Nobel y Lord Byron, en paralelo

Por: Percy Prado

Hacia el final de sus días, el inventor de la dinamita, Alfred Nobel, se convirtió en un viejo solitario, aquejado por males cardíacos que llegaron a ser tratados —ironías de la vida— con nitroglicerina.

Mucho antes de que muriera por un fulminante infarto cerebral, Alfred Nobel había leído en un diario la noticia de su propia muerte. Este es, sin duda, el error de prensa que mayor bien le ha hecho a la cultura y a la ciencia mundial. Tras el temor de ser recordado por el periodismo como un «mercader de la muerte», Nobel decidió fundar los premios que llevan su nombre.

En vida, Alfred Nobel fue un entusiasta de la cultura y la ciencia. Así, además de crear la dinamita, inventó el drama Némesis. La obra, publicada en plena agonía de su autor, le colmó la paciencia al arzobispo sueco, quien mandó a quemar toda la edición debido a su duro argumento contra la religión. Gracias a Dios, sobrevivió un ejemplar en el que podemos comprobar que el pastor sueco tenía razón de enojarse.

Quien no tuvo suerte con la supervivencia de sus memorias ni con la ciencia fue Lord Byron. Su editor, el conservador John Murray, ya había censurado varias partes de su obra maestra (el poema satírico Don Juan) y todavía se atrevió a destruir las memorias que dejó inéditas.

Aparte de poeta, Lord Byron era cojo; pero su cojera solía pasar desapercibida gracias a su manera de andar. Cierto desparpajo y elegancia había en su trajinar por los más exclusivos salones ingleses del siglo XIX. Era, además, muy atractivo y amó y fue amado por mujeres de toda condición: solteras, casadas, serias, insensatas… La fascinación que provocaba este sublime paticojo era tal que, en cierta ocasión, una dama noble le advirtió a su joven y bella hija: “No lo mires, hasta mirarlo es ya un peligro”.

Alfred Nobel y Lord Byron pasaron a la inmortalidad a orillas del Mediterráneo. Nobel falleció en San Remo, rodeado de criados y médicos italianos que no entendieron sus últimas palabras. Byron murió en Missolonghi, adonde se había trasladado para luchar por la libertad de Grecia. El poeta, que había logrado financiar gran parte de la empresa independentista, no llegó a combatir contra los opresores turcos, como esperaba. Fuertes fiebres lo acosaron en vísperas de su muerte y los médicos solo atinaban a aplicarle sanguijuelas en las sienes. Byron siempre se había opuesto a que lo sangraran. En medio de su delirio exclamó: “Los doctores me han asesinado”.

Su cuerpo fue rápidamente embalsamado y llevado a Inglaterra en un barril de coñac. Su corazón quedó sepultado en Grecia. En Londres, Byron debió ser enterrado en el Rincón de los Poetas, en la abadía de Westminster; sin embargo, el religioso que la administraba lo impidió escandalizado por la disipada vida del poeta.

Alfred Nobel leía con fruición a los románticos ingleses, su obra Némesis muestra, además, vivamente la influencia de esas lecturas, sobre todo de Shelley, el amigo de Byron, pero aquí acaban las coincidencias.

La cripta donde yace Lord Byron tiene una sencilla placa que lo recuerda; la tumba de Alfred Nobel, un sólido y enorme prisma que apunta, como un cohete, hacia el cielo.

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