El primer compatriota

Por: Percy Prado

Al inicio de la sanguinaria rebelión de Hernández Girón, en 1553, el verdugo más famoso de la época, llamado Juan Enríquez, decapitó y descuartizó en una noche a varios hombres. La misma suerte hubiera corrido el padre del Inca Garcilaso de la Vega de no ser porque, junto a otros vecinos del Cusco, escapó por los tejados de la casa donde se hallaban reunidos los hombres fieles al rey de España.

Los rebeldes los buscaron, pero los asustados vecinos habían ya ganado la calle trasera y guiados por Gómez Suárez de Figueroa, de tan solo 13 años, llegaron a la casa de un aliado donde obtuvieron refugio. Este hecho demuestra el temple del adolescente que, más adelante, se bautizaría a sí mismo, en honor a su padre y a su familia materna, con el nombre de Inca Garcilaso de la Vega.

Hijo de una noble quechua y un capitán español, a los 20 años de edad, siendo aún Gómez Suárez de Figueroa, viajó a España tras la muerte de su padre. Ya en la madre patria, cambiaría su nombre y se alistaría en el ejército del rey para luchar contra los últimos reductos de moros en el sur de la península.

Con la espada, el Inca Garcilaso defendió a los españoles y destacó por su valor y arrojo. Años después, con la pluma defendería a los indios, mestizos y criollos del Perú entregándonos el más extraordinario alegato en favor de una patria reconciliada con sus dos grandes mitades.

En la segunda parte de su mayor obra, Los comentarios reales, el Inca nos ofrece su visión del Perú con estas palabras: “A los indios, mestizos y criollos de los reinos y provincias del grande y riquísimo imperio del Perú, el Inca Garcilaso de la Vega, su hermano, compatriota y paisano, salud y felicidad”.

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