La arcilla y yo conversamos

Entrevista a Germán Rondón, por Gladys Raquel Barrientos La Serna.

Germán Rondón Valdivia es un destacado escultor arequipeño con gran trayectoria nacional e internacional, ganador del Concurso “100 años de Seal” organizado por el Museo de Arte Contemporáneo de Arequipa en 2005. Realizó numerosas exposiciones, desde 1980 con su muestra titulada “30 Puertas se abren de un solo golpe” hasta noviembre de 2021, en que realizó una Exposición Bipersonal “Curandero Ácrata”, junto a su hijo Pedro Rondón Almuelle.

 

¿Podríamos decir de usted que es un artista contemporáneo?

Primero, quisiera aclarar que yo no me siento artista contemporáneo, a las justas un poco moderno, pero contemporáneo no me siento. Me parece que las galerías sobre todo a nivel mundial han tratado de racionalizar el llamado arte contemporáneo, porque les interesa continuar ganando dinero, han visto la forma de publicitar una serie de obras y convencer a la gente de que eso es prestigioso arte contemporáneo.

En realidad, creo que sí existe el arte contemporáneo, pero no me siento contemporáneo. El “contemporáneo” que significa estar con el tiempo actual diferente, es muy complicado y muy sutil, porque normalmente nosotros vivimos más bien en los recuerdos, vivimos de creencias, nuestra mente no está en el presente. Creemos que vivimos en el presente, pero estoy casi seguro que no. Porque en el momento que hacemos un juicio, que vemos algo que no nos gusta o que nos gusta en realidad estamos recurriendo a nuestros recuerdos o a nuestras creencias, que son de muy atrás. Y podemos decir esto es lindo, esto es hermoso porque nos parece en ese momento muy contemporáneo, pero yo tengo mis dudas, probablemente no lo sea.

A mí me gusta mucho, por ejemplo, Salvatore Garau, que pone una cinta azul en el piso y dice que allí hay una escultura, pero que para ver esa escultura tenemos que recurrir al poder de nuestra imaginación. Entonces si en ese espacio él cree que está, vamos a decir, una pareja, si hago el esfuerzo imaginativo de verla, creer que están allí, que las puedo ver, eso me encanta; porque ese es el poder de la imaginación, el poder del arte. Se puede dar en un niño, en una persona que no está pretendiendo hacer arte, en un adulto, en un anciano, en un grupo, alguien que puede estar haciendo arte contemporáneo pero no sabe que lo está haciendo, porque es sutil y efímero. Probablemente si tuvieran estudios y más conocimientos podrían llegar a decir es arte contemporáneo lo que estamos sintiendo y viendo en este momento, y entenderlo así.

¿Qué cree que caracteriza a sus obras?

Son más que nada emocionales, creo. Pienso que hay en ellas mucha imaginación, mucha emoción. Trato de hacer que participe la arcilla, no todo el tiempo la controlo: “quiero hacer tal cosa que tiene que ser así”. Si no sale como yo he hecho el diseño, entonces sigo intentando hacerlo; no hago eso, porque en el momento que estoy trabajando a veces hago un corte o algo diferente, y la arcilla se resquebraja o hace un quiebre que me parece maravilloso, y lo mantengo y continúo con lo que pretendía hacer. Así siento que de pronto me vuelvo un instrumento, no una persona que quiera controlar este material, sino más bien que entre ambos conversamos.

En la exposición Re – encuentro, realizada en 2010, se muestran personajes de una ciudad, piezas que fueron expuestas crudas, que ingresan a una fuente de vidrio que al final de la exposición se llenó de agua, y los personajes adquieren la categoría de barro nuevamente; ¿Consideramos ello como una renuncia a la permanencia de la obra y que usted propone una obra frágil y momentánea?  

