Aníbal Portocarrero (1930-2015)

Requiem

 

UNO

Su padre era juez itinerante, lo enviaban a los pueblos más lejanos y allí marchaba por temporadas, cargando con su familia. Por eso Aníbal nació en Cotahuasi, el tres de abril de 1930; poco después al padre lo cambiaron a Mollendo. La visión del mar fue su primer estímulo poético; a menudo se consideraba mollendino entre los amigos.

 

DOS

“He visto de lejos la luz del océano ocupar un país / ardiente, / he visto al cangrejo y su cuerpo articulado / salir en la noche para dejar una sombra, / he visto el aire, la extensión y la luz salobre de la / espuma / deshacerse en el árido espasmo del verano, / he visto el mar como un sueño encadenado a la / tierra / y a mi cuerpo como una planta inclinarse hacia la / noche, / he visto el verano como una tarde amarilla / quebrando los ojos en un inmenso día de fuego / y el influjo de los hombres marinos / llegando a los puertos que oscurece la noche, / he visto todo: el cielo más alto que la sombra de / un pájaro / a los días calcinar las ruinas de un barco. / Era en fin el mar una estación perdida donde se / espera los cálidos sueños.”

(De “Memoria de la destrucción”)

 

TRES

Estudió en el colegio de la Independencia Americana y luego en la Escuela de Letras de la Universidad de San Agustín. Por esos tiempos Mario Zolezzi enseñaba francés allí, y en la Alianza Francesa. París era todavía el centro intelectual soñado por los escritores sudamericanos, Aníbal consiguió una beca y la universidad le otorgó el permiso para irse.

Obtuvo una licenciatura y estaba a punto de sustentar un doctorado sobre “La ciudad y los perros”, cuando en una de esas maniobras de envidia y resentimiento que empañan el nombre de la Escuela de Literatura le negaron el permiso para continuar sus estudios por una nueva temporada.

En Francia fue alumno de Jacques Leenhardt, que fue discípulo de Lucien Goldmann, el célebre sociólogo marxista de la literatura. También asistió a los seminarios de Foucault y de Althusser.

 

CUATRO

“VIAJE

Extendí sobre el suelo / mi viejo mapa del mundo, / acomodé mis pensamientos, mi brújula marinera fue consultada. / Emprendí un secreto viaje. / Era la hora en que las fieras / huyen acosadas por el fuego / y hay que partir bastante lejos.

Partí porque tenía que partir; / porque es necesario partir / movido por ansias ocultas, / por desatinos, por malicias insondables; / partí por amistad, partí por partir, / partí porque ya no se puede más.

Los vientos desataron su furia contra mí. / La muerte era huésped en mi casa. / Yo era un extraño en el salón.”

(De “Para nombrar lo que mis ojos han visto”)

 

CINCO

Del comentario de Jorge Cornejo Polar a “Memoria de la destrucción”.

“Si la publicación de cualquier libro de poesía es siempre un hecho memorable, la aparición de un libro excelente que además ha sido ansiosamente esperado por largos años constituye un acontecimiento aún más singular, una especie de triunfo de la palabra poética contra las oscuras fuerzas del tiempo inclemente y su cortejo de olvido y aniquilamiento. Este tipo de fiesta se da ahora con la edicón de “Memoria de la destrucción”, el primer libro del poeta arequipeño Aníbal Portocarrero que acaba de publicar en su Biblioteca de Autores Arequipeños la Universidad de San Agustín.

Portocarrero, nacido en 1930, es en opinión de los no muy numerosos conocedores que han gozado ya de su obra, una de las voces más puras de la poesía peruana contemporánea. Sus primeros textos destacan en la antología “Nueva poesía arequipeña” que editara en 1955 Luis Yáñez Pacheco y en “Creación”, “Hombre y mundo” y otras publicaciones de la época. Pero luego, una combinación entre la extremada exigencia del poeta para consigo mismo y su indeclinable búsqueda de lo perfecto por un lado y las ominosas vallas que en la provincia suelen cercar al artista limitando sus posibilidades de publicación, por otro, fue postergando año tras año la aparición de este esperado primer libro.”

 

SEIS

Cuando volvió de Francia fue mi profesor en la universidad. Me enseñó Literatura Francesa y Sociología de la Literatura. Me dio a leer Villon, Rimbaud, Verlaine, Camus y Sartre; y también leí con él toda la obra de Lukacs, de Goldman, de los estructuralistas franceses. Me obsequió con su generosa amistad, fue el primer profesor al que traté de tú a tú. En la biblioteca de su casa en La Negrita vi por primera vez los veinte tomos de los Seminarios de Lacan, toda la colección de la revista francesa “Poetique”, los libros originales de Todorov, de Gennette, de Kristeva. Una lástima que yo no sabía leer en francés, porque me ofreció sus libros.

Juntos hicimos carpintería en su casa; sus muebles, hermosos muebles de madera, eran de su hechura. Hicimos unos estantes para mí que aún conservo con especial cariño. En su casa probé por primera vez el champagne francés, el verdadero champagne, en una experiencia alucinante que me acompañará hasta el final.

Cuando ingresé a la docencia en Literatura, ese mismo día él abandonaba la Escuela harto de la estólida injusticia. Me dijo en la puerta donde nos cruzamos: “Willard, qué bien. Vas a empezar una vida maravillosa. Trata de ser un buen profesor. Hay tres clases de buenos profesores: los que aman todos los alumnos porque son buena gente, amigos de tragos, los “comprensivos”; hay los que enseñan tan bien en las clases que ya no necesitas estudiar; y hay los desafiantes, los que te obligan a superarte cada día, los que te estimulan a amar a tu ciencia. Trata de ser de estos últimos”. Eso he hecho en su memoria durante treinta años.

 

SIETE

“LA LECCIÓN”

Tenía que ser golpeado para aprender. / Tenía que caer la lluvia furiosa / contra mi piel. / La nieve tiritar entre mis dientes. / Tenía que comer vientos, / repasar dolorosamente el tiempo. / Tuve que volver a empezar / cuando todo había concluido.

Sin embargo, la fiesta no ha terminado / el palacio está abierto / y el Rey enseña sus joyas. / La expectativa es enorme en los escombros, / en las noches, en las pocilgas, en las alcantarillas.

El Rey sonríe y crece siempre / como una vieja raíz enmarañada / en la piel de los que como yo / tienen que aprender a no dudar / de la eficacia del Rey / cuando levanta la espada y mata.”

 

OCHO

El año pasado se presentó en mi casa de Sabandía, venía con Misael Ramos. Desde hace unos diez años legaba de vez en cuando a Arequipa, solo, ya no lo acompañaba su vieja amiga, su compañera de toda la vida, Judith Salomón, pero él la llamaba por teléfono cada día.

Desde de alto de mis ventanas miramos todo el espacio de la tarde, campiña, aves, montañas, cielo, reconfortados como dos humanos que saben algo. Me dijo “Nadie nos va a quitar todo esto” y quedamos en silencio. Luego bajamos a la cocina.

 

NUEVE

“REQUIEM

No somos más grandes después de muertos,

tampoco nos empequeñecemos mucho,

solo estamos un poco más tristes

y demasiado quietos.

 

Quizá recién empecemos a vivir

a veces en los árboles

a veces en los vientos

o a veces como cenizas

en el fondo del mar.”

(De “Poesía reunida”)

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