¿Por qué enseñar Literatura?

Un par de buenas razones

El curso de Literatura era parte importante de la Educación Secundaria hasta los años 70. Con la adopción del modelo Constructivista por parte del Ministerio de Educación, Literatura (Peruana, Universal) fue resultando incómoda en un sistema de aprendizaje que ponía el énfasis en lo evidente, en lo práctico e inmediato. La debacle para las Humanidades llegó con el “pragmatismo” del que se jactaba Alberto Fujimori mientras cerraba el Congreso. Literatura, no se sabe cómo ni por qué, pronto pasó a ser solo un tipo de Comunicación, que a su vez era la parte menor del currículo. Hubo colegios que sin pudor alguno eliminaron del Programa todo lo que oliera a poesía o a cuento; el “Preuniversitario” todavía pone el peso en Matemáticas y Ciencias, ya que el Balotario de Ingreso a la Universidad apenas trae dos preguntas de Literatura, de sesenta. La educación secundaria empezó a formar a los jóvenes peruanos en la idea de que abrieran su propio negocio, que fueran “emprendedores” y que arreglaran su futuro por su cuenta.

Con el nuevo modelo educativo de Educación Integral llega la hora de reintroducir Literatura en los colegios y en los Estudios Generales universitarios. Aquí propongo dos (primeras) razones para hacerlo.

1. Distinguir entre Realidad, Ficción y Mentira.

La ideología consumista o de mercado ha logrado imponer la idea de que la Literatura y las Artes son en el mejor de los casos un adorno, un entretenimiento o una forma de la elegancia de las personas; en el peor, una pérdida de tiempo y de dinero. La cultura hoy está hoy ligada al ocio. Si hay tiempo, leeremos algo ligero para descansar o iremos a la inauguración de una exposición a socializar.

Sin embargo, los estudios sobre la formación de la subjetividad han descubierto que el desarrollo de una consciencia semiótica que controle el rol de la ficción en la sociedad es indispensable para la buena separación de las esferas de la Realidad y la Fantasía, y para el descubrimiento del poder del embuste y la mentira.

El niño aprende sus primeras lecciones sobre la ficción cuando empieza a jugar, a otorgarle a sus juguetes existencias imaginarias, roles, relatos, que constituyen lo que el célebre psiquiatra inglés Donald Winnicott llama “un espacio transicional”, un espacio intermedio entre el mundo objetivo y la subjetividad pura, un espacio en el que la madre establece con su hijo o hija un acuerdo, un contrato de amor por el cual ambos hacen “como-si” aquello fuera real sabiendo que no lo es. La madre no se burla del niño por su falta de realismo y el niño la invita a vivir en ese mundo de juegos sabiendo que luego ambos lo cerrarán para pasar a los alimentos o al sueño. Por eso se llama “espacio transicional”.

El “hacer-como-si” infantil se convertirá después en el sustrato del placer de la creación científica y de la ficción literaria, de la imitación lúdica socialmente compartida. Lo importante de la apertura y el entendimiento de ese espacio transicional es que al mismo tiempo que alimenta la imaginación trabaja para que el niño aprenda a separar sus experiencias del mundo real y las de su mundo interior imaginado. Como escribió Jean Marie Schaeffer, miembro del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia: “Lejos de ser una excrecencia parasitaria de una relación con la realidad, la actividad imaginativa, y por tanto el acceso a la competencia ficcional, es un factor importante para el establecimiento de una estructura epistémica estable, es decir, para la distinción entre el yo y la realidad”. Sin esa distinción bien formada los seres humanos tienen dificultades para orientarse en el mundo y aún más para ser inventivos.

La literatura vista como un hacer-como-si juguetón y no como un documento de ciencias sociales permite mantener alzado el muro entre realidad e individualismo subjetivo y narcisista; y que el sujeto reconozca por lo tanto qué pertenece a la realidad objetiva y qué no es más que su creencia, error o deseo. La literatura le enseña que la Realidad se produce mediante un acuerdo de atribución social de significados a las cosas y los hechos, que la Realidad es también una construcción, solo que, a diferencia de la Literatura, la Realidad está convertida ya en hecho natural intersubjetivo aceptado tácitamente por todos. La Literatura en cambio nos enseña a imaginar, nos enseña a crear, a ampliar y mejorar el mundo real.

Pero además la lectura de obras literarias nos prepara para reconocer el papel negativo de la mentira y la manipulación de la verdad, porque el mundo de las novelas es un fingimiento sano, y adoptado de común acuerdo entre el autor y el lector. Ambos saben que el cuento no será tomado por lo real sino por lo posible, no hay ningún intento de mentir o engañar. Dice Schaeffer: “La función del fingimiento lúdico es crear un universo imaginario y empujar al receptor a sumergirse en ese universo, no inducirle a creer que ese universo imaginario es un universo real”.

En cambio la mentira es un fingimiento serio, que busca inducirnos al error. Nadie miente anunciándonos que va a mentir. Su propósito es sustraernos la Realidad, alterar nuestras percepciones y obtener con ello beneficios, por lo común en dinero contante y sonante. Todos recordamos el teatro que armó Fujimori fingiendo que buscaba a Montesinos por todo Lima. Después, cuando se supo la verdad, comprendimos que don Alberto es un disociador, un corruptor de los pactos sociales y del requisito número uno de la comunicación sana: “Sé sincero”.

