Falla del sistema

Evguenia Ginzburg, autora de “El vértigo”, fue un caso sui generis en la literatura testimonial por su condición de fidelísima guardia roja, según auto denominación.

Al inicio del Gran terror, en febrero de 1937, fue detenida, como millones de miembros del PC soviético. Muchos, que fomentaron éstas purgas en el movimiento bolchevique, acabaron siendo víctimas. Una versión actualizada de Cronos devorando a sus hijos. Evguenia tenía entonces 32 años, era profesora de Historia y Literatura de la Universidad de Kazán y como miembro destacado de la nueva clase dirigente, había mostrado cierta tibieza ante detenciones de sus colegas inocentes, hasta que fue acusada falsamente por la paranoide maquinaria stalinista de crear un grupo protrotskista con sus compañeros redactores del diario Tartaria Roja.

Sus diez años de condena se convirtieron en dieciocho -dos de ellos encerrada en una estrecha celda. Para no enloquecer, recitaba de memoria versos de Pushkin, su poeta favorito, además de componer versos que memorizaba, sin papel y lápiz. Según propias palabras, la literatura le salvó la vida, como a otras reclusas que desfilan por las páginas de “El vértigo”, víctimas de interrogadores adictos a la cocaína y de toda clase de iniquidades.

Basándose en recuerdos -pues nunca pudo tomar apuntes, pero el día de su detención en la cárcel del Lago Negro de Kazán, se propuso dejar testimonio- comenzó a escribir en 1959, tras una primera y breve excarcelación. Para entonces habían muerto su hijo mayor, su esposo -dirigente del Partido en Tartaria, también represaliado- y su padre, quienes nunca lograron visitarla. Ginzburg permaneció en Siberia, donde formó un precario hogar con su hijo Vania, Tonia, una huérfana a quien adoptó, la gata Agafia y su esposo Anton Walter, homeópata, recluido en el lager siberiano por su condición de alemán.

Fue detenida por segunda vez acusada de tener documentos reaccionarios: 14 hojas de una adaptación dialogada de “El gato con botas” para una representación de marionetas en el parvulario para huérfanos hijos de presas donde, motu proprio, decidió trabajar. Al cabo de poco tiempo, sería excarcelada: “No hay nada más horrible que la injusticia cuando se convierte en cotidiana, cuando entra en la vida de cada día y se repite con prosaica rutina durante decenas de años”.

En 1962 tenía mecanografiadas 400 páginas de su manuscrito, muchas, escondidas a medida que las escribía en las distintas habitaciones donde vivió, hasta conseguir un estudio en un edificio cooperativo. Para entonces, había quemado el manuscrito, autocensurándose. Lo reescribió con la esperanza de que Novy Mir, revista que había publicado “Iván Denisovitch”, de A. Solzhenytsin, lo editara. Pero el libro y su autora no fueron bien acogidos ni por defensores ni por detractores del sistema. La razón la había reflejado la propia Ginzburg en el capítulo Mea culpa: “los nuevos bárbaros se dividían en activos y pasivos, es decir, en verdugos y víctimas, pero esta división no suponía que las víctimas tuviesen unas cualidades morales superiores: sus almas, como las de los verdugos, estaban corrompidas por la esclavitud”.

A fines de 1966 estaba claro que no sería editado.

En 1967, la primera parte se editó en Milán y después en Nueva York, Estocolmo, Múnich, París y Londres, sin mayor conocimiento de la autora. En la URSS circuló como samizdat (edición mecanografiada que eludía la censura, circulando de forma subterránea).

El vértigo tenía vida propia y clandestina: la autora, que para entonces vivía en Moscú, recibía cartas de lectores de Odessa o Leningrad, y un profesor universitario de ésta ciudad, experto en publicaciones clandestinas, aseguró que “El vértigo” superaba todos los records de copia clandestina de los siglos XIX y XX. Como había escrito Ginzburg: “Yo había comprendido hacía tiempo que, en nuestro mundo, el vínculo habitual que une causas y efectos estaba roto. Como aún no había leído a Kafka ni a Orwell, no lograba imaginar la lógica de aquella falta de lógica”.

El cielo de Siberia, la segunda parte, la escribió sin autocensurarse. Es un testimonio único de hechos históricos y de las víctimas de estos, un prolijo análisis de la conducta humana en las peores condiciones. Una sola de sus frases resume toda su época: “cuan sectarias y relativas son todas las ideologías y en cambio, qué absolutos son los tremendos tormentos que los hombres se infligen recíprocamente”.

Ginzburg murió en 1977, sin ver publicada la obra en su país.

 

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