EL MAESTRO SUYO

Por: Willard Díaz

UNO

Sus ojos vieron la luz y los colores por primera vez en la comunidad campesina de Chara, distrito de San Pablo, que es parte de Canchis, que forma parte de Cusco. Hugo Suyo fue el último hijo que tuvo su madre que murió cuando él tenía un año y medio. No es lo mismo criarse con la abuela.

Cuando cumplió trece años le pidió a su hermano Flavio que se lo llevara con él. Flavio, el mayor de todos, había huido de la orfandad y se fue solo a Cusco, donde empezó estudios de Artes porque desde pequeño mostró grandes dotes de pintor. De Cusco, el instinto de superación lo trajo hasta Arequipa para concluir la carrera en la Escuela Carlos Baca Flor. Con los años se convirtió en uno de los pintores arequipeños más importantes de los años 80. “Él sí nació pintor” dice Hugo, “yo he aprendido a ser pintor”, cree necesario añadir.

Hugo Suyo estudió la educación secundaria en Manuel Prado, cerca de lo que era el hipódromo de Porongoche por entonces. Mientras estaba en el colegio ayudaba a su hermano con algunos trabajos de pintura, y como Flavio viera que también tenía talento, le recomendó matricularse en la flamante Escuela de Artes de la Universidad Nacional de San Agustín, cuya fama temprana opacó por unos años a la antigua Escuela de la calle Sucre. Pero antes, el futuro pintor pasó por los cuarteles, hizo un año de Servicio Militar Obligatorio, en Ilo. Sus afiches y letreros de oficina le valieron un veloz ascenso al rango de sargento en menos de un año. El sargento Suyo.

Ingresó a la Escuela de Arte de la UNSA en 1986; de sus días de universitario recuerda que no tuvo la suerte de contar entre sus maestros a Miguel Ángel Espinosa, quien falleció justo el año en que él ingresaba.  Al salir, sus primeros dineros fueron ganados con trabajos en acuarela —técnica que no aprendió en la Universidad sino de su hermano y los compañeros—; y de réplicas de la escuela cusqueña. Por entonces, los años 90, los acuarelistas arequipeños disfrutaban de una jugosa demanda internacional. Los primeros premios nacionales que ganó el maestro Hugo Suyo fueron en acuarela, se llevó cuatro en esa década.

 

DOS

“Admirar una obra de Hugo Suyo es abrir una página llena de interrogantes. El principal enigma se advierte en la elaboración minuciosa de los detalles para obtener efectos que son muy difíciles de lograr en acuarela. Puertas viejas, candados oxidados, maderas apolilladas, paisajes urbanos o las orillas de un riachuelo son presentados con una exquisita sutileza que corrobora la maestría del autor explorando el difícil terreno del Ultarrealismo. El interés en la monocromía hace que cada obra, cual nota estética, emita una melodía única en el pentagrama de lo cotidiano” (Andrés Abad Merchan).

“Con impresionante y minuciosa caligrafía de formas y colores el artista nos conduce a la descriptiva lectura de su obra, despertando inusual curiosidad contemplativa para analizar la variedad de detalles que ofrecen sus pinturas. Los espacios escogidos para recrearse son aquellos por los que siempre podemos entrar o podemos salir, pero guardan celosamente la historia del tiempo que indubitable marca sobre ellos su discurrir. Serán también esos los espacios que encontramos al salir de casa, los que nos ofrece la naturaleza, y que Hugo Suyo captura con especial empeño y acaricia tiernamente con pigmentos y pinceles en cada uno de sus cuadros” (Freddy Hurtado Aranibar).

 

TRES

¿Usas cámara fotográfica para captar tus imágenes?

Últimamente sí. Lo que yo hago se puede llamar Realismo Fotográfico, que es distinto del Híper Realismo. Mi realismo es una combinación de lo humano con la técnica de la máquina. Espero que en mi obra todavía se sienta el toque, el calor, la emoción de un ser humano. El Híper Realismo no tiene eso, se recrea en la fidelidad absoluta de la imagen, es frío, distante y mecánico.

Una acuarela no se puede hacer de inmediato con muchos detalles, a la prima. Se seca. Para trabajar los detalles hay que estar en el taller, tener tiempo, cuidar cada pincelada. Así es como trabajo.

¿Y en el óleo?

Pinto por veladuras, capa sobre capa de color, hasta lograr una densidad de matices y detalles que les den consistencia y presencia a las imágenes. Cuesta más trabajo y demora mucho más, pero es lo que me gusta hacer. Por eso pinto relativamente poco.

¿Y qué te atrae de los objetos viejos?

Me parece que tienen historia, que conservan huellas de su vida útil. En mi vida en el campo las puertas y ventanas, los candados y algunas herramientas eran todas viejas y a mí me llamaban mucho la atención. No es como en la ciudad, que todo es nuevecito. En las magulladuras y los arañones de las cosas hay algo de humano que a mí me gusta.

Pero también pinto figura humana. He hecho exposiciones con desnudos. Aprendí dibujo con el maestro Saúl Quispe, pero ha sido la práctica lo más importante. Siempre es la práctica.

 

CUATRO

Hugo Suyo habla como pinta: poco y lleno de ricos detalles. A Miguel Ángel Espinosa lo conoció después del fallecimiento, en la exposición de homenaje póstumo presentada en el Banco Continental; y fue su detallado realismo el que le marcó el camino. Como Espinosa, Suyo pinta el óleo por veladuras, lentamente, capa sobre capa de color, lo cual adensa los pigmentos y enriquece las gamas. Es fácil ver, sin embargo, el punto en que maestro y alumno se separaron. Suyo es más rural, Espinosa es urbano y cosmopolita.

Algunas de las acuarelas y óleos de Hugo Suyo, los más bellos, logran atravesar la naturaleza del medio plástico y nos aproximan ante el rostro la realidad, el fenómeno, el objeto con tal grado de presencia que parece suficiente llevar la mano adelante para asirlos. Pero luego, en el efecto final, del ícono que se torna objeto ante la vista irradia con el esplendor de su belleza una epifanía, un saber inesperado, un nuevo conocimiento, no sobre el candado o la puerta, sino sobre la consistencia misma de la realidad. El cuadro pierde sentido, deja de ser un relato, y la realidad se hace presente, como ser, como tiempo y como obsequio.

Hay un conjunto de obras suyas por allí que dejan ver el proceso de su indagación metafísica. Una retrospectiva las dejaría ante la vista.

Cuando nos despedimos le pregunto cómo le va como profesor universitario y me contesta entusiasmado; ha descubierto una nueva pasión. Me pregunto entonces si la Escuela de Artes ha ganado un excelente profesor y nosotros hemos perdido a uno de los exploradores más intensos de la plástica local, y espero que no. En mi mundo perfecto la universidad le reduce la carga académica y le permite seguir con su revelador viaje entraña adentro del mundo.

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