Cambiar para no cambiar

Una buena razón, por: Darwin Foster Acuña

En su mayoría los artistas del medio local coinciden en considerar el clima arequipeño como excepcional, carente de los rigores de invierno y los abrumadores estíos de la costa, caracterizado por un cielo diáfano con 300 días de sol al año. Con temperaturas que no suelen elevarse más allá de los 25 ºC, y muy rara vez desciende debajo de los 10  ͦ C. Con estas características Arequipa se convierte en cuna de grandes artistas y el lugar predilecto para mostrarlo en sus actitudes y condiciones plásticas.

Nuestros artistas se dejaron absorber por el colorido y virtudes geográficas de la ciudad al mismo tiempo que ella emergía como una metrópoli que en combinación con sus calles y paisajes más tradicionales se ajustaba al gusto del artista arequipeño, quien, a pesar de no estar totalmente articulado al desarrollo de la sociedad, asume de alguna manera un distintivo en su progreso y evolución que difiere de las demás regiones del país.

PINTURA AREQUIPEÑA

Según los estudios del historiador Saúl Quispe, la pintura arequipeña se desarrolló dentro de un panorama ciertamente indiferente, en comparación con las propuestas de vanguardia de la capital. Los antecedentes de nuestra pintura propiamente dicha se remontan a la figura más representativa: Fernando Zevallos, quien, formado en Europa, inició el labrado de los primeros surcos en una tierra carente de una tradición artística.

Inclusive nuestro arte precolombino no presenta cualidades notables; la pintura colonial, tampoco cuenta con caracteres distintivos, inferior a escuelas coloniales de los vecinos más próximos como la escuela cuzqueña.

Por otro lado, nuestra crítica de arte desafortunadamente fue algo modesta, poco acertada y objetiva. No ha sido posible establecer diferencias entre épocas; quizás porque la calidad de las obras es muy parecida. Se habla de un proceso plástico local como uno solo, aunque con autores diferentes. La relación entre uno y otro interactuando en un mismo proceso de desarrollo generó un estilo diferente y original que responde más a una realidad que se traduce en ciertas deficiencias y limitaciones técnicas por falta de una formación académica institucional, pero que lograron distinguirse como un arte con identidad nacional.

Se tiene informe de que antes de Fernando Zevallos, en la época de la República específicamente en Arequipa, se contaba con pintores que estaban al servicio de la Iglesia Católica. La actividad plástica por lo general se hacía por encargo de los cleros más representativos de la corona; es decir, la pintura estaba bajo el control de la burguesía.

De pronto los artistas fueron absorbidos por la influencia de los pintores formados en Europa, quienes cautivaban a los artistas locales con novedades y propuestas traídas del viejo continente, especialmente de Francia que en ese momento era la Meca del arte universal. Por ello los pintores arequipeños del momento se convertirían en nuestros más ilustres representantes y referentes de la plástica local, aunque sólo tuvieron acceso a nombres y a las imágenes de obras por catálogos que compartían los que llegaron de Europa, pero no tuvieron acceso a conceptos o argumentos que envolvían a estos nombres y obras.

Esta influencia del viejo mundo, que la menciona Mirko Lauer, provenía de pintores destacados de todo el siglo XIX, entre ellos, maestros académicos, románticos, impresionistas y post-impresionistas, fundamentalmente franceses. El arte francés arraigó fuertemente a la plástica nacional, pero esos maestros de la pintura universal venían a su vez influenciados por otros maestros, corrientes, conceptos y argumentos teóricos. Cito el caso de los impresionistas, quienes influidos por la pintura de William Turner (1775-1852) irrumpieron en el escenario mundial de las bellas artes con una propuesta audaz, impactante y demás elocuente. William Turner, por su parte, fue fascinado por la teoría de los colores de Goethe, la estudió, analizó e hizo referencia a ella en los títulos de muchas de sus obras.

EL CENTRO ARTÍSTICO

Es a partir de Fernando Zevallos que se establece una nueva forma de plástica local, que sería el punto de partida o el mayor precedente de una larga evolución a cargo de sucesivas generaciones de pintores que sin una preparación académica institucional desarrollaron los caracteres que distinguirían a lo que a la postre denominaríamos Escuela de pintura arequipeña.

José G. Álvarez, distinguido pintor arequipeño, sería el encargado junto a José Luis Villanueva de fundar el Centro Artístico, el 6 de agosto de 1890, con el objetivo de formar una sociedad que pueda divulgar, desarrollar y fomentar las Bellas Artes del sur del país, como lo describe Omar Zevallos Velarde, en su contribución al libro “Arte Premiado” 2018.

Este acontecimiento importante nace por la falta de una formación académica regular. Es preciso entonces saber que el Centro Artístico fue la primera escuela no oficial de arte del sur del país, que impartió clases y calificaciones como lo haría una escuela oficial, planteándose objetivos claros en la enseñanza de las artes bajo la dirección de Álvarez, quien actuó como sostén principal del centro donde enseño por más de 40 años gratuitamente, por puro amor romántico al arte.

