El antihéroe antisolemne

Autor de “Los huevos fatales”

Mijaíl Bulgakov, hijo mayor de un profesor de Kíev, nació en esa ciudad el 3 de mayo de 1891. Tras graduarse ejerció como médico rural en Smolensk en 1916 y fue médico militar en el Cáucaso en 1919. Ese mismo año decidió abandonar la medicina como profesión y la morfina como afición y dedicarse a la literatura, su vocación primera (a los siete años había escrito “Las aventuras de Svetlana” y a los nueve Gogol y el satírico Mijail Schedrín eran sus autores de cabecera).

Durante dos dramáticas décadas Bulgakov fue el autor más denostado, el dramaturgo más censurado y el más representado al mismo tiempo, a tal extremo que él mismo afirmaba: “Ha llegado a arraigar en mí una sicosis de detenido”.

En 1921, tras instalarse de forma precaria en Moscú, escribió su autobiográfica selección de “Relatos de un joven médico”, además de “Notas en los puños”, basada en sus duras experiencias como médico militar del bando perdedor. Al año siguiente, por su propósito de escribir un diccionario bibliográfico que englobase sin distinción todas las tendencias literarias de entonces, se le abrió un expediente secreto de vigilancia. Para entonces, había escrito folletines satíricos en el diario berlinés “La Víspera” y en el moscovita “La bocina”, además de algunas obras teatrales.

Su visión independiente y desenfadada se manifiesta en su censurada y poco divulgada novela “Los huevos fatales”, escrita en 1924, productivo año en que escribió además “Diavoliada” y “La guardia blanca”, su obra preferida.

La divertidísima “Los huevos fatales” es la historia de un experimento científico aviar realizado por una especie de doctor bacterio, el profesor de zoología Vladimir Persíkov, director del Instituto Zoológico de Moscú. Ambientada en los años veinte, es una instructiva crónica, más ilustrativa  que un libro de historia, de cómo era la vida cotidiana entonces. Bulgakov, cronista urbano vocacional y confeso (se le acusó de no escribir sobre el glorioso campesinado) disgustó sobremanera a la nomenklatura por párrafos como el siguiente; “El científico no estaba equivocado, pues Vlas se alimentaba de harina, y los sapos, con los gusanos que nacen de la misma, pero al agotarse aquella, también desaparecieron estos. Así las cosas, Persíkov decidió someter a los veinte ejemplares de rubetas o ranas de zarzal que le quedaban a un régimen de cucarachas, pero resultó que las cucarachas, misteriosamente, también habían desaparecido, manifestando de esa forma su hostilidad al comunismo de guerra. Y así fue como éstos últimos ejemplares, también, fueron a parar a la letrina del patio del instituto. No hay palabras que puedan describir la zozobra de Persíkov ante todas esas muertes sucesivas, especialmente, la del sapo de Surinam. Hizo responsable de todas ellas al comisario del pueblo de la Instrucción Pública de la época”.

Su desafección al régimen se evidencia también en la conocida y corrosiva “Corazón de perro”, escrita al año siguiente y que no sería publicada hasta 1969, en París. En esta novela el endocrinólogo Filip Filipóvich Preobrazhenski, una suerte de doctor Frankenstein, injerta glándulas de Shárik, un sufrido perro callejero en Shárikov, humanoide hiperbolchevique que hereda los peores rasgos perrunos. Alegoría u obviedad, o ambas, el propio autor creyó haberse extralimitado.

En mayo de 1926 la policía requisó sus diarios de 1921-25 y el manuscrito de “Corazón de perro”. En octubre estrenó su aplaudida obra teatral “Los días de los Turbin”, basada en “La guardia blanca”. Esta obra se representó novecientas veces durante catorce años, y fue la preferida de Stalin, quien asistió diez o quince veces a verla, como hizo con cada una de las obras teatrales de Bulgakóv. La obra se representó además en Riga, París, New Haven (USA) y el autor, traducido al francés, inglés, italiano, alemán, checo y sueco.

También estrenó en 1926 “El apartamento de Zoia”, una comedia sobre la escasez de vivienda durante la NEP, que Stalin vio ocho veces, y que sería representada doscientas veces. Para Gorki, “La huída”, otra de sus obras, era  espléndida, pero Bulgakov coleccionaba reseñas sobre sus obras: de 301, 3 eran laudatorias y 298 injuriosas y hostiles. Saberse vigilado y denostado deterioró su salud, causándole ataques de pánico, claustrofobia y agorafobia.

Entre 1929 y 1938 escribió innumerables cartas a Stalin. Algunas, que nunca envió, las firmaba con el nombre de Tarzán: “Le pido que considere que para mí el no poder escribir es lo mismo que ser enterrado vivo”.

El 18 de abril de 1930, al día siguiente del funeral de Maiakovsky, Stalin telefoneó a Bulgakov para interesarse por su situación. Así logró reincorporarse al teatro como ayudante de dirección. Dos años después, se casó por tercera vez con Yelena Serguéyevna Shilóvskaya, su colaboradora indispensable en la escritura de “El maestro y Margarita”, su opus magna, inspirada en “El gato Murr” de Hoffmann y cuyo manuscrito fue censurado, para variar. La fama de “El maestro y Margarita” -alter ego de Yelena- opaca otra de sus obras, como “Morfina”, “Tratado sobre la vivienda”, o “La isla púrpura”.

En setiembre de 1936 sufre ceguera súbita, causada por la esclerosis renal heredada de su padre. Dos años después Stalin le encarga la escritura de “Batum”, drama sobre un episodio juvenil del dictador. La obra sería prohibida, como era previsible, al año siguiente. El diez de marzo de 1940, a las cuatro y media de la tarde, Bulgakov murió de uremia, a la misma edad que su padre.

“El maestro y Margarita” no se publicaría hasta 1966. Su viuda siguió escribiendo cartas a la nomenklatura durante décadas reivindicando la figura y la obra de Bulkákov, sin recibir nunca respuesta.

En 1982 la astrónoma Liudmila Georgievna Karachkina descubrió un pequeño planeta, al que llamó Bulgákov.

El mismo había anotado en su diario: “Había que ser un auténtico héroe para callar, callar sin esperanza alguna de poder abrir la boca en el futuro. Yo, por desgracia, no soy un héroe”.

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