En busca de la cara oculta de los discursos

Por: Percy Prado

En un estado democrático, la participación de la colectividad es lo más importante para la toma de decisiones; de ella depende elegir a los gobernantes y las medidas trascendentales para el rumbo de nuestra nación. Lo cual hace que el arma de convencimiento de mayor efectividad sea el discurso, entendido este como un sistema de creencias y formas de pensar trasmitido de manera oral, escrita o audiovisual.

Sin embargo, captar la idea de un discurso no es tan fácil, muchas veces se necesita de una amplia cultura o de un detallado análisis, dada la complejidad y ambigüedad de las significaciones. En este punto, debemos recordar que la lengua no refleja fielmente la realidad y que todo enunciado es producto de un autor que vive, piensa, habla y escribe desde una comunidad a la que pertenece. Hasta las disciplinas presentadas como las más objetivas o empíricas pueden estar limitadas por la mirada particular que adopta un autor.

James Watson es un biólogo ganador del Premio Nobel de Medicina en 1962 por ser uno de los descubridores de la estructura molecular del ADN. Hace unas semanas, este laureado y brillante científico se ha reafirmado en unas declaraciones suyas hechas el 2017 al señalar que las personas negras son menos inteligentes que las blancas por sus genes. Watson pretendía basar esta idea en su prestigio y en la supuesta objetividad de su ciencia para repetir un discurso racista superado hace mucho tiempo.

La primera vez que dijo algo parecido tuvo que retractarse públicamente; sin embargo, en esta ocasión, tras haberse reafirmado en su postura a inicios de año, no ha salido hasta hoy a disculparse como lo hiciera en el 2017. Ante los hechos, la comunidad científica ha respondido que “las declaraciones del doctor Watson son reprensibles y carecen de respaldo científico”.

El caso de este genetista nos muestra que no siempre un pretendido discurso científico trasmite un hecho probado ni mucho menos una verdad universal. Detrás de la máscara académica de James Watson se ocultaba todo este tiempo el pensamiento racista de un hombre blanco proveniente de Chicago, que –recordemos– fue la ciudad que atacó más violentamente a Martin Luther King cuando este luchaba por los derechos civiles de los afroestadounidenses.

Existen distintas formas de presentar un discurso, estas estrategias nos llevan a coincidir, colaborar y elegir alguna de ellas; de allí que la libertad de expresión sea fundamental en un orden democrático. James Watson ejercía su derecho de dar a conocer su modo de pensar; no obstante, valiéndose falazmente en un argumento académico. Por eso, además de las interpretaciones individuales, están las de la comunidad. Puesto que vivimos en democracia, el valor que adquiere un discurso no depende de una sola persona, sino de un conjunto de ellas. Son (o deberían ser) las interpretaciones con más fundamento, más coherentes y plausibles las que convenzan a las personas. Todas las interpretaciones no tienen el mismo valor, merecen ser dichas libremente, sí; pero no quiere decir que sean atinadas.

Ya que somos lectores y electores de discursos, deberíamos hacer de la interpretación crítica nuestra forma de vida. Leer críticamente un texto o tomar una postura analítica ante un hecho social conlleva dificultad, sobre todo porque nuestra educación básica no nos enseñó ni enseña hoy el ejercicio crítico y no porque sea difícil en sí mismo. Leamos Literatura, Filosofía; acerquémonos al arte y a la ciencia; escuchemos a quienes piensan distinto de nosotros, dialoguemos; con eso ampliaremos nuestra comprensión, nuestra tolerancia y mejoraremos nuestra vida en comunidad.

 

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