Sí, pero no partió así. Comencé sintiendo que me estaba encasillando, entonces dije voy a usar otro tipo de herramientas, y voy a hacer algo que no se pueda vender, que no haya nada detrás de mi mente que me esté diciendo, ese color no va gustar, esa forma no va gustar; nada. Eliminar toda posibilidad de autocrítica y eliminar las herramientas que siempre usaba. Entonces solo trabajé con nailon, cortaba la arcilla con nailon e iba tratando de dar algunas formas.

Sí tenía la intención de hacer una ciudad y salieron unos personajes de los cuales solo conservo dos crudos y no los quemé, justamente para no estar siguiendo los parámetros que se siguen para una exposición, y luego vender, como propone la galería, sino más bien, para sentir que había sido un trabajo lo más absolutamente libre, y además que después regresara a sus orígenes.

Cuando hicimos la exposición hubo gente que quería comprar, pero cuando se daba cuenta que era crudo ya no querían porque no les iba durar, se iba deshacer, no era lo normal.

Cuando las piezas fueron sumergidas en el agua se desintegraron y todo volvió a lo que fue antes, como pasa con nosotros, Cuando secó todo, lo que secó sí lo quemé y lo conservo; incluso quise escribir unas cosas en la tierra cruda, como si fuera arena de playa, pero me resistí porque dije, voy a contradecirme, lo voy a dejar tal cual. Lo guardé así y nadie sabe que esa pieza fue toda una ciudad.

¿Ha tenido otra obra artística con estas mismas características?

Una hace mucho tiempo, de la que tengo poco registro. Creí que había que escenificar al amor, a la moral, al instinto y la razón. Hicimos cuatro personajes vivos, nosotros mismos, subíamos a los ómnibus, fue una performance. Cada uno representó una categoría. La razón se concibió como un buzo de dos colores, mitad y mitad y se puso unas ramas alrededor; el amor era todo blanco; la imaginación era una mujer que tenía un montón de gudopil, pero se forró con una tela multicolor, parecía que su cuerpo era gordo pero sus piernas no, tenía una sombrilla de la que colgaba un montón de globos; y la moral era un hombre encorvado, jorobado, con un traje negro, como una leva, con sombrero negro, con bastón viejo, arrugado y encorvado. Así deteníamos el tráfico, tratábamos de contactarnos con la gente. Solo duró una noche, subíamos al ómnibus por delante y bajábamos por detrás, o viceversa.

Me han cautivado las obras en las que ha incorporado en sus esculturas una papa, haba, ajo, cebolla, y en otras obras en las que ha incorporado elementos reciclados. ¿Considera este acto como una mezcla de técnicas? ¿Qué lo motiva a realizar ello?

Eso de los ajos y de las papas fue porque estaba mirando en la mesa ajos y papas y otras cosas; y de pronto vi que me miraban y que tenían expresión. Entonces dije cómo hago para que la gente vea estas expresiones, e hice unos cuerpos no tan perfectos sino más bien medios juguetones, lúdicos, y en la parte de arriba ponía las cabezas, los rocotos, las papas, y una frase por allí que decía: “Si ves que este personaje te mira, es que todavía tienes un niño que puede verlo”. Esa fue mi intención.

Maestro; ¿y el de incorporar elementos reciclados?

Me gusta lo que se cree que es completamente inútil. Por ejemplo, ahora he enmarcado una malla, me parece hermosa, y claro la ven y siguen de frente porque dirán, éste quiere ser artista contemporáneo, éste quiere ser no sé qué. Pero en realidad no, porque lo que veo es que en esa malla hay muchas personas que trabajan para construirla, sea manualmente o en fábricas. Y que son muchas las personas que la usan, para pescar, para hacer su cerco, lo que sea. Sin embargo no es considerada un objeto de valor, simplemente es usada y botada.

El ser humano se ha acostumbrado a eso, a usar todo en su beneficio, sin ningún respeto, sin pensar que si no existiera eso que está usando no podría hacer lo que quiere lograr, o no se da cuenta de la cantidad de gente que trabaja para que él pueda tener eso, para que él pueda usarlo.

