Alfajores

Una visita a La Curva

 

Fuimos a La Curva llevados por la fama de sus chicharrones: media hora de viaje desde Mollendo en una combi llena de trabajadores; extasiados por los olores de la vegetación confundidos con el aroma salino del mar, aturdidos por la música de los parlantes, apretujados en los estrechos asientos, pero contentos, viajamos los tres.

A medio camino Santino se durmió.

Al llegar el chofer nos señaló en la vereda de en frente una “picantería” (“La Chilenita”): “Solo hay dos”, nos dijo, “y son iguales”. Nos metimos allí y pedimos la carta. “¿Cuál carta?” nos dijo un muchacho que hacía de mozo. “¿Qué hay?” preguntó mi esposa.

Pedimos un plato de chicharrones y un “americano”, para probar. Los precios eran más altos que los de Arequipa. Media hora más tarde mi esposa dejó la mitad de su plato sin tocar y yo me había quedado de hambre con un par de chicharrones un poco duros que vinieron en medio de un plato rebosante de encebollado. Salimos descontentos de allí.

Pero el aire de La Curva era acogedor, de modo que decidimos dar un paseo. La Curva es una calle principal, curva, claro está, con casas modernas a los lados y callecitas perpendiculares que penetran como un rastrillo entre las chacras. Tomamos un sendero y fuimos por ahí, enseñándole a Santiago los nombres de árboles y de pájaros. Recogimos algunas flores silvestres y al rato nos volvimos.

Hallamos una plaza, una iglesia y una feria sabatina. Y de pronto a un lado divisé el letrero de  “Alfajores Vildoso”. Algunas veces en Mollendo habíamos encontrado esos paquetes deliciosos de alfajores de tradición andaluza, y a mí, en especial, me gustaba mucho su sabor y su textura. De manera que lleno de entusiasmo animé a mi familia a una visita. Dato curioso: cada cinco minutos llegaba un carro particular, de familia con niños, siempre con niños, y todos se arrimaban a la cola. Salían unos y llegaban otros en un fluir constante de gente feliz.

Cuando tocó nuestro turno pedimos una de cada cosa deliciosa que allí se ofrecía: queques de varios sabores, alfajores de miel y de manjar, pasteles, dulces. Por si acaso: sabe Dios cuándo volveremos a este rincón del paraíso.

Curioso yo, me asomé al aromoso pasillo que penetraba en la fábrica, vi mujeres en uniforme frente a una amplia mesa untando manjares en las hojuelas, vi hombres apilando leña, y por allí pasó un joven con aires de dueño. Hablé con él: se llama Leonit Zapata Vildoso y en realidad es el administrador del negocio, la dueña es su madre, doña Teófila Vildoso. Me contó en una apretada síntesis cómo hace ya casi un siglo empezó en La Curva la práctica de los dulces de caña y de alfajores, y cómo la señora Daría Valdivia de Juárez empezó a ganarse fama de ser la mejor fabricante de postres en el pueblo y poco a poco en toda la región. Luego pasó a su hija Concepción Juárez de Vildoso el cuadernito con los secretos más valiosos de su larga experiencia y la heredera amplió el local y la venta enriqueciendo la tradición, también fue ella la que asumió el apellido Vildoso para su marca. Ahora es su hija, en esta línea de tradición matriarcal, la que continúa con la piadosa empresa de llenarnos de dulces la vida.

Tuve ocasión de conversar con ella, doña Teófila: mujer muy atenta y generosa. Me contó algunas anécdotas más de su vida y me invitó a probar un alfajor recién salido del horno.

Una delicia fugaz e inolvidable.

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