La Pompadour peruana

Envío desde España

Si hubiera nacido en la Roma de Julio César o en la Atenas de Pericles, seguramente los historiadores dudarían de su existencia. Afirmarían, por ejemplo, que sus peripecias biográficas responden a la imaginación de los cronistas. Pero, como vivió en el siglo XVIII, nadie cuestiona la realidad de Micaela Villegas (1748-1819). Aunque algunos autores si se han atrevido a negar sus amores con Manuel Amat, llevados por un ultraespañolismo que les impedía admitir cualquier cosa que empañara la reputación del polémico virrey. Sin embargo, poco más es lo que sabemos de la biografía de esta diva de la escena limeña.
A falta de mayores noticias, la historiadora catalana Gisela Pagés, en “Micaela Villegas, La Perricholi” (Arpegio, 2011), apenas puede dedicar veinte páginas a la figura de carne y hueso mientras que emplea más del doble en analizar las diversas versiones de su mito. Unos la han imaginado serrana, pero podemos afirmar con seguridad que provenía de una importante familia de Arequipa venida a menos. Precisamente por los problemas económicos de su familia, Micaela se vio obligada a subirse a los escenarios, en los que pronto destacó por su gracia. Sin embargo, su salto a la fama se produciría gracias al apoyo del virrey, un gobernante que, no en vano, había reactivado las artes dramáticas en la Ciudad de los Reyes. No obstante, se desconocen los pormenores del romance: sólo contamos con datos imposibles de verificar. Se sabe que la pareja tuvo un hijo, Manuelito, pero ha sido imposible hallar su partida de bautismo. En cuanto al apelativo de la cómica, se ha fantaseado sobre si quiere decir “perra chola” o más bien es una expresión de cariño. Versiones para todos los gustos, en fin. 
Pero si el personaje real se nos escapa, no sucede lo mismo con la mujer legendaria a la que se atribuyen toda suerte de comportamientos excéntricos. En cuanto se marchó Amat del Perú, las plumas satíricas, contenidas hasta ese momento por el miedo a la represión, tuvieron el campo libre para criticar toda suerte de episodios íntimos. Sus invectivas traslucían la cosmovisión de un mundo en el que era inconcebible que una simple comedianta, a la que, para mayor INRI, se le atribuía impureza racial, alternara con las grandes damas de la buena sociedad de igual a igual. ¿Una virreina chola? ¡Horror!
A partir de aquí, no faltarían poemas, novelas, ensayos, películas y hasta ballets con los que recrear el fasto y la sensualidad de la Pompadour peruana, hasta convertirla en una encarnación de la etapa colonial, interpretada en función de diversos intereses e ideologías.  Así, desde una óptica nacionalista, ella simboliza la rebelión autóctona contra el dominio español. Gracias a sus armas de mujer, Micaela consigue dominar al todopoderoso virrey, con lo que invierte la tradicional relación de dominio entre la población mestiza e indígena y las autoridades blancas. El episodio en que se pasea por la Lima en una lujosa carroza, para disgusto de las damas de la aristocracia, representa esta faceta transgresora.
Por otra parte, desde posiciones feministas, la Perricholi sería una adelantada a su tiempo en tanto mujer independiente, una empresaria teatral capaz de mantenerse con sus propios recursos, y de convertirse la tan denostada profesión de cómica en un motivo de orgullo. Aunque, antes de convertirla en adalid de las causas progresistas del presente, hay que tener muy presente que también compartía las convicciones de la época. Su autoritarismo al impedir la boda de su hijo con una criada refleja la mentalidad de una persona que, más que rebelarse contra la sociedad, deseaba subir de la base a la cumbre de su pirámide.
Tampoco faltó quién la imaginara como el arquetipo de la limeña coqueta y sensual. Gisela Pagés, en su documentadísima biografía, plantea convincentemente que Prosper Mérimée la utilizó para esbozar lo que acabaría siendo el personaje de Carmen, la implacable devorahombres, la mujer fatal por excelencia, con su carácter independiente y su sexualidad incontrolable. En esta línea, el escritor galo presenta en “Le Carrosse du Saint Sacrement” (1829) a una joven que sabe muy bien como utilizar sus encantos para alcanzar sus propósitos. Su caracterización viene a sintetizar los tópicos europeos sobre los países hispanos, esos territorios semisalvajes en los que cualquiera podía adentrarse en busca de emociones fuertes.
Pero, con los años, la diosa de la sensualidad devino en la católica devota entregada a las obras de caridad. Surge de esta forma la pecadora arrepentida, muy en la línea de ciertas figuras de la tradición española como don Miguel de Mañara, el libertino que acabó sus días transmutado en ejemplo de piedad. Esta dimensión de fe aproxima a Micaela a la otra gran peruana universal, Santa Rosa de Lima.
A la luz de nuestros conocimientos, no parece desatinado suponer que las leyendas en torno a la Perricholi sean, por decirlo con las palabras del recientemente fallecido Eric J.Hobsbawm, una “tradición inventada”, es decir, un relato mítico con el que legitimar la nación, en tanto que personificación de unas supuestas esencias, las del “Perú eterno”. Por eso mismo, no es extraño que la mitología patriótica haya imaginado a su hijo desempeñando un papel en la lucha por la emancipación respecto a España. En concreto, como uno de los firmantes del acta de independencia. Micaela, convertida en un “Cid mestizo y con faldas”, abandonaba así los dominios de lo histórico para adentrarse en el ese terreno resbaladizo, pero fascinante, donde lo real y lo ficticio se unen para no separarse jamás.

 

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