Anciano

El lago Poopó

El anciano con recuerdos del futuro, es el único que conoce todas las sinuosidades devastadas de este lago desaparecido. Lleva la calavera diminuta de una vicuña en el extremo de un palo que usa como bastón, y en sus ojos atortugados pasa el incesante recuerdo futuro del vuelo de árboles migratorios. Acaba de atravesar el valle desierto de los músicos (un brillo triste de tubas y trompetas que se levanta en el atardecer, un viento agudo y profundo que simula la respiración de los sikuris) y el cementerio de trenes en la playa salar, donde una locomotora recostada parece el esqueleto oxidado de una ballena. No ha podido encontrar dos de sus recuerdos futuros: la muchacha que llora diminutos peces transparentes, cada vez que contempla el cielo quebrado como si le hubieran arrojado una pedrada; ni al niño que no sabe hablar, pero que escribe demorados ideogramas, sobre la única orilla de arena que queda al otro lado de las islas- montañas. El anciano de los recuerdos futuros vuelve otra vez a su refugio (una pequeña cueva en el lado sur de las islas-montañas), y en las paredes de laja fina que las últimas aguas viejas del lago pulieron, dibuja el recuerdo futuro de un triple sol, el recuerdo futuro de las huellas de su último andar por el santuario (dos, tres piedras desperdigadas) de los dioses de las lluvias verticales, y el recuerdo futuro de un árbol azul, atravesando solitario un cielo púrpura. El anciano de los recuerdos futuros, antes de echarse a dormir, se lleva a la boca los diminutos caracoles que ha encontrado en las altas cornisas, y mira la geografía vacía, ondulante y sinuosa del lago desaparecido. Tiene la frágil esperanza de que esos pequeños caracoles, le devuelvan el largo sueño de un limpio recuerdo del pasado: agua, agua brincante con burbujas de luz por todas partes.

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