Crónica del libro anunciado

Día del Libro en el distrito

 

Dos meses antes del 23 de abril una gentil bibliotecaria de la biblioteca del distrito anexo a mi domicilio me invita al stand de autores locales el Día del Libro. Acepto, y la directora de la biblioteca dirige un entusiasta mensaje colectivo a todos los escritores del ¿selecto? grupo.

El día de autos, acudo al magno evento con unos minutos de antelación, decidida a zafarme de la losa atávica ancestral-impuntual (“hora peruana, hora exacta”).

En la soleada y concurrida plaza distrital hay un escenario donde afinan tres músicos, un par de pequeños stands de librerías y un stand enorme de la biblioteca. Casi tropiezo con un caballete que sostiene un vistoso cartel alusivo: libros, autores, rosas…y en grandes letras, la pléyade de letraheridos que presuntamente firmaremos ejemplares de nuestras respectivas opus magnas.

La bibliotecaria —una chica rubia con la lista de autores en mano— recibe el ejemplar de “El verano pasado” que le entrego como donación al fondo bibliográfico.

—Me lo tienes que firmar.

—Está dedicado—, replico.

Una chica ostensiblemente maquillada, con un chaleco fosforescente de Servicios Comunitarios, me entrega una botella de agua, además de rosas para la decena de autores que ocupamos el stand y la tarde en tan edificante labor.

—Qué detalle—, dice mi vecina, con pinta de ser madre, amiga o hermana del autor más joven, un estólido radiolengua vestido de negro, a juego con la portada de su libro. El imberbe habla sin parar de derechos de autor, de reproducción, entrevistas en el todopoderoso canal de televisión local, de gestiones con la productora, etc. Un hombre de mediana edad y con aspecto de ser borderline se acerca al avezado ¿autor? para pedirle un señalalibros —el merchandising ante todo—. Una autora de melena canosa, con un look retro total-sombrerito de tweed, lentes de sol enormes y traje sastre parece encantada de conocerse a sí misma y al parecer, funge de abeja reina. A su lado, un par de autores entrados en años, escudados tras sus voluminosos libros, fruncen el ceño. ¿Será por la resolana, o por malestar existencial? A mi lado una joven y oronda —y algo rolliza— autora se impacienta y habla con sus amistades, mientras repasa su poco sentador minivestido floreado.

Una niña se acerca a zona de exposición y me mira fijamente. ¿Querrá hipnotizarme? ¿O tiene precoz vocación literaria? Su malhumorada progenitora la llama al orden, conocedora de sus intenciones:

—Vámonos, esa rosa no es tuya.

Hay masiva afluencia de perros, además de niños. Tres de ellos apoyan sus mentones en mi mesa, observándome. El mayor deletrea mi nombre, colocando el letrero perfectamente alineado ante mis libros. El trío de cuerdas ejecuta piezas musicales con heroicidad, enfrentándose a la acústica local: ruido de tráfico, griterío infantil, conversaciones de toda índole. Reciben incluso aplausos del respetable.

A mis espaldas los dos autores cejijuntos hablan de una ahijada a la que obsequiaron con una mona de pascua.

Una pareja de mediana edad hojea mis libros concienzudamente. Aparecen dos conocidos que no compran ningún libro a ningún autor, pero que están encantados de fotografiarse con una autora.

El ambicioso radiolengua se queja de que se demoró diez minutos —una eternidad en su concepción espacio-temporal— en abrir un correo.

Una niña obsequiosa me ofrece a grito pelado un folleto de una pizzería.

La abeja reina vive su cuarto de hora de gloria particular atendiendo a un bullicioso grupo de clones suyas—aunque vienen a ser más bien abejas obreras—. Un autor barbudo, trajeado y serio, con un único ejemplar de su único libro abandona el stand, desanimado o acalorad— o ambas cosas.

Cae la tarde y el trío de cuerdas es sustituido por un cuarteto de vientos. La madre de la chica de servicios comunitarios le trae a su hija un macrosandwich y esta comenta que hay muchos perros y que el día se hace muy largo. Un grupo de amigoides de mi imberbe vecino de stand inician larguísima e insustancial charla. Un joven autor acarrea sobre los hombros una caja de cartón con más ejemplares de su libro sobre la historia local del distrito. Puede decirse que no da abasto y que el género sigue de moda. Una pareja de mediana edad saluda al imberbe y compran su libro. A continuación compran uno mío y mientras se lo dedico me cuentan que el imberbe fue al colegio con su hijo.

Empieza a resultar mareante el trajín de antropoides ilustrados o con ánimo de serlo. Una mujer de aspecto decidido se dirige al imberbe para preguntarle por el club de lectura de la biblioteca —del que no da razón-.

Una niña que viene corriendo prácticamente aterriza en mi mesa y aferra con ansia un ejemplar de “El verano pasado, Cuentos mollendinos” primera edición. Por error, supongo. Pero su iracunda madre le ordena que deje eso inmediatamente. ¡Yo quiero uno! arguye la niña sin soltar el libro. La frase más vociferada por las madres es:

—¡No toques eso!

¿Acaso queman o manchan o hieren los libros y no me habré percatado?

Tras el debut, la campana de la iglesia vecina marca la hora del desfile de despedida: el cejijunto primero, la abeja reina, la rolliza minifaldera y yo. La bibliotecaria  pregunta qué tal, qué me ha parecido. Estupendo. Hasta el año que viene. El imberbe será, sin duda, el último en irse.

A ésas alturas del partido supongo que los libros más vendidos de la jornada serán los del recientemente extinto, espumoso y tropicaloide García M.

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