Pensamiento mágico

Por: Raúl Romero

A pocos meses del fallecimiento de mi padre, sigo componiendo ideas sobrenaturales o fantásticas para darle sentido a su ausencia. Tal es así que, como un explorador delirante, me he empeñado en encontrar un nuevo significante a su significado, intentando descubrirlo transmigrado en diversos tipos de aves o insectos.

Por ejemplo, una mañana en la que me encontraba especialmente angustiado, vi a un hermoso colibrí reposando a través de la ventana de la cocina y, con el tono de voz familiar con que solía dirigirme a él, le dije: “¿papá?”.

Desde entonces, y hasta que nos mudamos de casa, mi novia Cali y yo nos acostumbramos a identificar a ese picaflor con mi progenitor. “Hoy día he visto a tu papi”, me decía Cali mientras preparábamos el almuerzo, como si fuese un hecho corriente que mi padre muerto se hubiese reencarnado en un ave tornasolada.

En otra ocasión, mi sobrina Andrea y yo nos quedamos contemplando una mariposa camino a la tienda. Esta se había posado sobre la hierba y desplegaba sus alas con ribetes amarillos con una sencillez exultante. No mencioné nada a la pequeña Andrea, pero dentro mío albergaba la certeza de que su corpulento abuelo, que al momento de su muerte pesaba cerca de cien kilos, se había transmutado en ese diminuto y etéreo insecto.

A esta forma extraña de razonar se la denomina pensamiento mágico y puede ser considerada, por lo menos para la cultura occidental, como un disparate o una forma de locura. Pero en otras latitudes y culturas, es bastante aceptada.

Así, yo prefiero suscribir, junto a Lafacadio Hearn en su texto sobre las mariposas y las creencias japonesas, que estas pueden ser el alma de un muerto o de un vivo, por lo cual, toda mariposa que entra en una habitación debe ser acogida con grandes muestras de cariño.

 

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