Cronista de la pampa
W.H. Hudson es un claro ejemplo de la influencia del medio en el individuo, de cómo uno es el resultado de sus circunstancias.
Entre los fans de este autor de origen norteamericano, que eligió ser británico y nacido en Quilmes, Argentina, están Joseph Conrad, otro british vocacional, quien elogiaba la sencillez y naturalidad de su prosa. O el escandaloso D.H.Lawrence, contemporáneos suyos. O, Bruce Chatwin, el viajero consumado del siglo XX, también admirador suyo. Si la patria de un hombre es su infancia, entonces Hudson era pampero. Que desarrollarse su trayectoria profesional como ornitólogo, era una consecuencia lógica de la década de su niñez que vivió, conoció y disfrutó de la pampa argentina.
Hijo de unos norteamericanos extraordinariamente benevolentes en lo relativo a la educación de sus hijos, el futuro autor de “El Ombú”, “Mansiones Verdes”, “La Tierra purpúrea” o su evocadora “Allá Lejos y Tiempo Atrás”, gozó de libre albedrío en el extraño, inmenso y solitario entorno pampero, donde tanto los maestros como los mendigos, o los perros incluso, eran figuras itinerantes, recorriendo grandes distancias siempre a caballo (excepto los perros, claro) igual que los gauchos o los soldados durante la dictadura de Rosas -cuyo retrato, junto al de la difunta consorte del dictador, presidían la sala de la estancia de Hudson pater, admirador del funesto personaje-: “En aquellos días la gente era muy tolerante, no sólo con las alimañas, sino también con ciertos individuos de su misma especie, cuyas costumbres no eran menos predatorias” -escribe Hudson, criado en un entorno donde los gauchos se alegraban de degollar vacas, hombres, o ñandús y los soldados ejercían alegremente una crueldad sin límites-. El sui generis entorno del entonces niño Hudson estaba poblado, además, por vecinos -por así decirlo, dada la inmensidad de la pampa- encariñados con piaras de cerdos como animales de compañía, británicos trasterrados, invariablemente melancólicos, futuros suicidas, tanto si triunfaban como sino fracasaban tratando de ser estancieros, siempre casados con rollizas matronas de la localidad, entre muchos singulares personajes.
En ésa especie de Far West austral, cualquier acontecimiento asombraba a los infantes: “…nunca habíamos visto enterrar a un perro ni habíamos oído decir que pudiera hacerse algo semejante”.
A Hudson y sus hermanos los educaba su madre, excepto durante dos temporadas, en que su padre contrató a un par de maestros errabundos, outsiders de la enseñanza. El primero, una especie de Mr. Jeckill y Mr. Hyde, disfrutaba básicamente escenificando lecturas dickensianas y abusando de la botella de vez en cuando, siendo despedido ipso facto por la horrorizada madre de Hudson tras pegar a sus ignaros alumnos. El segundo, con idéntica afición a la dipsomanía ocasional, también británico con triste y previsible porvenir, dejó mejor recuerdo al futuro escritor de innumerables tratados sobre ornitología y cofundador de la Bird Protection Royal Society. En “Mansiones Verdes”, versionada para el cine con Audrey Hepburn como protagonista, recrea la inocencia de la vida en la naturaleza de forma lírica y final trágico y previsible, con una heroína con ánima de ave.
En “Allá lejos y tiempo atrás” detalla una visita al Buenos Aires de entonces: una pestilente ciudad con irónico nombre, sustentada en los mataderos de vacas como El Saladero, al sur de la capital: “La hediondez que he descrito no era más que uno, el primero y más extendido, entre los muchos olores repugnantes de aquella ciudad populosa, construída en un llano sin alcantarillado y sin suministro de agua”. Por si quedaran dudas, añade: “Buenos Aires se convirtió en la ciudad más pestilente del planeta y hubo que llamar a ingenieros ingleses para que hicieran algo por salvar a sus habitantes de la extinción”.
La feliz infancia de Hudson terminaría con una serie de pérdidas: de la estancia de su ingenuo padre, varias veces estafado en sus negocios, de su madre, que fallecería tiempo después. De su severo hermano mayor, decidido a estudiar en Gran Bretaña y quien años después, le prestaría un ejemplar de “El Origen de las Especies”, libro que impulsaría la vocación de escritor de Hudson. Y la pérdida de su propia salud juvenil: arreando unas vacas extraviadas de su padre, pasó medio día de pleno invierno cabalgando en plena tormenta. Estuvo sin sensibilidad en los pies y piernas y enfermó de fiebre reumática. Migró a Londres y jamás regresó al paisaje de su infancia.
“Cuando rememoro esas escenas desaparecidas, aquellas charcas cubiertas de juncos y flores, con su variada y multitudinaria vida animal…me alegra saber que nunca volveré a visitarlas, que acabaré mis días a muchos miles de kilómetros de allí y que conservaré en mi corazón la imagen de una belleza que ha desaparecido de la faz de la tierra”.
Sus inicios en la en todos sentidos gélida Londres los describía como: “Apartado de la naturaleza, enfermo, pobre y sin amigos”.
Aunque nunca perdió la sencillez de carácter adquirido en su feliz infancia: “Sé que el mío es un caso excepcional, que para mí el mundo visible es más bello e intenso que para la mayoría de las personas”.
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