Nuestro (único) artista contemporáneo

Entrevista a Miguel Cordero, por: Willard Díaz

Según Alain Badiou el Arte Contemporáneo se caracteriza por su ataque a las categorías fundamentales del arte tradicional: en vez de la obra le presta atención a la realización de la obra, a la performance; en lugar del genio creativo llamado Autor, con mayúsculas, prefiere al trabajador de símbolos e imágenes, y así cualquiera puede ser artista; y por último, es propia del arte contemporáneo la absoluta falta de respeto por los géneros puros, pintura, escultura, teatro; lo suyo es la mezcolanza de los materiales, el empleo indiscriminado de todo lo que haya a la mano para representar un concepto artístico.

Puestas así las cosas uno se pone a pensar, ¿qué artistas arequipeños podríamos considerar plenamente contemporáneos? Solo hay uno que llamaríamos así, en los términos de Badiou, y es Miguel Alonso Cordero Velásquez.

Miguel Cordero estudió entre 1989 y 1994 en la Escuela Nacional Superior Autónoma de Bellas Artes del Perú; luego en la Academia de San Carlos de la UNAM (1996-97), y de 2001 a 2002 en la Byam Shaw School of Art. Ha realizado uno de los proyectos más ambiciosos de performance de la región, el “Pachakchaki”, una especie de ciempiés humano con chompa cuya imagen es posible apreciar en su Facebook y que ha merecido el reconocimiento de la vanguardia internacional. Miguel, Miguelón para los amigos, responde aquí algunas de las muchas preguntas que quisiéramos hacerle.

He dicho que eres casi el único artista propiamente contemporáneo que tenemos en Arequipa, a la luz de las consideraciones de Badiou, Groys o Foster. ¿Cómo te piensas?

Soy un animal de escasa comprensión lectora; en estricto, los fluidos de la reología de Boris Groys me resultan densos, los itinerarios de lo clásico, romántico, moderno y contemporáneo de Alain Badiou me resultan semejantes a un interprovincial sin descanso entre Tacna y Tumbes y, a pesar que reconozco que el texto “Archivos y Utopías en el arte contemporáneo” de Hal Foster me encantara, no dejo de ser un ejemplo de la desnaturalizada educación peruana: un lamento escolar.

Efectivamente, la referencia a estos precisos momentos; es decir, al mes de junio del 2020 de algún calendario de compañía cervecera o de un taller automotriz, de ningún modo acredita que la pintura o escultura recién concluida pueda considerarse como una obra de arte contemporánea. Para ello es necesario, entre otras cosas, tener un sentido transversal a otras disciplinas, saber diferenciar las experiencias de los soportes poéticos —es mejor presentar un video de un asalto que una representación pictórica del mismo—, tomar consciencia de que el proceso y lo efímero son de tanta importancia como el resultado final de lo hecho; se debe aceptar al objeto y sus cargas de memoria contenidas para su apropiación, también hay que entender y hacer uso de la materialidad —arte povera— como, del mismo modo, se tiene que asimilar que lo formal muchas veces quedará de lado frente al rigor de la idea o que lo individual puede derivar a un trabajo de carácter colectivo o incluso comunitario, como me ocurrió con la población de Patabamba para “El Pachakchaki” o “Saco para ciempiés”, en Cusco.

En Arequipa hay varios artistas comprometidos con la obra contemporánea a los que no suelen dárseles tribuna por un tema de “yo soy el dueño de la chacra” o “no me vengas con tonterías” –una exageración-, la escena characata se establece por mediocres pugnas de poder direccionadas desde el lado prevaleciente y, aunque no lo crean, además, desde otra perspectiva, por principios religiosos. A propósito, en “Peregrinaciones de una paria”, Flora Tristán escribió entre 1833 y 1834: “El clero ha ayudado a la revolución, pero no ha pensado en abandonar el poder y lo conservará por mucho tiempo todavía”… ¡Vaya constante!

Quiero resaltar dos ejemplos mistianos de real liderazgo y militancia artística contemporánea: Nereida Apaza, quien recientemente ganara una beca del Museo Británico en Londres (no hay antecedentes de premio tan distinguido entre artistas peruanos) y Jesús “Choqollo” Álvarez, cuya participación fuera de una importancia memorable en la presentación del libro “El fin del armario” de Bruno Bimbi, en el Hay Festival del 2018.

Bueno, al menos parece que eres el que más se divierte con todo esto. ¿Qué tiene que ver el humor con el arte contemporáneo?

En la “paleta cromática” del arte contemporáneo, el humor podría tener una equivalencia con el azul cobalto. Yo elegí ese color o el color me eligió a mí. Las otras variables del azul como el prusia, cerúleo, pthalo o ultramar podrían representar arbitrariamente a la muerte, lo sensual, la enfermedad o la violencia respectivamente.

