EPIFANÍAS DE UN MAESTRO

“Contar un cuento”, según Rosa Núñez Pacheco

Hace nueve años publiqué una entrada por el Día del Maestro en mi blog Palabra viajera. Hoy quiero retomar esas palabras que escribí con sincero afecto que no se ha perdido con el tiempo. El texto de entonces decía más o menos lo siguiente:

Uno siempre recuerda a las personas de quienes aprendimos algo, más aún si ese aprendizaje se forjó en el tiempo generando así un afecto imperecedero. Recuerdo así mi temporada cuando ingresé a la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional de San Agustín, era el último año de la década del ochenta. A diferencia del resto del país, en Arequipa no se vivía el clima de violencia y caos que había en otras partes, mucho menos en la universidad, al contrario, yo percibía un florecimiento en el área de la cultura y las artes. Mi escuela no escapaba a ello, las actividades literarias eran frecuentes y se extendían fuera de los claustros.

En todo ese clima positivo, Willard Díaz, mi profesor de entonces del curso de Latín y luego en Análisis de textos literarios, desempeñó un papel muy importante en el despertar literario de muchos jóvenes que concurríamos a sus clases. Descubrió el talento de unos y encaminó el de otros. Sus consejos oportunos sobre los libros a leer, sus comentarios en torno a nuestros escritos, su impulso a la concreción de talleres literarios y publicación de revistas, etc., hizo que esos años fueran muy productivos e intensamente vividos. Ese espíritu motivador que siempre lo ha caracterizado con el tiempo se plasmó en importantes publicaciones como su libro de cuentos “Diario del retorno”, sus dos volúmenes “Técnicas del cuento” y el manual “El ensayo. Propósito y Estructura”; además de sus trabajos publicados en la revista Apóstrofe que dirige hace muchos años y la página cultural “Arte y Cultura” del diario El Pueblo.

Precisamente, en su libro sobre el ensayo, Willard Díaz anota en la presentación que “quisiera que este libro se sume a lo mejor del espíritu agustino, a ese corazón imbatible que alienta el ideal de una academia seria y fecunda, al servicio de Arequipa”. Sin duda, no solo ese libro se suma a ello, sino toda su labor realizada a lo largo del tiempo dentro y fuera de los claustros universitarios.

Ahora, nueve años después, quisiera que estas palabras también sean un homenaje renovado a un maestro, colega y amigo. Me ha invitado a presentar su último libro “Contar un cuento”, que, aunque en la carátula se lo catalogue como manual, este no puede ser tomado como un simple recetario con consejos para escribir un cuento, sino más bien como lo dice el propio autor en el prólogo: este es un libro de retórica poética.

Precisamente, estas dos disciplinas clásicas que son los pilares de los estudios literarios, Willard Díaz ha sabido unirlas de una forma equilibrada en varios sentidos. Una de ellas es la destreza que emplea para combinar aspectos teóricos y técnicos sobre el cuento, ya sea a través de la reflexión propia, producto de su experiencia dentro y fuera de las aulas universitarias, o apoyándose en la inconmensurable tradición literaria que registra en una amplia y selecta bibliografía; y la otra es a través de la transparencia del lenguaje que permite que el libro pueda ser aprovechado a cabalidad por neófitos y por expertos en el arte de la escritura.

De los diecisiete capítulos que conforman el libro, me gustaría referirme especialmente a los cuatro primeros.

En “La formación de un escritor”, el autor se ocupa acertadamente de las cinco fuerzas que convergen en el trabajo del escritor: la imaginación, el talento, la disciplina, la experiencia y el dominio de la técnica.

Recuerdo muy bien que en sus talleres de narrativa enfatizaba que quienes aspiraban a escribir debían ser conscientes de estos factores, porque si bien no se puede tener todas estas fuerzas a la vez y en la misma magnitud, salvo honrosas excepciones, sí es posible lograrlas en base al trabajo continuo y la actitud decidida que exige la literatura. Basta pensar en la disciplina que escritores como Vargas Llosa ha cultivado a lo largo de toda su carrera literaria, o García Márquez que afirmaba que el oficio del escritor exige el 99% de transpiración y 1% de inspiración.

