Orígenes del cuento

Primero de una serie de artículos sobre el cuento arequipeño.

Imposible saber en qué momento y en qué lugar nació el cuento; es probable que haya surgido con el hábito de la conversación, en los albores de la humanidad. Casi todos los antropólogos y los historiadores de la literatura coinciden en esa hipótesis.El cuento oral, que todavía se cultiva en algunas regiones y estratos sociales, se caracteriza por ser breve, narrar acciones únicas y maravillosas o anormales, y dar un giro final sorprendente. Enrique Anderson Imbert en su libro “Los primeros cuentos del mundo” señaló que estos aparecieron hace miles de años de “una tradición transmitida de boca en boca”. En su clásico libro “Teoría y técnica del cuento” Anderson Imbert añade que “En todas las literaturas se distinguen dos momentos. Primero, cuando el cuento se mezcla con funciones narrativas tales como la historia, la mitografía, la epopeya, el drama, la poesía elegíaca, la oratoria, la epistolografía, la erudición, etc. Y segundo, cuando el narrador adquiere consciencia de estar escribiendo cuentos autónomos con vistas a un género independiente”. Y ese cambio responde a la aparición de la técnica de la escritura, es uno de los productos del paso de la oralidad a la cultura letrada.

“Los primeros cuentos del mundo llevan la marca de su nacimiento, que es la conversación de donde salen —escribe Anderson Imbert—. Conversadores se ponían a contar acontecimientos extraordinarios que se desviaban de la situación ordinaria en que los conversadores estaban. El cuento en sus orígenes históricos fue una diversión dentro de una conversación; y la diversión consistía en sorprender al oyente con un repentino excursus en el curso normal de la vida”.

Ejemplares tempranos de este tipo de cuento enmarcado por una conversación los halla nuestro autor en Luciano de Samosata (120 – 200 d.C.) y en el “Satiricón” de Petronio (siglo I d.C), libro en el cual se puede leer ese ejemplar relato que es “La viuda de Efeso”.

Luego vendrán las famosas colecciones de cuentos orientales populares como el “Panchatantra”, “Calila y Dimna”, “Las mil y una noches” y otras.

Ramón Menéndez Pidal en el prólogo de su monumental “Antología de cuentos de la literatura universal” nos informa que la literatura comparada del siglo XIX consiguió trazar la ruta que siguieron los cuentos orientales, que fueron los primeros en formar un género, pasando por Grecia, Roma, luego entraron en el mundo cristiano y el mundo islámico, para llegar en la Edad Media a España (que es lo que nos interesa).

Según Menéndez Pidal: “Sin duda, el suceso más importante, de carácter decisivo en la historia del cuento europeo, es el de la influencia ejercida por el Oriente. Los relatos heredados de Grecia y Roma no adquirieron en la cuentística occidental gran importancia; son los relatos orientales los que alcanzaron un desarrollo preponderante, desconocido antes, y alcanzaron ese gran desarrollo merced a un giro especial que en Oriente había tomado la vida del cuento, aplicado con preferencia a fines religiosos. Esta alta aplicación le confiere una importancia que jamás había tenido en el cuento occidental”.

El paradigma de este uso fue “Vidas de los Padres Eremitas del Oriente”, Explica Menéndez. Pero conviene insistir con él en este rasgo que marcará a los primitivos cuentos y que persiste en varios de nuestros escritores contemporáneos: “El cuento o la fábula fueron empleados como enseñanza de ética mundana en todas partes; son formas habituales de la sabiduría popular. Pero en el Oriente se los emplea en especial para la enseñanza religiosa, sea en forma de parábola, sea como alegoría, sea como ejemplo por sí mismo instructivo o edificante. En la India, y especialmente en la India budista, se desarrolló este uso de un modo extraordinario, y sus ficciones, asimiladas por la literatura árabe, fueron recibidas en el Occidente europeo con singular éxito”.

Fue un judío aragonés bautizado en 1106 como Pedro Alfonso (por el día de su bautismo, el día de San Pedro; y por su padrino el rey Alfonso de Aragón), quien compuso una primera colección de treinta cuentos orientales y los tradujo del árabe al latín, publicados con el nombre de “Disciplina clericalis” (“Enseñanza de doctos”), para adoctrinar a “hombres sabios”. Un quinto de esta colección lo forman seis narraciones “dedicadas a mostrar la malicia e infidelidad de las mujeres, tema que la literatura cuentística árabe tomó de la literatura india, particularmente abundante en relatos sobre malas artes y engaños femeninos”, según Menéndez Pidal.

Aunque Pedro Alfonso advierte que esas historias nada edificantes deben ser leídas con sutileza, es probable que solo los seminaristas lo hicieran así y que por el contrario los lectores comunes las tomaran como el plato fuerte de la colección.

El caso es que el “Disciplina Clericalis” de Pedro Alfonso tuvo un éxito enorme en toda Europa, su novedad fue sorprendente, presentaba cuentos constituidos ya en un género literario bien definido y muy ameno. Siguieron el ejemplo rápidamente don Juan Manuel, el Archipreste de Hita, Bocaccio, Chaucer y sus respectivas famosas colecciones. Hasta llegar a nuestro Miguel de Cervantes, con quien aparece uno de los primeros rasgos de aquello que llamamos “el cuento moderno”.

Pero de eso hablaremos en otro artículo. Antes de finalizar quiero guardar en la memoria tres elementos del cuento primigenio que creo es posible hallar todavía en muchos de los cuentistas arequipeños contemporáneos, incluidos los más jóvenes: el carácter extraordinario de las acciones narradas, la búsqueda del efecto final y algún afán didáctico o ético en el relato.

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