Si pienso en la muerte la relaciono al suicidio de Alberto Greco quien escribió en una pared “esta es mi mejor obra” y en su mano izquierda la palabra “fin”, mientras los barbitúricos acababan con él. Si pienso en la sensualidad me remito invariablemente a las grecas, a los delicados bordados y a la presencia de cabello en las prótesis de María Katayama en la última versión de la Bienal de Venecia. Si asocio la enfermedad la vinculo a Madame Orlan puesto que es acusada de trastornos mentales debido al sometimiento reiterado de la cirugía plástica en procura de alcanzar los estándares de belleza y, finalmente, si considero la violencia puedo tomar como ejemplo el arte corporal en las radicales performances de Bob Flanagan ante la fibrosis quística.

Después de lo expuesto, ciertamente, el humor termina siendo el marrasquino sobre una torta de chocolate. Nada más gratificante que darme la vuelta al mundo en 80 días vistiendo la capa de invisibilidad de Harry Potter en el itinerario establecido por Julio Verne. Ante una pregunta semejante del 2008 “¿Es importante el humor en tu obra?”, contesté: Con el ceño fruncido y la seriedad del caso, sí. Pasarme once meses estudiando para ser criminalista, ocho para entrenador de fútbol y seis para ser panadero confirman mi devoción.

¿Y crees que hay una carga política, de crítica social en este tipo de arte?

Fíjate, coincidentemente estoy leyendo “Ficciones disidentes en la tierra de la misoginia” de Miguel López, en la que el discurso gira en torno del feminismo en el Perú como autodeterminación estructural de vida en oposición a las jerarquías de dominio patriarcal. Miguel, codirector y curador en jefe de TEOR/ética (Costa Rica), institución dedicada al arte de Centroamérica y el Caribe llega al grado de respaldo con ese argumento que la escritura está realizada con la opción neutra de “estes”, “elles” y “aquelles”. Desde la erradicación de lo masculino, blanco y heterosexual la opción política se desarrolla a partir de experiencias artísticas relativamente próximas en el tiempo y siempre enmarcadas en la disidencia ante esas hegemonías.

Imposible estar ajeno ante la inequidad y el abuso político; de hecho, tanto es así, que si tuviera que hacer un listado de las obras más importantes del arte contemporáneo del país, ese factor, sería el punto en común.

Lo evidencio: “Perú, país del mañana” de Juan Javier Salazar; “Perra Habla” de Natalia Iguiñiz; “Caja Negra” de Alfredo Márquez y Ángel Valdez; “Se Vende O Se Alquila” de Lalo Quiroz; “Los funerales de Atahualpa” de Marcel Velaochaga; “Gloria Evaporada” de Eduardo Villanes.

¿Qué te inspiró la idea del Pachakchaki?

“El Pachakchaki” o “Saco para ciempiés” surgió como todo lo bueno que ofrece el delirio azaroso: un acrófobo visitando las ruinas de Pisac en calidad de container.

Resulta que aquella vez el temor me indujo al miedo y el miedo al pavor. Boca arriba e hiperventilado intentaba serenarme mirando las nubes y encontrándoles formas hasta llegar al sosiego. Ya en calma vi desde una perspectiva descendente y en picada un pastizal con algunas vacas. En ese momento hubo una especie de transubstanciación salvaje: NADA COMO LO INÚTIL y SI ES UTÓPICO, MEJOR. Esa vista casi cenital me permitió imaginarme el método por el cual las vacas pudieran escribir… hambre bóvida, intervención a los pastos, rechazo en las papilas gustativas, kerosene y figura y fondo.

A los años, en agosto del 2016, entré en contacto con don Benicio Champi, jefe de la comunidad de Patabamba, poblado ubicado en la parte alta de Coya a 3,900 msnm, en el Valle Sagrado de los Incas. La primera reunión fue extremadamente rara, de desconcierto para todos porque casi de inmediato les planteé a las integrantes de la Asociación Artesanal Llapan Pallay Yachac el trabajo conjunto de las chompas de alpaca para alpacas –colección primavera, verano, otoño e invierno, “El Pachakchaki”, y la obra en curso de la “Chompa Jorge Chávez para un Boeing 737-200 de Aerocontinente”.

Lo que en apariencia eran unas propuestas de desborde total de insania, hoy me permiten el cariño de la comunidad en lo que supuso una evidencia de lo irracional.

El “Saco para ciémpies”, tuvo una serie de modificaciones conceptuales hasta que se liberara conscientemente del puro visualismo inicial. La belleza de una línea humana surcando las montañas, confirmó un acto  de sobrecogimiento poético extremo, en la que la sentencia de Paul Klee “Una línea es un punto que sale a caminar” resultó precisa. Un yo colectivo, campesino, festivo y solidario atravesó parte de los Andes para recordarnos que el sentido de peruanidad está ausente abusivamente a partir de los 3,500 msnm. Un camino de cicatrización y reivindicación terminó haciendo ironía a la imagen exportable de “Marca Perú”. Concluyo señalando que “El Pachakchaki” se inició a principios del 2017 con recursos propios, se expuso en el Centro Cultural Ricardo Palma en Lima y, penosamente, no fue aceptado para exhibirse en un Centro Cultural de Arequipa.

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