Leer a Garcilaso

Comentarios realesDeliciosos fragmentos de los Comentarios Reales

El 12 de abril se celebraron 473 años del nacimiento del Inca Garcilaso de la Vega, el gran fundador de la identidad cultural mestiza del peruano; hijo de una noble inca y de un conquistador; escribió en España los “Comentarios reales” y los publicó en Portugal en 1609, magnífica obra que todo peruano debe conocer.

Aquí ofrecemos al lector como homenaje al Inca algunos pasajes.

 

El náufrago Pedro Serrano

Con este cuidado y trabajo vivió tres años. Y en este tiempo vio pasar algunos navíos, mas aunque él hacía su ahumada –que en el mar es señal de gente perdida– no echaban de ver en ella o por el temor de los bajíos no osaban llegar donde él estaba y se pasaban de largo. De lo cual Pedro Serrano quedaba tan desconsolado que tomara por partido el morirse y acabar ya. Con las inclemencias del cielo le creció el vello de todo el cuerpo tan excesivamente que parecía pellejo de animal: y no cualquiera, sino el de un jabalí. El cabello y la barba le pasaban de la cintura.

Al cabo de los tres años una tarde, sin pensarlo, vio Pedro Serrano un hombre en su isla, que la noche antes se había perdido en los bajíos de ella y se había sustentado en una tabla del navío. Y como luego que amaneció viese el humo del fuego de Pedro Serrano, sospechando lo que fue, se había ido a él, ayudado de la tabla y de su buen nadar.

Cuando se vieron ambos no se puede certificar cuál quedó más asombrado de cual. Serrano imaginó que era el demonio que venía en figura de hombre para tentarle en alguna desesperación. El huésped entendió que Serrano era el demonio en su propia figura, según lo vio cubierto de cabellos, barbas y pelaje. Cada uno huyo del otro y Pedro Serrano fue diciendo: “¡Jesús, Jesús! ¡Líbrame, Señor, del demonio!”. Oyendo esto se aseguró el otro y volviendo a él le dijo: “No huyáis, hermano, de mí, que soy cristiano como vos”. Y para que se certificase, porque todavía huía, dijo a voces el Credo. Lo cual oído por Pedro Serrano volvió a él y se abrazaron con grandísima ternura y muchas lagrimas y gemidos, viéndose ambos en una misma desventura, sin esperanza de salir de ella.

Cada uno de ellos brevemente contó al otro su vida pasada. Pedro Serrano, sospechando la necesidad del huésped, le dio de comer y de beber de lo que tenía, con que quedó algún tanto consolado y hablaron de nuevo en su desventura. Acomodaron su vida como mejor supieron, repartiendo las horas del día y de la noche en sus menesteres de buscar mariscos para comer y ovas y leña y huesos de pescado (y cualquiera otra cosa que la mar echase) para sustentar el fuego. Y sobre todo la perpetua vigilia que sobre él debían tener, velando por horas para que no se les apagase.

Así vivieron algunos días. Mas no pasaron muchos que no riñeron –y de manera que apartaron rancho, que no falto sino llegar a las manos (para que se vea cuán grande es la miseria de nuestras pasiones). La causa de la pendencia fue decir el uno al otro que no cuidaba como convenía de lo que era menester. Y este enojo y las palabras que con él se dijeron los descompusieron y apartaron. Mas ellos mismos, cayendo en su disparate, se pidieron perdón y se hicieron amigos y volvieron a su compañía. Y en ella vivieron otros cuatro años.

En este tiempo vieron pasar algunos navíos. Y hacían sus ahumadas, mas no les aprovechaba  –de que ellos quedaban tan desconsolados que no les faltaba sino morir.

Al cabo de este largo tiempo acertó a pasar un navío tan cerca de ellos que vio la ahumada y les echó el batel para recogerlos. Pedro Serrano y su compañero (que se había puesto de su mismo pelaje) viendo el batel cerca, para que los marineros que iban por ellos no entendiesen que eran demonios y huyesen de ellos, dieron en decir el Credo y llamar el nombre de nuestro Redentor a voces. Y valioles el aviso, que de otra manera sin duda huyeran los marineros porque no tenían figura de hombres humanos. Así los llevaron al navío, donde admiraron a cuantos los vieron y oyeron sus trabajos pasados.

El compañero murió en la mar viniendo a España. Pedro Serrano llegó acá y pasó a Alemania, donde el emperador estaba entonces. Llevó su pelaje como lo traía, para que fuese prueba de su naufragio y de lo que en él había pasado. Por todos los pueblos que pasaba a la ida si quisiera mostrarse ganara muchos dineros.

