Sigo corriendo

 Dino JuradoDiscurso de presentación

 

“Sigo corriendo” es el título del esperado primer libro de una de las mayores promesas de la literatura sureña: Dino Jurado que sale bajo el sello editorial de Willard Díaz: “Apóstrofe”.

Son siete los cuentos que forman el conjunto del libro: “Una carta”, “Sigo corriendo”, “Apaga la luz”, “Morada”, “Lo último que pienso, lo último que digo”, “La pesca”, y “Quebrada de los perros”. Cuentos aparentemente construidos con un estilo pausado y simple; y sin embargo, cargados de una extraordinaria destreza en el arte de la narración, cuyo estilo nos trae reminiscencias de Chejov, Hemingway, Carver. Detrás de cada historia se insinúa una mayor, la más importante, la que no se dice y solo se sugiere en entre líneas. En cada construcción y en cada espacio vacío encontramos el conflicto del hombre con la cotidianidad, con el mundo contemporáneo. Entonces la anécdota en  los textos resulta ser un tema secundario que nos permite aproximarnos a la naturaleza humana y sus relaciones, y así vislumbrar la pequeña tragedia latente que terminará sobrepasando la historia. 

El primer relato, a manera de confesión personal del autor y del que se sirve como pretexto para la construcción de la historia, es una carta que, tras largos años de silencio en su producción literaria, dirige a una estudiosa en  la pretensión de recuperarse como escritor. La mejor referencia al tema del cuento la hace el mismo protagonista, al definir el libro de Hemingway, “París era una fiesta”: “una especie de épica de la escritura”. Y es precisamente de esta forma, apelando a la metaficción, como se describe la labor del escritor, las causas que lo impulsan en su oficio, los obstáculos que debe enfrentar. El texto irá fluctuando entre la anécdota de escribir un cuento ganador para un concurso y el deporte diario que se impone el protagonista para evitar cualquier malformación física. La carta sirve así como un punto de quiebre —acaso sea mejor decir una suerte de eslabón— entre dos etapas y dos tiempos en la vida del autor: una inicial y una madura; un antes y un después.

“Apaga la luz” es el retorno de un hombre a su hogar y a su esposa durante la Semana Santa. Este encuentro terminará enfrentándolo con el convencionalismo como la forma de vida habitual del hombre en la sociedad. El protagonista termina bebiendo todo el vino pese a ser consciente de su  adulteración, opta por el silencio para no comentar la falta de sal en la comida, niega no saber en qué mes de embarazo se encuentra la mujer pues eso significaría aceptar lo poco que aún entiende la paternidad. Ambos esposos contemplarán juntos la llegada de las aves a los árboles de la plaza; pero al final se descubren como seres extraños que se separan con la llegada de la noche. Él hundiéndose en el sueño sobre uno de los sillones de mimbre de la terraza; ella preguntando si podía encender la luz para finalmente dejarlas todas prendidas antes de irse a dormir a la habitación. 

Como si se tratara de un juego semiótico, “Morada” es la connotación no solo del color que adquiere la recién nacida al llorar, y que por un momento distrae al padre del tono amarillo que se fuerza descubrir infructuosamente en la niña; sino además el lugar común (con esto me refiero al estado anímico, circunstancias, emociones) de los padres primerizos quienes se atemorizan ante la noticia de que su primogénita no vendrá con ellos a casa y deberá permanecer en el hospital para hacerle exámenes de rutina.

El viaje de dos compañeros que conocen a un profesor, quien tiene razones peculiares para invitarlos a pasar la noche en su casa, será descrito en el cuento “Lo último que pienso, lo último que digo”. 

La ineficaz lucha del hombre por obtener pescados aparece en el relato “La pesca”. El protagonista ha elegido un lugar en las plataformas naturales sobre el mar, que está seguro le brinda mayores posibilidades de éxito. Sin embargo, lleva horas aguardando en aquel puesto de vigilancia y los peces no pican. La idea de frustración quedará reforzada con la presencia del perro que acude a beber el agua salada intentando calmar su sed y la aparición de otros pescadores anunciando que en las playas del sur los peces están picando como nunca. La noche caerá sobre la playa, agitando el mar y obligando al hombre a reconocer su fracaso.

“Quebrada de perros” es el nombre de una pampa circular protegida por una hilera de cerros donde se ha levantado el primer burdel  del puerto tiempo atrás.  Allí ha llegado el protagonista en busca de compañía y allí conoce a Ivana, la mujer con quien tiene intimidad y cuyo rostro ambiguo varía entre la ingenuidad y la sonrisa irónica de la mujerzuela; por lo que el hombre, que espera tomar una copa con ella en el bar, irá simultáneamente de la atracción al rechazo. 