¿Existen algún material que lo identifique?

Creo que con lo que más me identifico es con la arcilla, me he acercado a la arcilla, y no creo que ha sido de manera casual sino porque he visto sus características: tiene mucha sensualidad, tiene mucha expresividad, es una tierra muy antigua, es como si uno cogiera un poco de universo en sus manos, es un material que habla, que dice mucho y que hace muchas cosas por uno mismo sin que uno las pretenda; y cuando  coce, también da sorpresas, entonces yo he tratado de encontrar un amigo o una amistad con este material que me permite conocerme.

¿En su opinión, se realiza arte contemporáneo en Arequipa?

La verdad, no sé. Me gusta cuando por ejemplo Miguel Cordero hace tejer como 20 ponchos pegados y rojos y mete luego a veinte personas dentro y las hace bailar por unos cerros como un ciempiés humano, entonces si siento que eso podría ser arte contemporáneo.

¿Qué opina sobre el mercado del arte contemporáneo?

En Arequipa el mercado es muy formal. Por ejemplo, son capaces de decir quiero una escultura bonita para este lugar, y que sea muy bonita, y uno no sabe qué estarán pidiendo, qué será bonito. O dicen de un azul muy hermoso.

Por eso yo no hago cosas por encargo. Solo tuve una experiencia y fue suficiente, porque nunca les gusta cómo queda, ellos tienen en su cabeza otra cosa. Mejor es terminar la obra y mostrarlas terminada y si les gusta, les gusta y si no les gusta, no les gusta.

En Lima es diferente; aparte que cuestan mucho más, la gente tiene más respeto y mucho más conocimiento de lo que significa una obra, son muy respetuosos, valoran más. De hecho los precios son cinco, seis veces mayores. Y en el extranjero ya el respeto es superlativo, porque cuando uno hace una pieza, es como si la empezaran a querer desde que comenzó a hacerse hasta que ya la tienen en su casa, y agradecen permanentemente.

¿Podría explicarnos de qué forma se venden sus obras?

Actualmente vendo por internet. Pienso mejorar ese sistema, me gusta mucho porque puedo llegar al extranjero, a cualquier lugar. En Arequipa hago exposiciones pero no dejo ventas en ningún lugar; simplemente si alguien quiere viene al Taller.

En Lima dejo en dos galerías. No hacemos exposición porque me cuesta mucho hacer una exposición en vivo, no es como la pintura que puedo pintar 20 cuadros, enrollarlos y llevarlos en un tubito; en la escultura si hay que llevar 20 piezas son 20 cajas. Tengo que gastar en embalaje, en carga, transporte y luego allá sigo gastando en la movilidad; no sé dónde guardar después las cajas, tengo que embalarlas bien y luego lo que no se vende volver a embalarlo, volver a traerlo o algunas cosas hasta regalarlas a algún amigo o amiga porque pesan mucho.

¿Los que adquieren sus obras de arte son nacionales o extranjeros?

Depende de las piezas que haga. Por ejemplo, las piezas que yo considero más artísticas se venden sobre todo en Lima y en el extranjero.

Durante la pandemia dije ¿qué voy hacer? Como tenemos espacio en casa pensé hacer una granja de conejos para vender; pensé una cosa así, media loca. Y mi nieta me dijo, pero las tienes que matar para vender y le dije sí, y me dijo: no, no tengas una granja de conejos. Pensé entonces porqué no hago conejos en cerámica. Hice conejos en cerámica y ese tipo de productos o de obras como se le quiera llamar, eso sí compran acá. Porque es como que lo reconocen, lo ven, saben quién lo ha hecho pero tienen también que entender lo que están mirando: es un conejo. Lo ven tierno y sí saben que es un conejo tierno y que además tiene el aspecto de mago, ah, qué hermoso, y lo compro.

Pero una cosa media extraña, media rara, no la compran.

(Maestría de Artes, UNSA)

 

 

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