(“Comentarios reales”, libro primero, capítulo VIII: La descripción del Perú)

 

El virrey en su petaca

El virrey don Francisco de Toledo, gobernando aquellos reinos del año 1572, quiso hacer la conquista de los Chirihuanas (como lo toca muy de paseo el padre maestro Acosta, libro VII, capítulo 28), para lo cual apercibió muchos españoles y todo lo demás necesario para la jornada . llevó muchos caballos, yeguas y vacas para criar. Y entró en la provincia y a pocas jornadas vio por experiencia las dificultades de ella, las cuales no había querido creer a los que se las habían propuesto aconsejándole no intentase lo que los Incas, por no haber podido salir con la empresa, habían desamparado.

Salió el virrey huyendo y desamparó todo lo que llevaba, para que los indios se contentasen con presa que les dejaba y lo dejasen a él. Salió por tan malos caminos que, por no poder llevar las acémilas una literilla en que caminaba, le sacaron en hombro indios y españoles. Y los Chirihuanas, que les seguían dándoles grita, entre otros vituperios les decían: “¡Soltad esa vieja que lleváis en esa petaca”, (que es canasta cerrada) “que aquí nos las comemos viva!”

(“Comentarios reales”, libro séptimo, capítulo  XVII: La nación Chirihuana y su vida y costumbres)

 

Mama Quilla

Al eclipse de la luna, viéndola ir ennegreciendo decían que enfermaba la luna y que si acababa de oscurecerse había de morir y caerse del cielo y cogerlos a todos debajo y matarlos que se había de acabar. Por este miedo, en empezando a eclipsarse la luna tocaban trompetas, cornetas, caracoles, atabales y tambores y cuantos instrumentos podían haber que hiciesen ruido.

Ataban los perros, grandes y chicos. Dábanles muchos palos para que aullasen y llamasen a la luna. Que, por cierta fábula que ellos contaban, decían que la luna era aficionada a los perros por cierto servicio que le habían hecho y que oyéndolos llorar  tendría lástima de ellos y recordaría del sueño que la enfermedad le causaba.

(Para las manchas de la Luna decían otra fábula, más simple que la de los perros. Que aun aquella se podía añadir a las que la gentilidad antigua invento y compuso a su Diana haciéndola cazadora, mas la que se sigue es bestialísima. Dicen que una zorra se enamoró de la Luna viéndola tan hermosa. Y que, por hurtarla, subió al cielo y cuando quiso echar mano de ella la luna se abrazó con la zorra y la pego a sí. Y que de esto se le hicieron las manchas. Por esta fábula tan simple y tan desordenada se podrá ver la simplicidad de aquella gente.

Mandaban a los muchachos y niños que llorasen y diesen grandes voces y gritos, llamándola mama quilla (que es “madre luna”), rogándole que no se muriese, para que no pereciesen todos. Los hombres y las mujeres hacían lo mismo. Había un ruido y una confusión tan grande que no se puede encarecer.

(“Comentarios reales”, libro segundo, capítulo XXIII: Tuvieron cuenta con los eclipses del sol. Y lo que hacían con los de la luna).

 

La resurrección

Creyeron asimismo los Incas la resurrección universal. No para gloria ni pena sino para la misma vida temporal –que no levantaron el entendimiento a más que esta vida presente.

Tenían grandísimo cuidado de poner en cobro los cabellos y uñas que se cortaban y trasquilaban y arrancaban con el peine. Poníanlos en los agujeros o resquicios de las paredes y, si por tiempo se caían, cualquier otro indio que los veía los alzaba y ponía a recaudo.

Muchas veces, por ver los que decían, pregunté a diversos indios y en diversos tiempos por qué hacían aquello. Y todos me respondían unas mismas palabras diciendo: “Sábete que todos los que hemos nacido hemos de volver a vivir en el mundo” (no tuvieron verbo para decir “resucitar”) “y las ánimas se han de levantar de las sepulturas con todo lo que fue de sus cuerpos. Y para que las nuestras no se detengan buscando sus cabellos y uñas –que ha de haber aquel día gran bullicio y mucha prisa– se las ponemos aquí juntas para que se levanten más aína. Y aun, si fuera posible, debíamos escupir siempre en un lugar”.

(“Comentarios reales”, libro segundo, capítulo VII: Alcanzaron la inmortalidad del ánima y resurrección universal).

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