Sobre escritores y tumbas

Por: Percy Gerardo Prado

El gran poeta latino Virgilio gastó una fortuna en el entierro y la construcción de un mausoleo para su querida mascota. Quizá no habría nada de raro si el animalito hubiera sido como Argos, el fiel perro de Odiseo que esperó 20 años su regreso a casa; sin embargo, la mascota de Virgilio era una mosca. De acuerdo con algunos cálculos, el poeta romano se gastó un equivalente a 200 000 euros en las pompas fúnebres y la construcción de la tumba para su mosquita muerta.

En realidad, lo que hizo Virgilio fue pasarse de mosca. Gastó semejante cantidad de dinero con el solo fin de evitar que el Imperio romano le quitara sus propiedades. En aquella época se decretó una especie de reforma agraria en favor de los viejos soldados. Quienes poseían grandes extensiones agrícolas se vieron obligados a ceder una buena parte a los veteranos de guerra. Al tener un mausoleo construido en medio de ellas, las tierras de Virgilio tomaron el título de sagradas y lo que es sagrado no se toca ni se quita porque con el diablo se desquita.

Al parecer, toda esta historia es invento de algunos amantes de la literatura clásica, quienes se habrían inspirado en el Culex (El mosquito), epopeya paródica atribuida a Virgilio. El héroe de este poema es un mosquito asesinado de una cachetada por un pastor (ya sabemos que las cachetadas son mortales para los mosquitos). El alma del chupadorcito de sangre regresa del inframundo para reclamarle a su matador por haberle dado tremenda e injusta bofetada. Según el draculino díptero, lo que él había hecho, en realidad, era despertar al pastor de un piquete para que este no fuera mordido por una víbora. El hombre, patéticamente arrepentido, decide, en gratitud, enterrar al culex con grandes pompas.

A continuación veremos cómo es mejor morir siendo un mosquito que siendo un novelista ruso.

A León Tolstoi parece que le cansó ser monumental en vida y obra que, para su estadía en el más allá, eligió el pequeño claro de un bosquecillo al final de un sendero incierto.

Según el escritor Stefan Zweig, esta es la tumba más hermosa del mundo. Dice: “Nada de este mundo resulta más monumental que la suprema sencillez”. A todos sorprende que un grande como Tolstoi tenga una tumba tan sencilla, sin cruz y sin corona. Claro, cuando te has pasado la vida siendo un novelista ruso del siglo XIX, lo que uno espera es la abundancia, no la moderación. Sin duda, podríamos hallar más hojas en los libros escritos por Tolstoi que en este bosquecillo de árboles sembrados por el propio autor.

Tolstoi fue un gigante en vida, un extraordinario novelista, y miren la lección de humildad que nos da. Las moscas y mosquitos deberían aprender.

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