Los capítulos segundo y tercero se ocupan, respectivamente, de la definición y la historia del cuento.

A partir de la definición que Edward Friedman da del cuento: “una narración ficticia breve escrita en prosa”, Willard Díaz la desmenuza y la enriquece con breves, pero agudas reflexiones, y en particular su referencia al teórico húngaro Georg Lukács y su consideración del cuento como “la forma más puramente artística”, deja sentadas las bases para aproximarnos al cuento como el género más exigente, ya que demanda al escritor una dedicación de trabajo de artesano, que pule palabra a palabra su obra escrita, como fueron las obras de grandes escritores como el norteamericano Edgard Alan Poe, creador del cuento moderno y creador de la teoría del cuento de efecto único,  el ruso Antón Chejov o el irlandés James Joyce, iniciadores del cuento epifánico.

Precisamente, el capítulo cuarto lo dedica al cuento epifánico de James Joyce. Creo sin temor a equivocarme que es el tipo de cuento al que Willard Díaz siempre le ha prestado una especial atención, no solo en el plano teórico sino también en su propia práctica como escritor.

En el capítulo en mención, el autor refiere un pasaje de la novela “Stephen el héroe” de Joyce, donde el protagonista expone toda una concepción de la belleza basada en el concepto de epifanía de Santo Tomás de Aquino, para quien la belleza provenía de la conjunción de tres elementos: integridad, simetría y esplendor, y se sintetizaba en su frase “Claritas est quidditas”. De ahí se deriva la concepción epifánica del cuento de Joyce: el cuento como un todo. De ahí también se deriva la concepción del cuento epifánico como una forma o la poética de lo epifánico que propone Willard Díaz.

Su libro “Contar un cuento” apela a una rica intertextualidad literaria, que se engrandece aún más en función a la competencia literaria del lector. Personalmente, considero que su libro dialoga de par a par con el libro “Técnicas de la ficción narrativa. Contención y locura” de Leon Sumerlian, en cuya introducción Mark Schorer escribió: “Una sociedad sensata tendrá cuidado en preservar la libertad de su cultura literaria, del hombre de letras, precisamente porque este ha asumido un combate necesario con el mundo y la experiencia. Su tarea es imponerle una forma, un orden”.

El libro “Contar un cuento” está dirigido a cumplir esa función, es decir proveer una forma al mundo y dar sentido a la realidad. Esto, precisamente, nos lleva a la pregunta clásica ¿para qué sirve la literatura? La respuesta solo la podemos encontrar en la propia literatura, por ello quiero citar un fragmento de la novela “Vieja escuela” de Tobías Wolff, que además encaja muy bien con la labor de maestro que Willard Díaz viene cumpliendo desde hace muchos años:

“¿Por qué suscitaban tanto interés los profesores de literatura? Comparados con los hombres que enseñaban física o biología, ¿qué sabían en realidad del mundo? A mí me parecía, y no solo a mí, que sabían exactamente lo que más merecía la pena saber. A diferencia de nuestros profesores de matemáticas y ciencias, que se limitaban a su materia, ellos tendían a ser omnicomprensivos. Aficionados como eran a la disección, nunca dejarían una novela o un poema esparcidos en trozos por ahí como una rana destripada apestando a formaldehído. Los volvían a coser con historia y psicología, filosofía, religión, e incluso, ocasionalmente, ciencia. Sin hacer concesiones a nuestro supuesto deseo de identificarnos con el héroe de un relato, te hacían sentir que lo que le importaba al escritor también te importaba a ti.”

En estos tiempos, donde reina el caos, la posverdad, la ignonimia, y tantas otras perversidades, la literatura adquiere un mayor sentido: la de crear otros mundos. El escritor actúa como un auténtico visionario que, en su arduo afán de cincelar la realidad con el lenguaje, proyecta nuevas posibilidades a nuestras existencias. El cuento, en esa perspectiva, tiene la fuerza atómica para liberar la energía creativa; y el libro de Willard Díaz se convierte en una herramienta imprescindible para lograr ese esplendor.

 

 

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