El cuento contemporáneo

Tercer artículo introductorio sobre el cuento.

Si llamamos “contemporáneo” a todo aquello que corresponde a nuestro actual modo de ser y estar en el mundo, debemos aceptar que en materia de cuentos, leemos los de Edgar Allan Poe como si hubieran sido escritos ayer. Se editan en antologías o por separado. “El gato negro”, “La caída de la casa de Usher”, “Los crímenes de la calle Morgue”, “El escarabajo de oro”, son relatos muy populares entre los adolescentes y los jóvenes; “La carta robada” es tema de investigación y análisis de varios teóricos, lo mismo que “La verdad en el caso del señor Valdemar” y otros.

Lo cual no pasa con los cuentos de sus antecesores Tirso de Molina, Lope de Vega, Voltaire, Stendhal, Balzac, Musset, Larra, Espronceda o  Washington Irving, pues con ellos debemos hacer un esfuerzo adicional para entender el modo de hablar o de escribir de la época, imaginar los principios por entonces vigentes, los temas de interés colectivo; todo lo cual nos aleja aunque sea levemente del relato. Ellos no son nuestra cultura viva.

Poe inicia la historia del cuento contemporáneo caracterizado por su brevedad, su voluntad de estilo y su notorio deseo de ser “literario”, esto es, valer como literatura por sí solo y no por servir de ayuda a cualquier otra intención didáctica, religiosa, moral o política; a cualquier afán documental, histórico, descriptivo; a toda tesis o dogma; por más importantes que estos sean en sus respectivos campos. ¿Esto significa que un cuento no nos enseña nada sobre el mundo? Es como dice Cortázar, “la comunicación se opera desde el poema o el cuento, no por medio de ellos”.

El primer tipo de cuento basado en estas premisas es el que Poe llamó “cuento de efecto único”, del cual son variantes el cuento de terror, el de suspenso, el cuento policial y el de ciencia ficción, tipos de cuento de los que él mismo fue iniciador, además. “Narraciones extraordinarias” es de 1840.

A partir de Poe muchos seguidores han escrito en cada especie cientos de cuentos que han tenido y tienen gran lectoría. Hasta ahora hay narradores jóvenes que buscan el “efecto único” al escribir; así como hay lectores que aprecian sobre todo la sorpresa, el efectismo romántico en un cuento.

Pero muy pronto, también en Estados Unidos, apareció otro tipo de relato breve, el llamado cuento de “color local” o “costumbrista”. Los cuentos de Poe y sus seguidores inmediatos estaban ambientados, según las convenciones de la época romántica temprana, en lugares exóticos y tiempos pasados: el medioevo, la conquista, Francia, España, Italia, Alemania, la Alhambra, etc. Con el mismo criterio autores como Mark Twain, Francis Bret Harte o Ambrose Bierce contaron sobre personajes y costumbres del oeste norteamericano y hechos de la Guerra Civil poco conocidos por los cultos lectores de las grandes ciudades del este. Pero ya estábamos al menos dentro del mismo país.

Por esos años en España Mesonero y Larra escribieron también relatos costumbristas, en libros que fueron nuestra influencia directa en Perú.

Lo que hace el cuento costumbrista es cambiar el énfasis en las acciones propio del cuento de efecto único, por énfasis en el ambiente y la presentación de los personajes. Solo varía el rasgo “dominante” (Jakobson: “el componente focalizado de una obra de arte”) en la estructura del cuento; no desaparece la historia, pero ahora está al servicio del color. La búsqueda de realismo en el color local lleva a la transcripción de los modos de hablar, de pronunciar y de ordenar las palabras en las oraciones características de grupos étnicos y regionales; lleva igualmente a la descripción del espacio y de los usos y costumbres, los problemas típicos y las diferencias raciales regionales. Nuevos protagonistas saltan a la luz y nuevas geografías se ofrecen al lector.

El cuento de color local dará origen en América Latina al Indigenismo en todas sus variantes nacionales, incluido nuestro actual neoindigenismo peruano. Rulfo, Carrasquilla, Payno, y en Perú, López Albújar, Ciro Alegría, José María Arguedas, y los actuales Óscar Colchado, Jara, Padilla, Rosas y otros, son de algún modo tributarios de aquel original interés romántico por lo popular y lo regional.

Otro tipo de cuento contemporáneo, a pesar de que surge en el siglo XVII, es el modernizado cuento fantástico. Relatos breves de historias que rompen los márgenes de lo real y las leyes del saber común, que violan nuestro sentido de lo usual y verdadero, que exploran mundos posibles a veces paradójicos. La teoría de lo extraordinario se viste aquí de metafísica, de anomalía o de absurdo. “Su tema —según Ítalo Calvino— es la relación entre la realidad del mundo que habitamos y conocemos a través de la percepción, y la realidad del mundo del pensamiento que habita en nosotros y nos dirige. El problema de la realidad de lo que se ve: caras extraordinarias que tal vez son alucinaciones proyectadas por nuestra mente; cosas corrientes que tal vez esconden bajo la apariencia más banal una segunda naturaleza inquietante, misteriosa, terrible, es la esencia de la literatura fantástica, cuyos mejores efectos residen en la oscilación de niveles de realidad inconciliables”.

“Descenso al Maelstrom” y “El coloquio de Monos y Una”, de Poe, son ejemplos iniciales de esta corriente, les seguirán los cuentos fantásticos de Kipling, Stevenson, Henry James, Kafka, Calvino, Borges, Cortázar, y muchos otros. En nuestro país Ribeyro escribió algunos cuentos fantásticos magistrales; en Arequipa Yuri Vásquez ha escrito otros; pero este subgénero es de los menos cultivados.

La dominante en los cuentos fantásticos es la ruptura del realismo y su verosimilitud causal o lógica; persisten los elementos estructurales del cuento, solo que en lugar de poner el peso en el efecto único, en lo cómico de los personajes o en su exotismo, la fantasía figurada es la que organiza a todo lo demás.

Julio Cortázar, que se reconoce un autor de cuentos fantásticos, cita a Jarry: “El verdadero estudio de la realidad no reside en las leyes sino en las excepciones de esas leyes”.

Pero hay otros tipos de cuentos que merecen también el nombre de contemporáneos. En el siguiente artículo hablaremos de los cuentos que llamo “epifánicos” y de los cuentos minimalistas.

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