Memorias de la tripa

Por: Oswaldo Chanove

En los años 50 en Arequipa, en la calle Santo Domingo, La Estancia, el restaurante presuntamente argentino del Ganso Benavente, introdujo definitivamente el gusto por las carnes al carbón. Y luego, cuando yo ya estaba por abandonar definitivamente el colegio se abrió con bombos y platillos en la avenida Jorge Chávez el Rico Pollo. La novedad del pollo “para llevar” fue también acogida con increíble entusiasmo.

Fue en ese momento cuando se inició la era de los restaurantes orientados al consumo masivo. Antes, según me cuenta mi padre, si descontábamos a las picanterías, la manera más económica de comer en la calle consistía en visitar alguna de las muchas pensiones. Estaba por ejemplo El Zolezzi, justo frente al Teatro Municipal. Y, a un costado de la catedral, sentaba sus reales El Agustín, frecuentado por oficinistas o huérfanos temporales.

Para los sectores más tradicionales o menos exigentes, quedaba siempre el segundo piso del Mercado de San Camilo, donde los pizarrines anunciaban gran cantidad de ajíes y estofados, siendo el caldo de cabeza la estrella de la mañana. De este mercado lo único que a mí me gustaba era la leche cuajada endulzada con abundante miel. Muchas veces me presentaba ante mi madre como estibador voluntario de canastas sólo con la secreta intención de ganarme con una porción de cuajada.

Claro que en lo referente a golosinas la pastelería La Lucha tenía una hegemonía casi histórica. Su primacía sólo fue desafiada en los años setenta, por el Astoria, sucesora de la Paivita, que vendía queso helado con porción de pasteles, y la Escalante, que introdujo hojaldres ligeramente más sofisticados.

En lo referente a dulces el más alto recuerdo lo tiene para mí, sin embargo, la heladería Dalmacia, en la segunda cuadra de Santo Domingo, que era atendida por un flaco caballero de prominente mentón que había sido atormentado por las fuerzas del eje en alguna parte de la península de los Balcanes. Aunque claro, si me remonto hasta el más antiguo momento de deleite, tendría que mencionar los Angelitos (arroz hinchado y acaramelado) que mi Mamina, María Teresa Alcocer, me compraba en una tienda de la esquina de puente Grau, en la ruta hacia la Quinta Vargas. Y, cómo olvidarlas, esas tunitas moradas que indias del valle del Colca ofrecían en estratégicas esquinas. Y las peritas de Tiabaya. Y las dulcísimas varitas de caña. En aquella época no había mucha oferta de golosinas comerciales, pero recuerdo fascinado unos chocolates rellenos llamados Ali baba y Hawai. Tiempo después aparecería el Pibe, de D’onofrio, que revolucionó nuestras naturistas adicciones.

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