El cuento más logrado del conjunto, es sin lugar a dudas “Sigo corriendo”. La historia comienza situando al personaje en su dormitorio. “El mundo entero está en silencio”, la televisión devuelve imágenes mudas que el hombre contempla esperando aletargarse y conciliar el sueño. Existe una sospecha latente que llena de tensión al relato. La habitación ha sido dominada por el silencio. Afuera, en el mundo exterior, todavía existe el sonido; y el recuerdo de este a través de la ventana semiabierta que conecta ambos mundos, le trae al hombre las conversaciones callejeras, colándose, el aullido lastimero del dementito. Entonces la ventana le devuelve la necesidad del sonido dentro de la habitación. Tomará el cassette y lo insertará en la grabadora. La descripción del efecto de la música es notable:

“Las notas que esa noche salen de los parlantes pertenecen a los preludios de Debussy; las reconozco a medida que avanzan; pienso en ellas. Imagino gotas que el aire mece y luego abandona a su suerte; gotas que caen sobre superficies cristalinas y se descomponen en formas; formas tan ágiles y contundentes como pensamientos precoces. Las sigo escuchando. Me hundo cada vez más. He caído en la música como en un mar distante, y allí estoy, vagando entre flujos y ondas, cuando escucho un ruido discordante y abro los ojos”.

El ruido que trasgrede el efecto de la música será producido por un ratón en la caja de los cassettes. Aunque la presencia del roedor simule ser solo un distractivo de la tensión, la irá acentuando pues nos revela el enfrentamiento del protagonista con la muerte. El hombre hasta hace poco se extraviaba de su realidad a través de la música y ahora, ante la sorpresa del pequeño intruso, es retornado de golpe a ella. Atrapa al ratón en una bolsa y terminará asfixiándolo en el interior. Esta escena unida a otra ocurrida en la infancia del personaje —la muerte de una paloma a quien pretendió domesticar en una jaula— servirá para mostrar a la muerte no como una relación inevitable con la vida del hombre, sino como una simple circunstancia. Quizá por eso, el narrador opte por la multiplicidad significativa del vocablo “muerto”. En el ratón y la paloma representa el cese literal de la vida; pero cuando el protagonista expresa que el día jueves en que dicta clases durante la mañana y la tarde termina “muerto”, no estoy segura de que sencillamente sea un significante de cansancio, que lo es; prefiero pensar que se trata de una aproximación del hombre a un estado similar al del roedor y el ave: seres que nunca más volverán a ser quienes fueron. La señora S, casera de la habitación que renta el protagonista, incrementará la tensión desencadenando la noticia que sospechábamos: la muerte de la madre. La información llega a través del teléfono, en tanto se oye el ruido del agua corriendo en el baño donde la señora S permanece oculta. Al salir a la calle, el hombre se reencuentra con el silencio: “La calle está despejada y silenciosa como si fuera domingo o cualquier otro día festivo. Pero este día de agosto no es domingo ni festivo, que yo sepa.”. La emoción del personaje se proyecta entonces en su entorno volviéndose ambos uno solo. El final del cuento no podría ser más perfecto. En medio de la calle cuando se disponía a llegar al Terminal, recuerda al ratón dentro de la bolsa, por tanto decide correr a casa para arrojarlo a la basura. La oración “Sigo corriendo” con que culmina el cuento y que también sirvió para darle el título, no solo deja en el lector la sensación de continuidad de la acción, sino además, refuerza la tesis del tiempo circular, resultando ser  así la expresión de la eternidad. 

A través de una sucesión de detalles sensoriales, Dino Jurado ha sabido utilizar en este libro la técnica de la descripción como una fuerza hipnótica. La abundancia de datos del entorno o de las acciones del hombre en medio no son meras referencias al escenario donde se mueven los personajes y que sirven para construir el argumento; las descripciones son expresiones de la verdadera naturaleza humana: a veces reflexiva, irónica, adormecida o aplastada por lo cotidiano, dividida entre la necesidad de encontrar algo que no logra definir y la aceptación de lo habitual. En estos siete cuentos, los personajes son retratados en un fragmento de sus vidas comunes y corrientes. Están absorbidos por la ciudad, por lo que es inútil batallar contra las circunstancias y las relaciones entre ellos finalmente se vayan deteriorando. De ellos, únicamente se describen sus acciones; no se dice si están alegres o tristes, si son felices o desdichados: este juicio nos corresponde como lectores. La mayoría de los relatos no tiene un clímax y no tienen un final cerrado. Cuando en una entrevista, le preguntaron a Carver por qué sus historias no se resolvían en el tradicional desenlace, él respondía que “la tarea del escritor, o escritora, si es que la tienen, no es la de ofrecer conclusiones o respuestas. Si el relato se contesta a sí mismo, a sus problemas y conflictos, y satisface sus propias necesidades, entonces basta.”. Y los cuentos de Dino Jurado se responden a sí mismos. El desenvolvimiento de la narración, nos conduce a una serie de impresiones e ideas surgidas a partir de la lectura y que se extienden después de ella.

Como Chanove nos advierte en la contraportada, existe una tensión contenida que recorre las páginas del libro y nos deja impactados “por algo, un indicio inquietante, una sospecha” devolviéndonos el horror de lo cotidiano y a nosotros inmersos en él.

 

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