Palma y los tradicionalistas arequipeños

Por: Willard Díaz

Ricardo Palma empezó a publicar sus tradiciones a los dieciocho años más o menos, la primera sería “Consolación”, en la Revista de Buenos Aires, según el crítico mejicano Urdapilleta-Muñoz. Hay que recordar que en 1863 se editan sus célebres “Anales de la Inquisición de Lima”; a los que seguirá la primera serie oficial de “Tradiciones” en 1872, publicada por la Imprenta del Estado. Entre 1851 y 1872 que aparece el primer libro de Tradiciones pasan veinte años de escritura continuada de estos breves textos que iban tomando forma y depurándose a medida que el autor ganaba en experiencia, se alejaba de su romanticismo original y ampliaba sus puntos de vista.

Cuando en los años 80 del siglo XIX en diversos puntos del país surgen nuevos tradicionalistas, como la cusqueña Clorinda Matto de Turner y los arequipeños Mariano Ambrosio Cateriano y Francisco Ibáñez, bajo la influencia de Palma, ya el género está maduro y ha tenido reconocimiento oficial por la crítica nacional e internacional. Se trata pues de un maestro y sus epígonos.

Palma publicará hasta 1983 seis series de Tradiciones y aun después seguirá produciéndolas casi hasta su muerte. Lo cual hace medio siglo de trabajo continuado en este peculiar género. Sus epígonos en el sur, en cambio escriben una o dos series y abandonan la empresa.

CATERIANO

Mariano Ambrosio Cateriano nació en Arequipa en 1829, de modo que era cuatro años mayor que Palma. Fue hijo de una familia de medianos agricultores de ascendencia italiana que tenía tierras en el valle de Majes, un hermano suyo fue secretario de Ramón Castilla y luego Secretario de la Academia Lauretana y vocal de la corte, su hermana Manuela fue Priora del Convento de Santa Catalina. Mariano Ambrosio estudió en un colegio religioso y luego en la Universidad Nacional de San Agustín, donde recibió el grado de doctor en Jurisprudencia y en 1865 el título de abogado, si bien Eusebio Quiroz Paz Soldán lo considera “un historiador, antes que nada”.

La primera obra publicada por Cateriano fueron sus “Tradiciones de Arequipa o Recuerdos de antaño”, de 1881, luego vino “Ojeada sobre la vida de Monseñor Juan Gualberto Valdivia” de 1884 y una serie de textos históricos, que han sido reeditados por la Universidad Nacional de San Agustín como “Obras” en 1998. Nunca escribió ficción, hay que señalarlo porque es importante para lo que viene. Cateriano falleció en 2015, a los ochenta y seis años de edad. Palma murió en 2019.

La primera serie de tradiciones de Cateriano, de 1881, forman un libro con diecinueve textos. En 1909, en la revista “Prisma” de Francisco Mostajo publicó una segunda serie, con solo tres tradiciones.

Señala Quiroz Paz Soldán, que “las Tradiciones de Cateriano, consideradas en sentido estricto, no son ni historia ni literatura. Su lectura no solo es agradable, por la gratísima evocación que hace del pasado de Arequipa, en un lenguaje festivo y en tono humorístico, donde se realza conductas, formas de comportamiento social, actitudes públicas y problemas propios de una época en que el conflicto surgía por cuestiones nimias, pero que en la circunstancia en la que se producía, eran relevantes y de una magnitud que involucraba a autoridades y personajes encumbrados. Su lectura es también valiosa, porque apoyados los relatos en fuentes históricas, pueden resultar útiles para quienes en el presente realizamos investigación histórica, ya que contienen referencias que son verificables en otras fuentes. Por lo tanto, es lícito decir que las Tradiciones de Arequipa es una obra que puede ser clasificada como parte de un corpus historiográfico”.

Como se puede notar, también las Tradiciones de Cateriano van a sufrir de indefinición, pues en algunas veces son material literario y en otras, material histórico; pasa igual con Palma.

Lo cierto es que podemos encontrar hasta dos tipos de textos en Cateriano, los que narran acontecimientos históricos la mayoría de los cuales son, en efecto, judiciales, de la Colonia, y sucedidos en Arequipa y Moquegua, que por entonces tenía por sede judicial a Arequipa; y los que narran historias de horror y de aparecidos cuya fuente histórica o no está muy clara o es solo la tradición oral.

En el caso de Palma, como bien señala Augusto Tamayo Vargas, se puede hallas tres modalidades: “la tradición estampa, la tradición-cuento; y la tradición per se a la manera innovadora de Palma”. La tradición-estampa, cuyo ejemplo es la escrita sobre Miller, se resuelve en pocos párrafos; la tradición-cuento es aquella en que el elemento ficcional es notorio, cuyo ejemplo es “Don Dimas de la Tijereta”; y la tradición a la que Tamayo llama per se, el verdadero producto de Palma, que es “mezcla de dato histórico y de prosa de ficción” (1973:225).

En el caso de Cateriano diríamos que casi no se hallan tradiciones de tipo estampa, pues la suyas suelen ser extensas; las hay de tipo cuento y de tipo tradición propiamente dicha, siguiendo la clasificación de Tamayo. En el caso de nuestro tercer tradicionalista en comparación, Francisco Ibáñez, diremos que sí existen en su libro “Tradiciones de mi pueblo” los tres tipos de Palma, aunque con variaciones como vamos a ver.

