La pérdida recuperable

La historia de Thomas Wolfe

 

William Faulkner consideraba a Thomas Wolfe como el mejor escritor de su generación. Idéntica opinión tenía Sinclair Lewis, quien mencionó a Wolfe en su discurso de aceptación del Premio Nobel.

Jack Kerouak creía que “una de las máximas aspiraciones de cualquiera de nosotros sería llegar a escribir algo con la altura y la poesía de El niño perdido”, escrita por Wolfe en 1937, inspirado en el recuerdo de su hermano muerto en la infancia.

Wolfe, uno de los más importantes narradores norteamericanos, nació en Asherville, Carolina del Norte, en 1900. Su padre,f igura esencial en su vida y posterior obra, fue un peculiar escultor de monumentos y estatuas funerarias. Su madre, también de fuerte personalidad, decidió en 1904 que toda la familia se mudase a San Louis, donde se realizaba la Exposición Universal. Allí alquilaron una casa y alojaron a turistas y visitantes, además de ser el lugar donde enfermaría y moriría Grover, el hermano mayor de Thomas.

Wolfr escribió obras teatrales mientras estudiaba en la Universidad de Carolina del Norte y en Harvard, donde realizó estudios de arte dramático. En 1920 inició su trabajo como profesor en la Universidad de Nueva York, trabajo que realizaría con ciertas intermitencias durante siete años.

En 1922 murió su padre, tras años de un proceso cancerígeno. Thomas nunca lograría superar su pérdida, que se convertiría en tema central y recurrente de su muy lírica y no menos bella obra futura, realizada con su particular método de trabajo: “Me levantaba por la noche para garabatear delirantes catálogos de lo que había visto y hecho: libros, millas, comidas, distracciones y estudios”.

En 1925 realizó un viaje por Europa. En 1929 escribió “El ángel que nos mira”, título alusivo a los ángeles que tallaba su padre –“un caballero presa de una tristeza infinita y muy discreto”-, escrita ya con su hipnotizante y evocador estilo.

Mucho más breve e igualmente lírica es su obra “Una puerta que nunca encontré”, de 1933, en la que rememora su etapa estudiantil en calidad de freaki de su tiempo,sin complejos ni asomo de amargura: “No sabría decir si su camino era correcto, pero estaba seguro de que no era el mío. Su puerta era una de ésas por las que yo no podría entrar nunca. Y de repente, la desnuda y vacía desolación llenó mi vida de nuevo”.

En 1935 publicó “Del tiempo y el río”, una leyenda sobre la ansiedad del hombre en su juventud, dedicada a Maxwell Perkins, el más prestigioso editor de entonces, “hombre honrado y leal, en épocas de amargo desengaño” y artífice  de la divulgación de su obra.

Thomas narra la trayectoria de la saga  familiar -hecho que le granjeó  diatribas de algunos de sus parientes, para variar, a través de su alter ego, Eugene Grant: “Eugene no era un rebelde. No tenía más necesidad de rebeldía que la mayoría de los americanos, es decir, ninguna”.

Por supuesto parte central de la obra es la muerte de Oliver, su padre: “Así supe que cada hombre que ha vivido sobre la faz de la tierra ha buscado y busca a su padre”, “el hijo nunca pierde la esperanza y siente que algún día verá de nuevo el rostro de su padre”.

De su breve obra “La hermana muerte” –“uno de los textos más hermosos y enigmáticos del gran Thomas Wolfe”, Faulkner dixit- escribió varias versiones. Narra la muerte en Nueva York de cuatro personas, la primera, en abril de 1928, en su primer año en la ciudad, al presenciar el atropello de un vendedor ambulante de comida italiano. Las siguientes corresponden a abril del 26, del 28 a octubre de 1931, narradas por un misterioso personaje que observa tras su ventana.

De forma premonitoria y providencial, por sorpresa, Wolfe fue a la casa de su editor en un taxi, con un pesado baúl que contenía sus extensos manuscritos en 1938, para que se los guardara. Wolfe regresaba de Seattle, donde había enfermado de neumonía y se dirigía a Baltimore, donde moriría ese mismo año, antes de cumplir 40, de tuberculosis cerebral.

Obra póstuma suya es, entre otras, “You can´t go home again”.

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