con una obrera o la de una afroamericana con una nipona. A las mujeres les resulta más arduo conquistar sus derechos porque no pueden formar una clase social. A diferencia de los afroamericanos en Norteamérica o los proletarios o los campesinos.

Una burguesa tiene que superar las altas barreras de las diferencias económicas y de etnias para asumir que debe luchar junto a otras mujeres. Será más fácil que se identifique con su esposo, que es varón pero probablemente comparte con ella intereses económicos, sociales y culturales. Mientras que a quienes deberían ser sus compañeras de lucha la unen solamente el género y eventuales situaciones de desigualdad.

Por ejemplo, la burguesa deberá guardar cierta compostura social, mientras que la proletaria deberá soportar que por ser mujer su trabajo sea injustamente valorado, que su sueldo sea menor, o sus horas de trabajo, más.

Lamentablemente no podemos decir que estos problemas son parte del pasado. En Arequipa en 2011 el sueldo promedios de una mujer era 700 soles y el del varón 1000 soles (según datos de la Cámara de Comercio e Industria de Arequipa, 2012). Y en actividades que se realizan sin especialización profesional la mujer sigue siendo terriblemente maltratada: una empleada doméstica que trabaja de 10 a 12 horas recibe una cantidad diferente a la de un peón que labora ocho horas.

Entonces, ¿cómo es y ha sido posible que la mujer luche por sus derechos? Sostengo que aunque con características distintas las mujeres pueden compartir dos códigos comunicativos que serían el puente para la formación de la anhelada conciencia de clase femenina: el ideario político y la educación. Este último factor se ha demostrado a través de la historia. Por ejemplo, entre las sufragistas las principales líderes tenían en común su educación, hijas de granjeros o aristócratas recibieron de algún modo una instrucción básica. Y es allí donde contribuyó Bolívar con la fundación del primer colegio femenino en América Latina.

Sin embargo cabe preguntarse qué llevó a Bolívar, un militar acusado muchas veces de dictador y tirano, un militar que impidió la ley que liberaba a los esclavos decretada por San Martín, a concebir la vanguardista idea de fundar el primer colegio femenino. Es más probable que existiera alguien que representó ante Bolivar los beneficios de la educación femenina.

Seguramente fue Manuela Sáenz (1797–18569). Su mestiza, letrada, políglota, política y revolucionaria amante a quien llaman en toda América Latina “La libertadora del Libertador”. Si Bolívar fue un revolucionario, lo fue también por el coraje que tuvo de amar a una mujer como Manuela. En aquellos tiempos autocráticos los varones comunes no estaban en condiciones de amar el alma, la inteligencia y la fortaleza de Manuela. Probablemente aun no lo estén. Y es por ello que la mayoría de biografías y películas que en ella se inspiran se limitan a la exaltación del deseo carnal que al parecer inspiraba su belleza de mulata quiteña.

Una vida tan apasionada, tan política, tan extraordinaria es seductora. Por ello, me cuesta no deslizar este texto hacia un exquisito anecdotario sobre Manuela o a una relación de citas de las políticas, amorosas y deliciosas cartas que la pareja se escribía. Es nuestro deber resistirnos para seguir el hilo de nuestras afirmaciones. Insistimos en que una, y quizá la más poderosa, de las influencias para que Bolívar impulsara la educación femenina fue Manuela.

Y no vayan a creer que nos referimos a una influencia vulgarmente directa y tendenciosa. Más bien nos referimos a la influencia que provoca en los demás la educación de una mujer. La hegemonía del saber por parte del varón está a todas luces demostrada incluso en nuestro tiempo. De manera que las mujeres instruidas más allá de los estándares promedio generan presencias poderosas, a decir de Betty Friedan. Con la consiguiente desgracia de ser desligadas de sus grupos, de su género, no son vistas como mujeres, son calificadas de “excepciones”. Y nadie  puede negar que en el ideario latinoamericano Manuelita ha sido así tipificada.

Era una presencia excepcional cuyo saber que no era poco, influía en su círculo y cómo no en el hombre que la amaba. Manuela Sáenz, hija de una esclava y un español, sabía cuatro idiomas, había sido educada en letras y ciencia en un monasterio quiteño. Su abuela le inculcó una disciplina lectora envidiable. Cuando cayó en desgracia luego de la muerte de su defendido Bolívar se fue a Paita, y siguió leyendo.

Su influjo no fue de belleza ni de poder brutal y masculino, fue de saber y de conocimiento. Fue tal que aquel militar de costumbres tiranas comprendió el bien que hacia la educación en una mujer y quiso hacer que Manuela no fuera la excepción sino la regla. Propició las condiciones para crear un puente entre nosotras: la educación. Por ello, aunque han pasado los años afirmamos sin dudarlo que Manuela, Clorinda y Trinidad fueron una sola.

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