Aprender a leer Literatura nos sirve para aprender a leer el libro de la Naturaleza, para ubicar mejor los límites de nuestro Yo, para tomar consciencia de los graves efectos de la mentira, para respetar nuestros pactos sociales y para defender la verdad a toda costa.

2. Aprender Valores

Toda obra literaria se levanta sobre un esquema de valores, de conceptos binarios opuestos. El bien y el mal, la bondad y la maldad, la inteligencia y la estupidez, el individualismo y el colectivismo cívico. El Romance los toma como en blanco y negro, como absolutos corporizados; el Realismo los combina, los entremezcla y gradúa hasta parecerse a la Realidad. Pero en ambos casos los valores son el corazón de la Literatura, lo que nos atrae de ella. No digo que el buen autor predique sobre los “buenos” valores, por lo común solo los pone en duda, los cuestiona, explora sus límites; pero sin duda lo suyo son los valores humanos.

Los mundos imaginarios en los que suceden las novelas nos pueden servir como laboratorios de experiencia ajena en donde aprender los tipos de personas, las circunstancias, las sutilezas, la belleza y la fealdad, los aciertos y los errores sin sufrir las consecuencias de la vida real. No es que representen al mundo tal cual, sino que representan al mundo imaginado por el escritor, muestran su “visión del mundo”; y nosotros al analizar una obra entendemos cómo se forman esas visiones, por qué y para qué.

Los escritores son unos visionarios, unos seres capaces de mirar donde nadie ve, en el mundo abstracto de los significados y los valores, y plasmar esas visiones metafísicas en historias aparentemente muy reales, accesibles a nuestro interés. No trabajan con un plan racionalmente preparado sino sobre apasionadas experiencias personales, pero son capaces de ver en ellas lo trascendente, lo general. En ese sentido, la literatura es una experiencia vicaria.

Para el lector, aprender a descubrir ese trasfondo es aprender a descubrir los mecanismos de la significación, la manera convencional como le atribuimos un sentido y un valor a las acciones humanas, a las luchas, los triunfos y las derrotas, a las dudas y el fanatismo. El “sentido” es la máxima ganancia de leer grandes obras. Los escritores mediocres no crean sentido, repiten lo que todos saben o todos dicen, con un poquito de sabor local. Es fácil reconocer a los mediocres: siempre cuentan y valoran lo-ya-sabido, lo ya dicho, lo que se supone que todo el mundo quiere leer. ¿Está de moda la juventud?, cuentos de drogadictos y alcohólicos; ¿está de moda el fútbol?, cuentos de fútbol; ¿está de moda escribir sobre la guerra interna?, novelas sobre Sendero. Los mediocres trivializan la vida, no buscan en ella una verdad, solo repiten el zumbido monocorde al que Lacan llama “el murmullo del lenguaje”. Los buenos escritores siempre están contra la moda, en la vanguardia de la búsqueda de nuevos terrenos mentales para simbolizar.

Buenos escritores aparecen uno o dos en una década; en todo el mundo, digo. Pero juntando sus libros hay para meses y años de lecturas placenteras y edificantes. Eso es el Plan Lector. La enseñanza de la Literatura es enseñanza del hábito de leer, en primer término; pero también es enseñanza de maneras inteligentes de leer. Cuando uno aprende lo que es una gran novela no le pasan los bodrios mediocres que todos leen por esnobismo. Aprende el “control de calidad”. La Literatura es antes que nada un aprendizaje de la valoración.

En la película “Whiplash” un profesor desmedido y manipulador dice una gran verdad a su alumno de batería. Le cuenta la historia de cómo Charlie Parker se convirtió en Charlie “Bird” Parker, el gran saxofonista de jazz. Fue a tocar en la banda de Jo Jones y lo hizo mal. Jones le arroja el platillo de la batería por la cabeza. Pero Parker va a casa, llora una noche, y después practica y practica; y al año siguiente toca el mejor solo de toda la vida. Luego el profesor resume:

—Imagínate si Jones hubiera dicho “Están bien Charlie, lo has hecho bien. Buen trabajo”. Entonces Charlie piensa “Humm. Está bien, lo hice bien”. Fin de la historia. No existiría “Bird”. Para mí esa es una tragedia absoluta. Pero eso es lo que el mundo quiere ahora. La gente se pregunta por qué el jazz está muriendo. Yo te digo que cada álbum de jazz que ponen en un café es una porquería. No hay dos palabras más dañinas que “Buen trabajo”.

La Literatura es el culto a la belleza. El arte es la creación más perfecta del ser humano, la que lo acerca a los dioses. Por eso su proximidad no puede ser más que beneficiosa, por eso hay que enseñar a los jóvenes a amar y respetar todo aquello que está hecho con anhelos de eternidad, con pasión y con muy grandes dosis de esfuerzo. Enseñarles a reconocer la perfección y a repudiar la mediocridad. Eso les dará una buena señal de qué hacer con sus vidas.

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