El Centro albergó a muchos otros artistas llegados de diferentes regiones del sur del país. En él se generaría un ambiente cultural vinculado al crecimiento y desarrollo de la sociedad, a la par diferentes instituciones públicas y privadas que se involucrarían directamente en sus actividades. Otra de las cosas que es preciso resaltar del centro artístico es que no fue un lugar que sólo cobijó a los más importantes artistas plásticos de la época sino también fue un lugar donde se congregaban calígrafos, fotógrafos, arquitectos, músicos y poetas, contando incluso con la participación del científico arequipeño Pedro Paulet. En dicho centro resaltarían nombres como Jorge Vinatea Reynoso, Martin Chambi, Manuel Domingo Pantigoso, los hermanos Vargas, entre otros.

Entre sus muchas actividades Centro Artístico destaca las habituales salidas al campo de manera grupal:

La salida al campo a pintar fue una costumbre que quedó en la pintura arequipeña. Los paseos plásticos fueron importantes desde el punto de vista educativo por ser una suerte de dinámica grupal, en la que la interacción de los participantes permitía la transmisión de conocimientos y posibles defectos que habrán de caracterizar la plástica arequipeña” (Saúl Quispe; Tesis de grado 1984).

Esta práctica se hace relevante y se prolongaría consolidándose como parte de una tradición que trasciende fronteras. El Centro Artístico y sus enseñanzas acabaron por marcar la dirección que tendrá la pintura arequipeña, ciertas características que la definirían como Escuela de Pintura arequipeña.

El historiador Saúl Quispe concluye en su tesis de grado lo siguiente: “La pintura arequipeña tal como la conocemos en años recientes tiene un proceso diferente a lo nacional y sus características serán por lo tanto diferentes, así, en Arequipa desde los tiempos del Centro Artístico los pintores han sido fieles al realismo expresado generalmente en el paisaje”. (1984).

Con este fuerte apego a lo tradicional que comenzó en los tiempos del Centro Artístico, sería uno de los caracteres que definen a la pintura arequipeña.

El Salón de los independientes contó con varios pintores arequipeños encabezados por Manuel Domingo Pantigoso y su objetivo fue contraponerse a la propuesta del Pintor cajamarquino José Sabogal. Cabe recordar que en aquel tiempo la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú ENSABAP se encontraba bajo la dirección de Sabogal  que acababa de suceder al pintor Daniel Hernández quien dirigió dicha escuela desde sus inicios. La propuesta de Sabogal se originó también como movimiento de reacción al oficialismo de Hernández que pregonaba una temática con incidencias europeas académicas de mucho virtuosismo en lo técnico, pero lejos de considerarse una manifestación plástica con identidad nacional. Hecho curioso, si mencionamos que muchos artistas se sintieron desplazados por no cultivar la forma de expresión plástica indigenista, tendencia impuesta con vigor por Sabogal, y se unieron en un esfuerzo colectivo para presentar una propuesta alternativa.

Los Independientes fueron liderados por Ricardo Grau, de formación realizada en Europa, junto a otros artistas que también habían recibido formación extranjera. Todos se presentaban sin un estilo único y no tenían un programa artístico en común; entre ellos se encontraban los arequipeños que se presentaban con su ya típica propuesta tradicional que los identificaba como escuela. Saúl Quispe describe lo siguiente en su citada tesis de grado; “La unión de autodidactas provincianos de motivaciones tradicionales en la temática, no podía tener las mismas aspiraciones e intereses que los liderados por Grau, formados en Europa y suscriptores de tendencias pictóricas de vanguardia”.

No es que el Grupo quisiera romper con el Indigenismo tan de moda, sino que aspiraba a una democracia cultural donde todo el que quisiera exponer su arte pudiera hacerlo sin condiciones. Mientras que Sabogal solo permitía que los alumnos de Bellas Artes exhibieran en sus salones siempre y cuando las obras no se apartaran de la línea del indigenismo que él mismo había establecido.

Entre tanto el pintor arequipeño siempre arraigado a sus orígenes encontraba en la fidelidad al realismo un medio de reforzar su identidad no solo por sus frecuentes salidas al campo de manera grupal sino por su fuerte apego al ya tradicional costumbrismo arequipeño. Sin embargo por el carácter inquieto, rebelde, entusiasta del pintor arequipeño dará un pequeño salto sobre la regla general al explorar otras formas de expresión plástica sin ser más que ciertas excepciones, pero que bajo nuestra consideración serán poco relevantes por la poca trascendencia de sus autores. Entonces entendemos que, como dice Teodoro Núñez Ureta, el pintor arequipeño nunca quiso ser abstracto.

En conclusión, es evidente la escuela de pintura arequipeña es más el resultado de la falta de una formación académica regular. Por lo tanto, si partimos de la premisa de que todo artista para producir su obra se vale o toma de referencia otro artista y este a su vez es influido por otro artista, concepto o teoría, entonces podemos decir que la pintura arequipeña aunque posea un sello distintivo o característico, aún está en vías de desarrollo y se presta para una continua importación de material tanto didáctico como técnico para enriquecer su arte.

(Maestría de Artes, UNSA.)

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