El legado humanista

Ernest Hemingway

ERNEST HEMINGWAY cumplió años.

Un 2 de julio de 1961, a los 61 años de edad, en Ketchum, Idaho, murió Ernest Hemingway. Escritor pero sobre todo aventurero hasta el cansancio, amó la vida hasta más no poder. Aficionado a la caza, el boxeo, la pesca, las corridas y el amor. Participó en la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias en la Cruz Roja, pues una antigua herida en el ojo le impidió hacerlo como soldado; vivió la Guerra Civil Española como corresponsal del North American Newspaper Alliance, pero terminó peleando por el bando republicano; participó en la Segunda Guerra Mundial, en donde no pudo evitar la costumbre: dejó de narrar los hechos para participar en ellos, peleó durante la resistencia francesa contra la invasión nazi.

Desde pequeño entendió la fugacidad de la vida. Ver a su padre atender el parto de una india en un campamento; mientras en la misma habitación, el papá del recién nacido moría, le hizo sentir la necesidad de vivir al máximo. Siempre quiso escribir y por ello se dedicó íntegramente a su oficio. Entendía que para escribir había que tener talento, pero sobre todo disciplina (“La papelera debe ser lo primero que debe existir en el estudio de un escritor”); había que acercarse a la realidad, pero con la distancia suficiente para comprenderla (“Nunca escribas sobre un lugar hasta que estés lejos de él”); sobre todo, había que rescatar las cosas valiosas de la vida (“El mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar”).

En sus obras nos ha dejado muchísimo que comprender. Entre las principales: “Paris era una fiesta”, un ejemplo de que la vida es una celebración, a pesar de las precariedades, para quien no traiciona sus verdaderos anhelos; “Adiós a las armas”, una muestra de que incluso en el lugar más horrible y más desesperanzador del mundo se puede encontrar el amor; “¿Por quién doblan las campanas?”, un llamado al hombre a comprometerse por el bienestar de sus semejantes y encontrar la felicidad en ello; y “El viejo y el mar”, un canto a la perseverancia y a la lucha del hombre por alcanzar sus objetivos, sin importar el reconocimiento o la indiferencia del resto.

La pureza de sus ambiciones y su vida pueden encontrarse entre sus líneas: “He trabajado mucho y ahora te quiero, te quiero tanto como a todo aquello por lo que hemos peleado. Te quiero tanto como a la libertad, a la dignidad y al derecho de todos los hombres a trabajar y a no tener hambre. Te quiero como quiero a Madrid, que hemos defendido, y como quiero a todos mis camaradas que han muerto. Y han muerto muchos. Muchos. Muchos. No puedes imaginarte cuántos.”

Su final bastante trágico todavía resulta increíble para quienes lo siguen. Algunos consideran que su muerte se debió a factores genéticos, su padre también se suicidó. Otros, que se debió a trastornos psicológicos producto de dos accidentes aéreos. Hay quienes piensan que fue a raíz de la terapia de electrochoque que recibió a causa de una gran depresión en los últimos meses de su vida. También se habla de un trastorno de bipolaridad. Muchos creen que fue por un disparo accidental mientras limpiaba su escopeta. E incluso se habla de un complot de la CIA para eliminarlo. Lo claro es que Ernest Hemingway, cinco años después de ganar el Premio Nobel de Literatura, murió de un disparo en la cabeza. Lo encontraron muerto en el vestíbulo a la entrada de las habitaciones de su casa de campo. Desde ese día, la humanidad perdió a un buen escritor, pero sobre todo a un humanista que, afortunadamente, podemos disfrutar a través de sus páginas que persisten en el tiempo y que persistirán para enseñarnos que la vida tiene por objetivo principalmente dos cosas: ser feliz y comprometerse en la lucha incansable por construir, juntos, un mundo cada vez mejor. Que nuestra lucha, como el autor pensaba, sea un homenaje para aquellos que han muerto.

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