IBAÑEZ

Francisco Ibáñez Delgado (1827-1899) es probablemente el primer narrador de ficción con un libro publicado en Arequipa. A la muerte de su padre, que fabricó la primera imprenta de la ciudad a inicios del siglo XIX, heredó, con su hermano Valentín, las máquinas y el oficio; entre 1874 y 1884 Francisco Ibáñez recopiló y transcribió relatos orales de la región, recreó algunos de origen extranjero ambientándolos en Arequipa y probablemente imaginó los propios; colección que reúne en dos volúmenes, “Tradiciones de mi tierra” (1884) y “Cuentos de mi tierra” (1885).

Ricardo Palma ya había publicado por esos años algunas tradiciones arequipeñas, sueltas, que sin duda sirvieron de inspiración a Francisco Ibáñez y a Mariano Ambrosio Cateriano para sus respectivos libros.

Como las tradiciones-cuento de Palma, las tradiciones de Ibáñez son todavía deudoras de la narración oral de la región; sus historias son edificantes o humorísticas o costumbristas, concluyen todas con una décima moralizante; y no son ni pretenden ser cuentos, se adscriben al género nuevo introducido por Palma. Simón Martínez Izquierdo explica en el prólogo de “Tradiciones de mi tierra” que Ibáñez tiene tres propósitos: “Conservar los hechos para que no se pierdan en la memoria. Consignar los puntos históricos y algunas de las fechas que con ellos están consignados. Presentarlos como ejemplos para sacar de ellos deducciones aplicables a la enseñanza moral”.

Las tradiciones de Ibáñez están escritas en un estilo más llano que las de Palma y las de Cateriano, pues la formación académica de Ibáñez no tuvo los grados que la de estos; hay que recordar que Cateriano llegó a ser rector de la Universidad Nacional de San Agustín. En cuanto a estilo, sin duda fue Palma quien alcanzó los niveles literarios que merecían posteridad. Fruto de su larguísimo trabajo con el idioma, al que aportó el habla de los afrodescendientes y marginales de la costa peruana, y de su fino humor, la tradición palmista es más fácil y agradable de leer. En especial sus descripciones de personajes son muy divertidas; por ejemplo, “Visitación, gentil muchacha de veinte primaveras, con un palmito y un donaire y un aquel capaces de tentar al mismísimo general de los padres belethmitas” ¿Qué es un aquel? De otra muchacha dice que era “de bonita estampa y recia de cuadriles”.

Cateriano e Ibáñez tratan de imitar este gracejo, pero lo hacen desde la intriga más que desde el lenguaje. Contar relatos divertidos o historias de camanejos no logra transmitir ese color local que el lenguaje de Palma lleva dentro.

Habría que decir, en descargo de Ibáñez, que este sí dio el paso natural que ni Palma ni Cateriano dieron, de la tradición, que ya contenía elementos ficcionales, como son el uso de un narrador caracterizado, unos finales de sorpresa, un efecto único, al cuento propiamente ficticio que, aunque conservara un aire de oralidad imborrable, ya tentaba no deberle mucho a la realidad circundante o del pasado y liberar al autor del locus de control que el documento implica en la Historia.

Esto podría explicar por qué las tradiciones en nuestro país tuvieron tan corta vida y alcance; porque el cuento moderno, que empezó justo por los mismos años las desplazó, y acabó por separar en dos géneros distintos la historia y la ficción. El cuento moderno ya no dejaba espacio para el cuento de tradición oral entre la comunidad letrada. Además, los historiadores empezaron a hacerse cargo de su trabajo y el papel de conservadores de la tradición y forjadores de la identidad peruana se fue especializando, con nombres propios.

En Arequipa Francisco Mostajo desde finales del XIX y a comienzos de XX haría el trabajo del historiador y el crítico, mientras que María Nieves y Bustamante con “Jorge o el hijo del pueblo”, y una pléyade de cuentistas arequipeños antologados por el mismo Mostajo en “Pliegos al viento”, de 2008, se encargaron de modernizar la prosa de ficción.

CONCLUSIÓN

En conclusión, si comparamos los textos de Ricardo Palma con los de nuestros tradicionalistas arequipeños Cateriano e Ibáñez, podemos decir que mientras Palma dedicó su vida a la concepción, desarrollo y perfeccionamiento de este género típicamente peruano, sus epígonos recibieron la tradición en su estado ya bien definido, maduro, y poco pudieron hacer por él salvo replicarlo. Palma fue un tradicionalista casi a dedicación exclusiva, Cateriano lo fue circunstancialmente y su carrera fue más bien la de un jurista y un docente, mientras que por su parte Ibáñez era tipógrafo y periodista de profesión, y casi inmediatamente de publicar su libro de tradiciones se abocó al cuento. Palma no escribió cuentos de ficción moderna, lo hizo su hijo Clemente; Cateriano no estuvo interesado en la ficción literaria.

En Arequipa el cuento desplazó rápidamente a la tradición y a fines del siglo XX ya teníamos varios cuentistas bien dotados tal como se puede apreciar en la Antología de Francisco Mostajo. Con ello desapareció la tradición al pie del Misti.

En Arequipa las tradiciones tuvieron un carácter más histórico y didáctico que en Lima, la nuestra era una ciudad más señorial, Lima ya conocía la heterogeneidad racial y cultural que Palma acrisoló en su estilo literario. No obstante, podemos decir que la Tradiciones son un género importante en todo el país para la forja de la identidad nacional y que su rol histórico merece estudios más exhaustivos a la luz del análisis del discurso, la semiótica tensiva y la nueva retórica.

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